El pecado de la felicidad

Siempre es bueno tener la excusa para escribir y leer sobre Peter Bogdanovich, un director que fue éxito, promesa, secreto y leyenda, todo a la vez. Leer sobre su vida es pasear sobre la historia del cine y su transformación, algo que él mismo logró captar tanto a través de su cinefilia voraz como de su siempre fiel (a sí misma) obra como director.

El pasado

En su libro Conversations at the American Film Institute with the Great Moviemakers: The Next Generation, su autor George Stevens Jr. (hijo del director de Gigante, entre otras) afirma que Peter Bogdanovich (P. B. a partir de aquí) ya era importante para la historia del cine incluso antes de que realizara alguna de sus películas. El motivo de esto eran los libros que había escrito en la década del sesenta sobre John Ford, Howard Hawks, Allan Dwan, Alfred Hitchcock y Fritz Lang, y una serie de reportajes que más tarde se compilarían en el libro Who the Hell Made It?, dedicado a directores de la época dorada de Hollywood. Son nombres que hoy pertenecen al panteón de los consagrados, pero que en aquel entonces el público desconocía: se trataba de épocas en las que los directores no eran las estrellas. Esta tarea de reconocimiento ya había comenzado, pero no mucho antes, con los jóvenes críticos, luego realizadores, de la revista Cahiers du Cinéma en Europa y, un poco más tarde, en Estados Unidos de la mano del crítico Andrew Sarris. Pero será la obra como realizador de P. B. y de sus colegas lo que terminaría por transformar –una década después– a los directores, meros técnicos hasta ese entonces en la consideración general, en autores y personajes tanto o más importantes que los actores, las verdaderas estrellas de aquellos momentos. Aquí es cuando comienza esta historia digna de Hollywood: la historia de cómo un joven cinéfilo se transformó en uno de los directores más exitosos del mundo, seguida de una caída igual de estrepitosa. La vida de alguien que, de tanto admirar leyendas y rodearse de ellas, terminó transformándose en una.

 

Los sesenta

P. B. nació en Nueva York en 1939, hijo de padres europeos que escaparon de un continente a punto de transformarse en una pesadilla. En sus comienzos quiso ser actor (y hasta logró algún papel en la TV), pero su inagotable cinefilia lo llevó a convertirse en programador de cine del Museum of Modern Art de NY. Su obsesivo consumo y amor por el cine derivó en la escritura de una serie de libros (los mencionados anteriormente) y a su trabajo como crítico en la revista Esquire (la mayoría de esos textos se transformarían luego en el libro Pieces of Time). Este trabajo lo llevó, casi inevitablemente, a encontrarse con el productor y realizador Roger Corman. La importancia de Corman en la historia del cine es demasiado grande, no tanto por las películas que realizó como director sino por los nombres que supo apadrinar: Francis Ford Coppola, Martin Scorsese, Monte Hellman, Joe Dante, Jonathan Demme. El resurgimiento que tuvo el cine norteamericano durante la década del setenta, el llamado Nuevo Hollywood, en gran parte ocurrió por culpa y obra de Corman. La colaboración entre ellos comenzó con la reescritura del guion de The Wild Angels (1966), pero durante el rodaje P. B. también se ocupó de tareas de producción para finalmente, hacerse cargo de la segunda unidad de dirección (tarea que Corman pensaba delegar a su secretaria). Las ganas y el entusiasmo del joven Bogdanovich llamaron la atención del director/productor, y la colaboración continuó por un tiempo. Pero la idea de P. B., una vez conocidos los oficios del cine desde adentro, era transformarse en director. Fiel a sus métodos habituales, Corman le ofreció dirigir un film con un presupuesto de 125.000 dólares y la obligación de utilizar unos metros de película que habían sobrado de The Horror (1966), escenas enteras en las que aparecía Boris Karloff (quien le adeudaba un par de días de rodaje al productor), y de esa manera contaban con un nombre conocido en el elenco. Pero no eran esas ideas, tan de Ed Wood, lo que P. B. tenía en mente para su debut como cineasta. Una vez que Karloff leyó el guion de lo que se transformaría en Targets (Míralos morir,1968), su entusiasmo fue tan grande que aceptó ser parte de la película y rodar más días de los estipulados. Targets es un ejemplo perfecto de cine “clase B” y uno de los mejores títulos salidos de la factoría Corman; una muestra de cómo utilizar pocos recursos y maximizarlos con talento e imaginación. La película cuenta la historia de una estrella de cine de horror (obviamente, el personaje de Karloff) que piensa que su tiempo (y el de las obras que protagoniza) ya pasó, mientras, a su vez, un francotirador recorre la ciudad matando gente. El asesinato de Martin Luther King a manos de un tirador meses antes del estreno de Targets dejó en claro lo que temía el personaje de Karloff en la ficción. Un horror verdadero, comprobable se apoderaba de las calles; el cine parecía no tener nada que ofrecer ante esto. La película fue un fracaso (P. B. asegura que fue a causa de las similitudes con la muerte de M. L. King), pero la misión estaba cumplida: había nacido un cineasta.

 

Los setenta

La década del 70 en el cine de Estados Unidos puede ser vista como una guerra civil entre el pasado y el presente. El “Nuevo Hollywood”, avalado por el éxito sin precedentes de Busco mi destino (Easy Rider, 1969), se enfrentaba con el pasado de un Hollywood clásico que aún mantenía algunos de sus grandes directores activos, aunque estos no estaban realizando sus mejores películas.

El periodista y crítico Peter Biskind cuenta en Easy Riders, Raging Bulls (un libro de chismes transformado –¿por qué no?– en historia oficial, solo comparable en su maldad con el Hollywood Babilonia de Kenneth Anger) que durante una fiesta, previa a la entrega de los Oscar, un Dennis Hopper borracho se enfrentó a George Cukor (director de Mi bella dama) diciéndole:

–Nosotros vamos a enterrarte, nosotros vamos a tomar el poder, estás acabado.

Cukor, en ese entonces con 71 años, le respondió:

–Sí, sí, es muy posible.

El “nosotros” al que hacía referencia Hopper incluía, entre otros, a jóvenes directores como Robert Altman, Bob Rafelson, Francis Ford Coppola, William Friedkin, Brian De Palma, Michael Cimino, Hal Ashby, Steven Spielberg, George Lucas, guionistas como Paul Schrader y John Milius (los dos dirigirían películas más tarde), y actores como Warren Beatty, Peter Fonda y Jack Nicholson; un grupo de jóvenes brillantes que de repente se transformaron en los dueños de Hollywood. El éxito que en algún momento acompañó a cada uno de estos nombres transformó a los jóvenes e inocentes cinéfilos enamorados del cine en inesperados millonarios. Esa situación llevó a cada uno de ellos a atravesar particulares infiernos que (casi) todos lograron superar. A diferencia de lo dicho por Francis Scott Fitzgerald, la vida de los (norte)americanos suele tener más de un acto, en algunos casos tres, y hasta cuatro.

A pesar del fracaso de Targets, la productora BBS (creada por los hermanos Schneider y Bob Rafelson, quienes venían del enorme éxito comercial de Busco mi destino) le ofreció a P. B. producir su próxima obra. Todo cambiaría a partir de La última película (The Last Picture show, 1971), adaptación de la novela de Larry McMurtry. Aunque se trataba de historias muy diferentes, P. B. continuaba describiendo mundos que desaparecían; esta vez, un pequeño pueblo norteamericano. Acompañado de Polly Platt, su mujer en aquel momento (y mano derecha desde sus comienzos), P. B. realizó un coming of age crepuscular y retrató un universo pueblerino y sus habitantes, personajes que ven cómo el mundo alrededor de ellos está condenado a desaparecer. La última película es, también, un homenaje a un cine que desaparecía. Esa ultima función a la que se refiere el titulo original es la proyección de Rio Bravo (Howard Hawks, 1968) antes de que cierre el cine del lugar. La presencia del actor Ben Johnson remite a John Ford, y la aparición de los jovencísimos y bellos Cybil Shepherd y Jeff Bridges muestra que Hollywood también se estaba transformando en otra cosa. El éxito de la película fue absoluto: crítica, taquilla y nominaciones al Oscar. A partir de aquí, ya no quedarían rastros del joven cinéfilo y, por un tiempo largo, todo lo que tocó P. B. se transformó en oro.

Aun a riesgo de caer en el chisme, hay que detenerse brevemente en la vida sentimental de P. B., a quien el corazón supo llevarlo por caminos sinuosos. Durante el rodaje de La última película, Bogdanovich abandonaría a su esposa por la joven, bellísima y aún desconocida Cybill Shepherd. No eran pocos los que aseguraban que gran parte del talento de P. B. correspondía a Polly Platt, algo difícil de saber, ya que los ex cónyuges continuarían trabajando juntos, al menos por un tiempo más.

En 1972, P. B. realizó ¿Qué pasa, doctor? (What’s Up, Doc?), una puesta al día de la screwball comedy más clásica y vehículo de lucimiento para Barbra Streisand (súper estrella de los setenta), y en 1973, Luna de papel (Paper Moon), filmada en blanco y negro y ambientada en la época de la depresión, en la que se narra la historia de un viajante estafador, obligado por las circunstancias a lidiar con un niña que podría o no ser su hija. El éxito parecía no tener fin para P. B., quien a esta altura ya había dejado muy atrás a aquel joven admirador del cine clásico y sus realizadores para transformarse en un personaje odiado (por sus gestos soberbios, entre otras cosas) por el mundillo del cine.

Sin embargo, las cosas cambiarían drásticamente. Daisy Miller (1973), adaptación de Henry James armada a la medida de su protagonista –y pareja en ese entonces– Cybill Shepherd, fue una película que, extrañamente para su director, nadie quiso ver. Bogdanovich redobló la apuesta con su siguiente film, At Long Last Love (1975), ampuloso musical al que el público nuevamente le dio la espalda. Nickelodeon (1976) era un viejo proyecto sobre los comienzos del cine pero, a pesar de que se trataba de una idea personal, la mala racha con la audiencia continuó. Y lo mismo ocurriría con la brillante Saint Jack (1979), incursión del autor por terrenos cassavetianos, y no solo porque utiliza como protagonista al actor fetiche de John Cassavetes, Ben Gazzara. Así, con una gran película pero ya sin el apoyo de los productores y la taquilla, terminaba la década para P. B.

 

Los ochenta

Mientras paseaba su depresión por una fiesta en la Mansión Playboy (no olvidar que estamos en Hollywood), P. B. conoció a Dorothy Stratten, bella y joven (valga la redundancia) conejita de la famosa revista. Ya separado de Cybill Shepherd, el director comenzó una relación con la modelo y la invitó a participar en la película en la que se encontraba trabajando: They All Laughed (1981). Paul Snider (un oscuro personaje), ex novio y agente de la modelo, no parecía estar muy de acuerdo con la relación entre el famoso director y su antigua novia; tampoco de los éxitos que la bella Dorothy obtenía. Con el fin de terminar –o esclarecer– sus relaciones laborales y sentimentales, Stratten y Snider arreglaron para reunirse en la casa donde supieron vivir como pareja. Lo que la policía encontró allí más tarde fueron dos cadáveres: víctima de celos, el tal Snider asesinó de un escopetazo a Dorothy Stratten, para luego pegarse un tiro en la cabeza. Hay otros detalles escabrosos que no vale la pena describir. P. B. terminó y dedicó They All Laughed a Dorothy Stratten. La película, una de las últimas actuaciones de Audrey Hepburn, cuenta la historia de varios personajes envueltos en una trama detectivesca y en la búsqueda del amor. El resultado de esta mezcla es una comedia extrañamente luminosa. A pesar de esto, nadie quiso distribuirla y el mismo P. B. utilizó su fortuna personal para hacerlo. Como ya se había hecho costumbre en la carrera de su director, el film fue un fracaso que llevó a la quiebra y terminó de transformar a P. B. en un paria dentro de la industria del cine. Aquel joven Midas se enfrentaba ahora de manera brutal con el lado oscuro de la fama y el éxito.

La carrera y la vida de P. B., obviamente, ya no serían las mismas. Pasaron cuatro años hasta que volvió a la dirección con la lacrimógena Máscara (Mask, 1985) y luego la olvidable comedia Illegally Yours (1988).

 

Los noventa

La década del noventa fue un tiempo de reconstrucción personal y profesional para P. B. Realizó grandes películas como Texasville (1990), continuación de La última película; Detrás del telón (Noises Off, 1992), brillante comedia a partir de la adaptación de una obra de teatro; y Una cosa llamada amor (The Thing Called Love, 1993), descripción del mundo de los jóvenes músicos country en Nashville, aspirantes a futuras estrellas. El resto fueron películas y capítulos de series para la televisión y algún que otro pequeño papel como actor. La rutina continuaría en los dos mil, época en la que por algunas temporadas fue un personaje habitual en Los Soprano (The Sopranos, 1999-2007), y luego realizó como director otra visita al viejo Hollywood, esta vez a sus historias más oscuras, con El miau del gato (The Cat’s Meow, 2001).

 

El presente

She’s Funny That Way(2015) se estrena localmente con el título de Terapia en Broadway. A pesar de este particular y caprichoso nombre (algo a lo que nos tienen acostumbrados los distribuidores locales), su alusión a la psicología es correcta. El guion de la película es de Bogdanovich junto a Louise Stratten, hermana de la finada Dorothy y con quien P. B. supo estar casado, y, en un breve papel, hace su aparición Cybill Shepherd. La historia cuenta una farsa sexual un tanto anacrónica, incluso para los estándares y gustos de su autor, en la que un director, varios actores y un autor de teatro se entrecruzan (literalmente) con prostitutas de buen corazón, un juez enamoradizo, la reemplazante de una psicóloga y un detective al borde del amateurismo. P. B. dirige la película con un clasicismo que roza la inocencia y con un ánimo un poco velado de esconder historias pasadas. Es difícil no pensar en Dorothy Stratten al ver el personaje interpretado por la bellísima Imogen Poots, una adorable escort que sueña con transformarse en actriz, algo que tiñe a toda la película de una leve tristeza.

En el momento de mayor éxito de P. B., Cary Grant lo supo prevenir de una particular maldición. Durante una conversación le advirtió que nunca debía reconocer en público que era una persona feliz. Años después, el director comprendió a qué se refería el actor con su consejo, pero ya era demasiado tarde. A pesar de esto, Bogdanovich nunca se privó de mostrar la felicidad en su cine, incluso en los peores momentos, aquellos que le demostraron, en carne propia, que su tan amado Hollywood estaba construido por unos mitos que a veces podían ser dolorosamente reales.