El infierno

La historia del cine argentino sabe de grandes óperas primas, de directores que ya desde su debut han mostrado una mirada renovadora, una fortaleza estética inusitada o incluso la magia de ambas. Nombres como Adrián Caetano, Lisandro Alonso o Pablo Trapero, por mencionar algunos, han irrumpido en la cinematografía local con grandes películas a pesar de su juventud. Sin embargo, también se pueden encontrar notables debuts de cineastas que han llegado a su primer largometraje después de haber tenido una gran experiencia, en diferentes roles, dentro de la industria audiovisual. Ilustres nombres como Adolfo Aristarain, Fernando Ayala o Fabián Bielinsky bien podrían conformar este grupo.

La larga trayectoria de Emiliano Torres como asistente de dirección (aunque también con algunas colaboraciones en guion) de realizadores como Daniel Burman, Albertina Carri o Marco Bechis lo ubican claramente en este segundo grupo. Y esto se puede apreciar en la pericia de la realización y en la gran rigurosidad estética de su primer largometraje, pero también en la densidad temática del film, que entrecruza armónicamente y sin subrayados varios asuntos profundos.

El inviernocuenta la historia de Evans, un viejo capataz de una estancia ovejera ubicada en lo profundo de la Patagonia, que se ve desplazado por la llegada de un peón más joven y fuerte (Jara) que, por decisión de los patrones, se queda con su puesto y lo arroja a una nueva vida fuera del campo a una edad en la que ya no parece ser útil para nadie. Acorralado en su nueva libertad, Evans vuelve a la estancia sabiendo que ya nada puede hacer para recuperar su puesto en ella, pero que no hay otra opción para él; después de años de hacerse valer a través de la fuerza en un ambiente hostil (tanto por la geografía como por la relación con sus subordinados), la cómoda vida de la ciudad y su vida social es extraña para él. Solo le queda jugar una última carta, que es buscar una suerte de redención en la muerte a manos de Jara en el que fue su lugar, aunque lo haya sido de prestado. A través de ese sacrificio es que Jara será realmente digno de ocupar su puesto, podrá convertirse en el otro. Evans y Jara se enfrentan en una lucha psicológica y física que exige todo de ellos pero que, en definitiva, es una lucha por ocupar un lugar apenas por encima de la miseria, por una seguridad endeble que puede ser borrada en un segundo por una orden a distancia de un patrón fantasmal ejecutada por intermediarios.

La épica que propone Torres es una épica por la supervivencia, por reafirmar la propia existencia en un lugar perdido sin nombre. Una epopeya, de las tantas que aún siguen sucediendo, en la que no hay gloria para los supervivientes, ni poetas que ensalcen sus míseras victorias en una lucha que se desarrolla constantemente a espaldas de los dueños de la tierra. Trabajadores que pelean por un lugar de privilegio que muy pocos quisieran fuera de ese círculo marginal, donde la estabilidad es asegurarse el puchero a cambio de arrugas, de convivir con el frío que se mete dentro de uno y lo convierte en una roca más del paisaje. El cine convencional con sus poéticas actorales clásicas es incapaz de dar cuenta de ese ser, de ese sentir; es necesario algo diferente en el gesto, en la expresión corporal, en el tono de las escasas palabras. Torres lo sabe, y así dibuja El invierno, la película, la estación y el estado interior de sus personajes. No hay nada de sobra en El invierno; la prescindencia de ornamento o artilugio alguno muestra una convicción que se extraña un poco en el cine nacional: todo está puesto a favor de un relato árido que conmueve desde un oscuro lugar.