"El cine que busco no es para tibios"

Cuando Miguel Danna era chico, un evento trágico le marcó su vida para siempre. A partir de ese momento, pasó veinte años viviendo en una secta secreta, una comunidad emplazada en medio de la montaña, junto a toda su familia. Con este puntapié inical, "una historia fascinante y extrema", Baltazar Tokman realizó su nueva película, I Am Mad, de la que Miguel es también el productor. Pocos días después del estreno, habló con Haciendo Cine sobre los desafíos de filmar la locura.

El personaje de Miguel Danna es todo un hallazgo. ¿Cómo lo encontraste y cómo terminó siendo el centro de I Am Mad

Luego de Planetario,que había sido una apuesta fuerte y mi carta de presentación (La sombra de las luces tiene quince años y fue una especie de tesis, y Tiempo muerto es una codirección con mi hermano Iván), buscaba una historia con la que pudiera redoblar el riesgo. Pero me sentía frustrado, porque Planetario había sido un trabajo ambicioso (en el buen sentido) y de muchos años, y creía que era muy difícil que algo apareciera. Surgían ideas y automáticamente las descartaba. Hasta que escuché a un amigo y exdiscípulo de Mehir hablar acerca de aquellos momentos turbulentos en los que la supuesta divinidad había tenido que huir de la justicia por denuncias de algunos de sus propios súbditos… Ese momento de enojo de los autoexpulsados hizo que cosas que antes se mantenían en absoluto secreto salieran a la luz. Yo no podía creer lo que escuchaba, el relato era fascinante y extremo. Por eso le comenté a mi amigo que me interesaba filmar algo al respecto, a lo que él me respondió: “¿Querés hacer una película? Tenés que conocer a Miguel Danna”.

Cuando lo conocí a Miguel fue química pura; él es un personaje encantador y seductor. Me sedujo pensar que yo estaba tan loco como él, loco en el sentido de que ambos necesitamos encontrar una razón genuina para vivir y pensamos que otro mundo es posible. Yo soy hijo de hippies, y la impronta de cambiar el mundo es algo muy fuerte en mí. Escucho “Revolution” y me emociono. Creo en eso, milito por eso, hago cine por eso. Pienso que el cine es amplio pero, desde mi percepción, el cine que busco no es para tibios; todavía creo que el cine sirve para cambiar el mundo.

Le entregué a Miguel una cámara diminuta para que hiciera una especie de diario íntimo y me contara todos sus secretos. Esto fue durante un viaje que él hizo a Brasilia; él filmaba y me mandaba por Internet los vídeos que hacía. Algunos de estos fragmentos en esta etapa de investigación son muy íntimos y potentes, y terminaron siendo parte del corte final. Miguel me daba la posibilidad de hacer una película que gritara libertad, revolución, y pudiera ir contra la corriente. La locura de Miguel me permitía también una apuesta formal fuerte para retratar su mente, que no es otra cosa que una proyección de la mía.

 

¿Él también es productor de la película?

Hacía más o menos un año que Miguel había dejado la Escuela de Misterios, emplazada en el medio de la montaña. Allí todos vivían totalmente ajenos a lo cotidiano y de una forma intensa y extrema, con la fuerza del espíritu de grupo de vivir en comunidad y de ser parte vital de algo con la convicción de cambiar el mundo y la humanidad. Esa intensidad es como la más fuerte de las drogas. Hacer la película para Miguel era seguir, de alguna forma, consumiendo; era un arma para combatir aquello que le había causado daño y enojo, era su catarsis personal. Yo con él fui muy claro de entrada, siempre soy muy claro de entrada, porque es lo que me permite después hacer mi juego sin culpa, sin sentirme un mentiroso o un amoral. Yo le dije que mi intención era hacer una buena película y que no me interesaba ayudarlo a él ni a la catarsis que él pudiera hacer. Y Miguel lo entendió y la jugó a fondo, jugó un partido como para salir campeón, me dio todo y más, se entregó y se comprometió por completo. Y yo me encariñé mucho con él; todo se fue mezclando pero con claridad, porque en el rodaje y durante el proceso de producción con una mirada entendía qué me estaba diciendo: “acá aflojá” o “acá apretá”… Fue un ida y vuelta muy bueno, y un vínculo que creció y creció. Él me fue mostrando un mundo oculto, misterioso y diferente; el rol de retratado le quedaba chico. En los papeles habíamos firmado que la película era de los dos, pero un día antes de la proyección en el Festival de Mar del Plata Miguel me dijo que no quería que lo presentara solo como protagonista, sino también como parte de la película. Y entonces yo le contesté: “¡Claro! Si sos el productor”.

 

En un momento de la película hay un viraje de lo real a lo fantástico. ¿Cómo te propusiste trabajarlo a nivel estético y narrativo?

Necesitaba que la película moviera su propio punto de encaje. Mover el punto de encaje en el lenguaje de la Escuela de Misterio es la posibilidad de abrir las barreras de la percepción de lo real y adquirir la capacidad de un tercer ojo; mover un punto interno para acceder a una realidad o a un mundo diferente. Para mí el punto de encaje de la vida de Miguel fue la muerte de su hermana Lucía cuando él era un niño y el abandono que sufrió a partir de este hecho. En ese momento en la vida de Miguel aparece un mundo misterioso y oculto; la realidad se parte en dos y él está condenado a vivir eternamente entre estos dos mundos. Yo quería que la película hiciera lo mismo, que entrara en otra realidad. Las imágenes reales ya no me conformaban, necesitaba abrir mi cosmovisión y que el espectador así lo percibiera y entrara en un universo psicodélico y lisérgico. Lo que hice fue filmar todas las fotos y algunos videos y texturas realizados especialmente, y proyectarlos con un mini proyector led que me permitía realizar un movimiento sobre otras texturas y microtexturas. Por ejemplo, las semillas de sésamo, el hervor de una sopa, las partículas de hojas secas, una bufanda de hilos peludos, el pasto en movimiento, el cuerpo de Miguel, cáscaras de banana pasadas, etcétera. El resultado de las imágenes, sumado a la música maravillosamente oscura de Lucas Martí, es intenso y perturbador.

En cuanto a lo narrativo, te preguntás todo el tiempo qué dejás, qué no dejás, hasta dónde te cuidás y hasta dónde mostrás. Era muy fácil caer en la denuncia de abusos y mostrarlo a Mehir como un demonio; lo más difícil era, justamente, trabajar lo dual, las contradicciones, y postular que el mundo es una locura: con solo ver el comportamiento que tenemos las personas a diario y lo que construimos los seres humanos vamos a darnos cuenta. Estamos todos locos, y Mehir es una expresión más de la locura, una forma más. Pero ¿por qué juzgar? Si uno piensa en las religiones aceptadas, son todas misóginas, todas dicen “Amarás a Dios más que a tus hijos”, todas te llevan a creer en algo y defenderlo, todas hablan de certezas, de blancos y negros. Las sectas están en todos lados: está la secta de los partidos políticos, la secta de los cineastas, la secta de los ricos, la secta de los pobres y la secta de Mehir. Yo no tengo certezas de nada, y eso es maravilloso, porque me mantiene siempre tratando de encontrarlas, y así son mis películas. Aunque sí tengo la certeza de que nunca voy a encontrar esas respuestas… al menos en esta vida.