El desmadre de los idiotas

Porque estaba haciendo falta, porque la comedia local andaba sedienta de desparpajo y porque pocos realizadores locales se animaron a jugar este juego, La última fiesta viene a reparar una ausencia: la de películas argentinas para adultescentes.

Frustrado por un trabajo que odia, incómodo por no poder ser quien soñó, con un humor irascible, Dante somatiza su angustia con su pareja y, lógicamente, está por separarse. Pedro, su amigo histórico, un fanático del porno con pocas luces, no caza un guante pero ahí anda: va donde va el viento. El avivado e hipercanchero de Alan, el tercero de la banda pero el primero en levantar la bandera de la joda, decide armar una fiesta en un caserón para remontar lo irremontable.

Ejemplo práctico de causa y efecto: tres idiotas, un problema. ¿Qué les sucede? El caserón es de un empresario picante, la fiesta que armaron se les va de las manos y, para colmo, en el medio del quilombo, les roban un cuadro de valor absurdo. Así las cosas, los tres idiotas no tendrán más remedio que convertirse en héroes, enfrentar a los ladrones y contarle al dueño del caserón que se mandaron un moco imperdonable. La cosa se enrarece cuando una organización mafiosa mete la nariz y una sexy ladrona, los labios.

“La comedia argentina está en un buen momento”, asoma ensanchando pecho Nicolás Silbert, uno de los directores de La última fiesta, película protagonizada por Alan Sabbagh, Benjamín Amadeo y Nicolás Vázquez. Y desde ahí, haciéndose paso entre colosos como Adrián Suar y clásicos contemporáneos como Ariel Winograd, la renovación: la comedia criolla busca nuevos nombres fuertes. Para radicalizar el asunto, los responsables de La última fiesta tuvieron que asomarse a un esquema de guion, resortes y decisiones de la Nueva Comedia Norteamericana, los mejores en todo esto. ¿El sabor? A ¿Qué pasó ayer?, naturalmente. “Creo que es graciosa y tiene una factoría impecable”, dice Leandro Mark, el otro responsable del film, sobre la de Todd Phillips.

La idea original del proyecto surgió de los hermanos Mentasti, Hori y Esteban, dos de los productores más activos del cine nacional, quienes andaban con ganas de armar una comedia sarpada y delirante: querían contar la historia de una ruptura amorosa con enredos y disparos. Ya tenían al trío protagonista pero, como en el fútbol, necesitaban rodearlos. “Por las características del género y de la historia sabíamos que teníamos la chance de meter varios personajes pequeños pero llamativos”, comenta Silbert. Aquí se cuelan actores emergentes, de flamante vuelo televisivo, o autoridades del humor en vivo como Julián Kartún, Campa y Presta, entre otros. “Gente con histrionismo, inteligencia para la comedia, manejo físico y gestual”, continúa Silbert.

A pesar de las obvias referencias norteamericanas (un poco de Proyecto X, otro poco de los Farrelly), La última fiesta cuenta en su ADN con una pátina argenta: “Crecí con Olmedo, y para mí es uno de los capos absolutos del humor”, comenta Mark. “Es nuestro Benny Hill, sin dudas”. Tanto Mark como Silbert simpatizan con Seinfeld y Los Simpson, dos de los máximos exponentes de la comedia en occidente. Silbert dixit: “Somos una generación Simpson y eso nos afectó fuerte en cuanto a la percepción de la comedia”. También recuerdan con cariño series como Mork & Mindy y La extraña pareja. ¿De ahora? Hablan de The Office y de Shameless, de directores como Paul Feig, Judd Apatow y Nicholas Stoller, y suman a referentes del stand up como Louis CK o Michael Che.

“Si vemos los números de las ventas de entradas en comedias de teatro, los ratings de las series o de los programas de humor en televisión, e incluso si vemos cómo fue el rendimiento de las ultimas comedias en cine, se nota que hay una elección del género por parte del público”, comenta Mark. Por estos momentos, Silbert y Mark mantienen su business como realizadores de afiches (hicieron los de Permitidos, 100 años de perdón, Kóblic, El hilo rojo y muchos más) y trailers (Me casé con un boludo, Una noche de amor, El clan, Relatos salvajes, etcétera) vía su productora Boogie Man. En la pantalla grande, ya habían filmado Caídos del mapa, su primera película, la génesis confesa para llevar adelante La última fiesta.

Silbert cree que, hoy en día, el público recibe un bombardeo constante de comedia en todos los medios. “Desde el video-minuto en Instagram hasta las series de la UN3 y los high concepts de Netflix”. Aferrados a su flamante largo, por estos días andan obsesionados con la comedia pero tienen proyectos de diversos palos. “Tenemos pensado investigar otros géneros como el terror y la acción, ojalá podamos seguir jugando”, completa Mark. Y regresa al tema: “Para que el humor sea certero tiene que ser libre, no estar encapsulado en alguna ideología, medio o corporación”. La última fiesta no traiciona su espíritu, ni se pone pretenciosa, ni anda bajando línea: es deliberadamente joda, joda, joda.

Entretanto, se configura como un cine para adultescentes y hace close-up en un público huérfano: los jóvenes y adultos locales que buscan identificación y encuentran su espejo en la exquisita Supercool pero más en la subvalorada Aquellos viejos tiempos. Es que, de fondo, su conflicto es la madurez y los amores no correspondidos. Por eso, la película se tensa entre la estridencia escatológica, lo farolero de un ritmo hollywoodense y las discretas pinceladas de humor británico. Para no enroscarse ni intelectualizar, dando en el clavo, Mark resume, sugiere y simplifica: “Es una película para ir en banda, cagarse de risa y tirarle pochoclo al pelado de la fila de adelante”.

 

La última fiesta

De Nicolás Silbert y Leandro Mark

Estreno: 6 de octubre (Energía)

2016 / Argentina