El enigma de otro mundo

¿Puede una película no perteneciente al género producir terror? Claro que sí, sobre todo si se mete con uno de esos elementos que necesitamos para vivir tanto como el agua: el amor. En 45 años Andrew Haigh cuenta cómo una relación que parecía sagrada puede derrumbarse por un evento desafortunado.

El enigma de otro mundono es una película de terror sino de ciencia ficción. Pero el género que domina el relato no descarta la visita del clima terrorífico que ataca a los personajes y a los espectadores. El largometraje que filmó John Carpenter en 1982, adaptando la novela de John W. Campbell y proponiendo una mirada distinta a la que realizaron Christian Nyby y Howard Hawks en 1951, dibujaba sobre el lente de la cámara, con un aliento helado, el conflicto que se desataba cuando un equipo de investigadores desenterraban un objeto extraño proveniente de un cielo lejano. La historia que narra 45 años (2015) no sucede en una estación experimental en la Antártida pero, como en la película protagonizada por Kurt Russell, un ente que estuvo roncando por muchos años bajo la nieve se descongela de un día para el otro para desestabilizar la tranquilidad de los protagonistas. Kate (Charlotte Rampling) y Geoff (Tom Courtenay) son un matrimonio que está a punto de celebrar sus 45 años de casados. Cinco días antes del gran evento, llega una carta inesperada que se convierte en una amenaza silenciosa, provocando miedos sonámbulos cuando la casa duerme. El cadáver congelado de la primera novia de Geoff, Katya, apareció en los glaciares de los Alpes suizos. ¿Cómo cabe semejante noticia en una sola hoja? ¿Y dentro de los personajes? Ese cuerpo que hallan tardíamente se instalará en el medio del living, e irá mutando al igual que lo hacía el extraterrestre en El enigma de otro mundo. El tercer largometraje de Andrew Haigh no es una película de terror; sin embargo, los personajes comienzan a sentir que protagonizan una. El temor a dejar de ser queridos produce muchos más escalofríos que la saga completa deMartes 13. Mientras Geoff es perseguido por un recuerdo que deviene en zombi, Kate teje telarañas para atrapar a esa mujer que llegó a la vida de su marido antes que ella. El pasado que se convierte en presente le muerde el cuello produciéndole un malestar que crece a medida que se acerca la fiesta. El relato acompaña a Kate en la cuenta regresiva, los días previos antes de transformarse en la vampira que amaga con succionarle la sangre a su propio matrimonio.

 

Fuego adentro de una heladera

¿Se puede sentir celos de una persona que cuenta ovejitas dentro de un ataúd? Por supuesto, sobre todo porque es imposible competir con un muerto. Con todo aquello que pudo ser y no fue. Cuando Kate prepara el sillón cama para que sus inseguridades estén más cómodas, aferrándose a la idea de que existe una mujer que fue y sigue siendo más importante que ella en el corazón de su esposo, decide terminar de descongelar el cuerpo de la difunta con el calor que producen las llamas de su enojo. La noticia que llega desde el más allá marca un posible cierre para Geoff, mientras que en Kate funciona como una apertura. El instrumento filoso que abre el sobre se clava en el medio de su pecho para inaugurar una herida infecciosa. El director esfuma el conflicto del relato por el plano como si estuviera hecho con carbonilla. Se esparce por todos lados volviéndose imperceptible a la vista, desafiándonos a que intentemos descifrar dónde nace y dónde concluye. Es en esa particularidad narrativa donde 45 años se aleja de todas las películas que retrataron, desde distintos focos, las problemáticas de un matrimonio sexagenario: desde Lugares comunes hasta Un fin de semana en París.

 

Los secretos nunca envejecen

Como en su film anterior, Weekend (2011), Andrew Haigh nos abre la puerta de la intimidad de una pareja. Las escenas de sexo desenfrenado en 45 años son reemplazadas por charlas informales en la cocina, como si el director fuera un niño que observa todo ocultándose bajo la mesa. Haigh toma la forma de un fantasma y se cuela entre medio de los protagonistas para escanear las miradas esquivas y los abrazos espontáneos. Weekend y 45 años son películas opuestas y complementarias: mientras la primera refleja la explosión de una relación que da sus primeros pasos, la segunda proyecta la implosión de una pareja asentada. Sin importar la distancia que existe entre las etapas que transitan los personajes, ambos comparten temores similares: el pánico a que lo edificado se derrumbe como un yenga. Haigh comenzó a bocetar 45 años hace seis años, antes de filmar Weekend. Si bien la película adapta la novela de David Constantine, el cineasta optó por modificar el punto de vista del relato y la edad de los protagonistas, quienes en la obra original rozan los ochenta años. En el traslado de un soporte al otro, la pareja se muda a la ciudad británica Norfolk, un escenario desolado que funciona como una radiografía del interior de los personajes. 45 años no se empecina con un tono dramático punzante, tal vez porque no necesita hacerlo. Lanzarle al espectador la afirmación de que no existe ninguna seguridad amorosa dentro de una relación, ni siquiera en una de 45 años, es una razón suficiente para que un nudo se quede a vivir en nuestra garganta. Haigh imprime en su mejor película el misterio que sobrevuela en una pareja. Aquel que ni siquiera Sherlock Holmes puede develar.

 

45 años

45 Years

De Andrew Haigh

2015 / Reino Unido / 95 minutos

Estreno: 12 de mayo (Mirada)