El cambio interior

Con su octavo largometraje Daniel Burman deja de lado a la familia y al universo de lo judío como núcleos temáticos y toma nuevos caminos formales y estéticos, en la que es su película más clásica y tal vez más emocionante a la fecha.

Daniel Burman debe ser uno de los pocos directores que, a los cuarenta, se animan a salir de su zona de confort y a contar historias que se corren de la media, cuando incluso los directores que fueron los más arriesgados en su juventud llegan a esa edad y se ponen familiares, narrativos, y pierden la virulencia de los comienzos. En cierta medida, El misterio de la felicidad no comparte con su filmografía previa prácticamente nada, y eso la convierte en una suerte de película-ovni, sin ataduras ni obligaciones para con los temas de su director, lo suficientemente libre como para meterse con un personaje amargado y frágil que no alcanza a comprender del todo lo que ocurre a su alrededor. Santiago tiene más de cincuenta años, es soltero y está muy cómodo con la vida que lleva dirigiendo una casa de electrodomésticos junto con su socio, que además es su amigo de toda la vida y compañero de actividades que van desde desayunar hasta jugar al tenis. Los dos conforman un dúo imbatible capaz de afrontar cualquier adversidad, hasta que Eugenio, insatisfecho profundamente por algún motivo que no se explica, decide irse, dejar todo y abandonar tanto a su esposa Laura como a Santiago.

Pero el misterio del título hace referencia no solo a la felicidad y a la partida de Eugenio, sino también al objeto bastante extraño que es esta nueva película de Burman. Aunque cuenta con una historia bien propia del cine contemporáneo, ese que puede verse en festivales y en algunas pocas salas (recordemos: la partida sin avisos ni explicaciones es uno de los motivos preferidos de ese cine), Burman opta por hacer una película dirigida a un público masivo, apelando a los códigos narrativos más comunes. Objeto extraño, decíamos: está Francella, sí, quizás la cara viviente más conocida del cine y la televisión argentina, pero está fuera de su registro habitual, en la línea más bien dislocada que el actor empezó a explorar con El secreto de sus ojos y con la que se comprometió como nunca en Los Marziano. Finalmente, hay un protagonista (Santiago) en constante desfase con los que lo rodean, por lo que uno presume que en algún punto el relato va a realizar los ajustes correspondientes para enseñarle algo a Santiago, que va a proveerlo de las herramientas necesarias para vivir en sociedad de manera más o menos funcional, pero tampoco: la película trata de comprender al personaje en sus propios términos, lo enfrenta a un mundo hostil sin más armas que las suyas, no lo obliga a recorrer un camino pautado de antemano para realizarse (en todo caso, si ese camino existe, existe desde hace mucho tiempo, y el personaje lo conoce perfectamente).

Otro posible misterio: si esta historia de personajes que desaparecen sin dejar rastro y de neuróticos con problemas de adaptación tan cara al cine contemporáneo suele pedir un tratamiento visual despojado, que tome distancia de las pasiones de los protagonistas, Burman hace justo lo contrario, y va incluso a contracorriente de su propia filmografía: realiza su película más clásica, la más calibrada y planificada de todas. Si uno lee la sinopsis de El misterio de la felicidad y se entera de que su director es Daniel Burman, automáticamente se imagina una película signada por el temblor de una cámara en mano nerviosa y por el uso de una fotografía más o menos natural, como ocurre en El abrazo partido o en buena parte de Esperando al Mesías. Pero no, es al revés: el director se corre del ámbito de la familia y del universo judío para abordar un tema un poco disonante y, contra todo pronóstico, lo hace recurriendo a una estética bien clásica e inteligible, casi sin restos de contemporaneidad.

Lo curioso (otro misterio más, si se quiere) es que esta criatura fílmica contrahecha, creada con pedazos de tradiciones y estéticas distintas, pueda andar sin tropezarse permanentemente. Con la conformación variopinta descrita anteriormente, y a pesar de todos los cambios que puedan detectarse, el cine de Daniel Burman realiza, en cierta medida, la misma operación de siempre: se muestra interesado en la emoción. A diferencia de una buena parte de la producción argentina actual que, quizás debido a la erosión causada desde abajo por más de una década de Nuevo Cine Argentino, no apuesta a explorar las dimensiones afectivas de sus historias, Burman (que siempre estuvo al margen del NCA) no tiene problemas en hacer unos calculadísimos primeros planos de personajes quebrados por dentro o con la mirada perdida por la tristeza, ni para ponernos de su lado y hacernos sentir la misma pena que ellos. El misterio de la felicidad es una de esas raras películas argentinas capaces de conectarnos con la emoción sin golpes bajos ni abusos dramáticos pero también sin miedo al ridículo, un cine que quiere ser popular justamente por la manera en que invita a su público a participar en la película, a relacionarse con ella. Si durante una hora y media podemos acercarnos un poco a Santiago y querer como locos (como él mismo) que Eugenio vuelva para que todo sea como antes, entonces el atípico artefacto cinematográfico pergeñado por el director habrá cumplido con su misión.