El ejercicio del Estado

A través de tres personajes, y sus correspondientes formas de ejercitar y entender el poder, Pierre Schoeller disecciona salvajemente los mecanismos cotidianos de la función pública en la notable El ministro.

Nota publicada en la edición impresa del número de septiembre.

El ministro de transporte francés (Olivier Gourmet, actor fetiche de los Dardenne, coproductores de este film) despierta excitado de un sueño cuyo simbolismo no adelantaremos pero que resulta bastante evidente a la luz de lo que viene después. Acto seguido, un llamado telefónico le anuncia que tuvo lugar un accidente en una ruta de montaña; hacia allá se dirige en medio de la noche, acompañado de su asesora de comunicación (Zabou Breitman), más preocupada por el color de la corbata con que aparecerá en cámara que por la vida o muerte de los escolares que viajaban en el micro que volcó. Esta será sólo la primera de las crisis que enfrente Bertrand Saint-Jean, el ministro en cuestión, a lo largo de la película.

La secuencia de la visita al lugar del accidente es impactante, y ayuda a perfilar al protagonista, su tarea y su entorno (casi tan importante como él para el planteo del film). Y si bien por un momento podemos llegar a pensar que la trama estará dedicada a las consecuencias políticas de este accidente, pronto nos damos cuenta de que no: esta es sólo la primera de las muchas “tareas cotidianas” en las que acompañaremos a Saint-Jean.

El ministrova desplegando toda una intrincada red de intrigas y subtramas –por momentos un poco difícil de seguir- que da cuenta del adrenalínico y retorcido universo de los altos cargos de la función pública. Podríamos decir que, entre estas muchas líneas, la que la vertebra es la pelea por la privatización (o no) de las estaciones de tren. Pero aunque se trata, claramente, de un tema de gran actualidad, funciona más bien como un signo vacío, capaz de investirse de los más diversos roles y ser al mismo tiempo objeto en disputa, estrategia extorsiva, carta de presentación en una carrera política, anzuelo para los votantes, y una larga lista de etcéteras. Esto funciona también como ilustrativo ejemplo de la estrategia del director: Pierre Schoeller eligió desdibujar la referencia política real en favor de desnudar los mecanismos cotidianos del poder; en esto, el título original del film, El ejercicio del estado, es mucho más ajustado que el lavado El ministro con que fue bautizado para su distribución internacional.

Signada por el vértigo y la tensión, la película es difícil de encuadrar; se la clasificó varias veces como thriller pero está lejos del tono del thriller político norteamericano más clásico. De hecho, y sin salir del realismo, roza, en algunos momentos, el humor negro y el absurdo, mientras que en otros construye un clima enrarecido y siniestro. Y en esto es fundamental (y destacable) el uso de la banda sonora, que lejos del bajo perfil que suele tener en estas películas, se evidencia permanentemente, en un juego con el ruido, la música y el silencio que funciona como complemento o contrapunto de la imagen.

No tenemos acá el típico conflicto del hombre recto que de pronto se ve inmerso en la realidad oscura de la realpolitik; tampoco el protagonista cínico que representa la inteligencia de este mecanismo.Saint-Jean es el político de carrera ambicioso que todavía intenta ser intransigente (a veces), pero sin dejar de saber que el idealismo y la ética difícilmente sirvan como armas en el mundo en el que eligió moverse. Todos los personajes van pintando las bambalinas del poder como una amplia escala de grises, donde no hay absolutos. Entre ellos, dos personajes clave parecen dar cuenta del pasado y el presente (¿y futuro?): Gilles, el secretario privado del ministro (Michel Blanc), representante de una forma de hacer política que, adivinamos, ya no existe, y Pauline, su asesora de comunicación, paradigma de un siglo dominado por los medios masivos y el marketing.

Sin embargo, El ministro no es cine de denuncia, sino más bien una disección salvaje y furiosa de un mundo y unos personajes que, sospechamos, podrían funcionar como metonimia, como signo de estos tiempos.