El discurso vacío

Con una mirada ácida y punzante, Daniel Hendler se atreve a meterse en el mundo de la política y las campañas electorales. El candidato pone en evidencia su consolidación en el rol de director, y lo posiciona como el constructor de personajes más exquisito de los últimos años.

En una de las primeras escenas de The Patsy (Jerry Lewis, 1964), Stanley, el personaje que acomodó una montaña de sillas en cuestión de segundos en El botones, irrumpe en una reunión de un grupo de publicistas y agentes que se encuentran al borde del colapso por la reciente muerte de la figura que ellos representaban. Stanley avanza despacio por el piso alfombrado de la habitación mientras los cubos de hielo van cayendo de su bandeja plateada como si su torpeza provocara una tormenta de granizo pasajera. Quienes esperan furiosos por esa bebida que no llega olvidan por completo los ansiados vasos, en pos de sacar sus colmillos imaginando los dólares que podrían producir convirtiendo a ese tonto empleado de hotel, un don nadie, en la nueva promesa de Hollywood.

El candidato, segundo largometraje dirigido por Daniel Hendler, presenta un fenómeno similar: un equipo de publicistas, asistentes y coaches preparan la mejor táctica para lanzar la candidatura política de un hombre, Martín Marchand (Diego de Paula), un empresario de rancio abolengo. De la noche a la mañana, un séquito de estrategas deben inventar la etiqueta de un frasco político sin contenido. Pero Martín no es cualquier mortal: el individuo es un ser ignorante gobernado por una personalidad demandante y soberbia, que pretende convencer a quienes lo rodean de que tiene el poder del Rey Tritón, aunque por dentro se sienta diminuto como el pez Flounder. Un espejo distorsionado de feria de atracciones que devuelve una imagen diferente de acuerdo con la opinión de los demás. El conflicto nace, germina y muere en el mismo espacio, en la lujosa mansión donde el cincuentón adinerado convive durante un fin de semana junto a los profesionales que lideran el concepto visual de la futura candidatura. 48 horas para decidir cuál es la clase de pájaro que reúne las supuestas virtudes del protagonista y qué tipografía le emplea un mayor vigor a un nombre que hay que limpiar a través de slogans absurdos.

Es en esa primera secuencia (en la que somos testigos de la construcción filosófica del spot) que los personajes desnudan su carácter arriba de la mesa. O, al menos, eso es lo que nuestra inocencia nos hace creer. Porque, como en los mecanismos de la política, sea una entrega de los Oscar o el ballotage de una reñida elección, nada es lo que parece. Los personajes comienzan poco a poco a exponer sus fallas y habilidades, mutando sus rostros ante el espectador votante. Con el género y el tono del relato ocurre lo mismo: la comedia le vende su alma al drama, y el drama es hipnotizado por las armas de seducción del thriller. Mientras el grueso de los directores contemporáneos redactan una y otra vez un pacto con el espectador para que este se sienta inteligente, siempre un paso adelante, Hendler desprecia con valentía la comodidad de las fórmulas efectivas y ubica, con astucia, la incertidumbre narrativa y climática en el motor sanguíneo de la historia.

 

Fábrica de (anti)héroes

Es difícil, si no imposible, imaginar a otro actor en la piel del complejo Marchand. Es lógico teniendo en cuenta que Hendler esculpió este caprichoso millonario pensando especialmente en la sonrisa enigmática de Diego de Paula, capaz de disparar un centenar de interrogantes con una imperceptible mueca. La capa de misterio que envuelve al actor de ojos claros convierte a cualquier escena cotidiana en una amenaza de catástrofe sin precedentes, desde la incomodidad silenciosa de Víctor ante las destrezas lúdicas que le proponía su madre, Raquel, en El juego de la silla (Ana Katz, 2002), hasta la mirada inquietante que le clava Marchand a un parrillero cuando le pregunta qué cortes de carne prefiere para un asado. “Variedad, calidad y ternura”, le responde el hombre, que no puede decidir si ofrecerles molleja o entraña a sus invitados.

En esos pequeños detalles Hendler describe a su protagonista, acciones ordinarias que dejan al descubierto los huecos que ni la tipografía más sólida puede disimular. La tensión del relato se origina ahí, entre lo que el personaje es y lo que ambiciona ser. Entre la evidencia y la proyección. Entre la naturaleza y el artificio. Un hilo oscilante donde también intentaba hacer equilibrio Norberto (Fernando Amaral), el protagonista de Norberto apenas tarde (2012), ópera prima de Daniel Hendler. Si bien los universos que habitan estos dos personajes son desiguales, ambos comparten esa desesperación por parirse a sí mismos con un temperamento nuevo, dispuestos a conquistar a cualquier precio a quien se pare frente a ellos. Como Jerry Lewis en The Patsy, Hendler nos tiende una trampa para darnos una lección. Si Stanley se revelaba en la última secuencia como una persona fría que tenía la capacidad de tomar decisiones drásticas sin consultarle a nadie, luego de haber sido traicionado cruelmente por su equipo, Marchand, ahogado en un mar de desilusiones, muestra su peor cara, la de aquel villano que no nos animamos a imaginar por el traje de payaso que lucía delante de nosotros. La confirmación en pantalla grande de que no existe persona más peligrosa que un idiota asustado.

 

El candidato

De Daniel Hendler

Estreno: 11 de mayo (Tren Cine)

2017 / Argentina - Uruguay / 82’