El perfeccionista incansable

Imaginada dos décadas atrás mientras se rodaba Happy Together en Buenos Aires, anunciada una década después y esperada en el mundo entero desde entonces debido a la eterna y puntillosa ambición de Wong Kar-wai, El arte de la guerra está por fin lista para patear las pantallas.
Tony Leung, poniendo el cuerpo: el actor entrenó cuatro horas diarias durante un año. En el interín, ensayando, se quebró un brazo.

Nota incluida en nuestra edición 141, dedicada a la obra del hongkonés.

 

La noción de film-acontecimiento debería aplicarse no sólo al aterrizaje de películas clonadas en factorías de abultados presupuestos, que determinan su masiva circulación gracias a una aceitada maquinaria publicitaria y de merchandising. La obra como evento es una oda a la espera, un efecto de ansiedades cinéfilas de variados matices. Por eso también puede reflejar la manera en que dimensionamos la expectativa ante el estreno de algún autor al que no queremos perderle el rastro o alguna cinematografía nacional que pretendemos no pasar por alto. Es una cuestión de perspectivas. Simplifiquemos. La inquietud por el estreno de lo último de Miguel Gomes o de Apichatpong estaría más bien asociada a las innovaciones de ciertos recursos del lenguaje del cine. La agitación en torno al estreno de El Hobbit, estaría más vinculada a la plasmación de algún adelanto tecnológico en términos de ostentación del cuantioso capital invertido. En cierto sentido, El arte de la Guerra (The Grandmaster, su título internacional) conjugó los dos aspectos. Es la promesa de obra maestra –de factura cercana a la superproducción- de un favorito histórico del cine oriental: Wong Kar-wai.

 

El autor como traidor hacendoso                                           

La demanda de un autorismo ortodoxo instala peligrosas encrucijadas. Puede abrir dos caminos de sospecha con una conclusión común: “nuestro tan admirado realizador ha malogrado su virtuosismo, nos ha traicionado”. O bien el director optó por repetir fórmulas de films anteriores; o bien se entregó a la experimentación de procedimientos que no son esenciales a su estilo. Para seguir hilando aquello que apuntalamos más arriba; hay que decir que El arte de la guerra viene acompañada de toda una novela fabular de la espera, dosificada por críticos de oficio, blogueros entusiastas, comentadores de todo pelaje y todo tipo de trolls del séptimo arte. ¿Los feligreses de su filmografía aceptarán sin rezongos un film que se distancia de todo su trabajo anterior pero a la vez lo interroga y complementa? ¿Los trasnochados que llegan al film por las vías del género de artes marciales perdonarán la falta de una adecuada espectacularización? ¿Hay un Wong Kar-wai genuino que se pierde ante la confección de una épica a gran escala? Parece así que se buscara augurar el posible regreso triunfal o su preanunciado fracaso, sin reparar en lo que nos puede legar el film en cuanto proceso estético.

Este escriba se entretiene con la idea de proponer un juego algo tramposo, para conciliar visiones sobre el último film del director de 2046: posibles tensiones entre las palabras conformar y confirmar.El arte de la guerra conforma y confirma instancias residuales, pasadizos secretos y también conocidos de la obra de Wong Kar-wai. Conforma: ajustando nuestra expectativa visual a su invitación de darle forma a nuevos pasajes temáticos y estilísticos; confirma apelando a recursos que ya limitan con lo extenuante.

Sea como sea esperada o deseada, lo cierto es que es producto de una elaboración titánica (meticulosos años en postproducción, nueve años de gestación total) que merece ser contada. Ya sea que nos encontremos ante un simple corte y una quebrada en la genealogía de tradiciones fílmicas sustanciosas en capa y espada, en golpes y porrazos amparados en cierta finalidad de bienintencionadas moralejas; o estemos presenciando la obra maestra oriental del nuevo milenio.

 

Bruce Lee como rampa creativa

La idea germinal de El arte de la Guerra tiene una ubicación espaciotemporal precisa. Año 1996: Wong Kar-wai está rodando Happy Together en Buenos Aires. Allí, observa que en los kioscos de diarios, la estampa de Bruce Lee todavía engalana las tapas de revistas. Descubre entonces que, a veinte años de su muerte, la figura del actor sigue recorriendo el mundo. Pero la idea inicial de dedicar una película a la vida y obra de esa estrella de cine, se vio eclipsada cuando Wong Kar-wai se fascina al profundizar en la biografía de Ip Man, profesor de Kung Fu de Bruce Lee. En la entrevista a la que accedió HC, el director hongkonés recapitula el momento en que se dio cuenta de que tenía un nuevo trabajo entre manos: “se me ocurrió hacer El arte de la guerra cuando miré una película del verdadero gran Maestro Ip Man. Era la última demostración de su arte y era muy impresionante porque era muy viejo y débil. Lo filmó su propio hijo en los últimos tres días de su vida, en 1972. Me emocionó. Me pregunté por qué a esa altura, tenía la necesidad de hacerlo. ¿Qué quería demostrar? Años antes, su discípulo Bruce Lee quiso filmarlo y siempre se había negado. Se me ocurrió a último momento, me interesé en la idea de contar cómo se había transformado en un Gran Maestro.” Entonces, Bruce Lee es una presencia-ausencia que parece haber preexistido al relato pero jamás se emplaza en él. El arte de la guerra exhibe un dispositivo complejo que disecciona transversalmente la narración en infinitas dimensiones. Por un lado, se cuenta la puja interna entre los miembros de varias escuelas de Kung Fu por suceder al Gran Maestro Baosen, director de la Orden de las Artes Marciales Chinas, entre las décadas del 30 y el 50. En ese contexto se disputan el poder el tan mentado Ip Man (interpretado por Tony Leung, actor fetiche de Wong Kar-wai), Ma San (el personaje de más opacidad que construye el film) y la hija de Baosen: Gong Er (encarnada por la bellísima Zhang Ziyi). Más allá de lo anecdótico, la película teje varias subtramas que se configuran de manera algo enrevesada: el esbozo de un deseo nunca concretado y siempre postergado entre Ip Man y Gong Er; la adversidad política entre el Norte y el Sur; el colaboracionismo en épocas de invasión Japonesa; la caída de la dinastía imperial y los primeros pasos del sistema republicano chino. “La acción de la película se desarrolla en una época durante la cual el país estaba dividido en dos partes, con una tensión extrema entre el norte y el sur. Su padre (el de Gong Er), antes de morir, quería juntar esas dos fuerzas, para que el país sea más poderoso frente a los japoneses. Ip Man representa el sur y Gong Er el norte”, discurre el director de Ángeles caídos (1996) y cierra el sentido refiriéndose al vínculo de la pareja protagónica: “pienso que su relación representa otra cosa que una historia de amor. No se trata de una relación sentimental sino de admiración mutua. Comparten la misma visión, es como si se reconocieran el uno en el otro. Lo que me interesó en la película es empezar con dos héroes que lo tienen todo, a los que el mundo les pertenece y que de repente se enfrentan a su propia caída. Y deben conservar su dignidad y quedarse fiel a su moral.” Esta última frase, también podría estar destinada a describir la hipnótica pasión que sólo se arraiga en un inestable potencial entre el señor Chow y la señora Su en Con ánimo de amar (2000). Aunque no termine por constituirse en el eje central de este nuevo film, Wong Kar-wai aporta viñetas conformadas por motivos reconocibles a lo largo de su filmografía: ese juego, teñido de melancolía, entre distancias y acercamientos emocionales que se da entre los héroes de sus historias.

 

El relato como caleidoscopio

Sin embargo, en términos de estructuración narrativa, no hay nada que aleje más a El arte de la guerra de Con ánimo de amar. Por la especificidad de su historia, ésta última estaba más reducida en términos espaciales, dado que la tensión dramática se resolvía en unas pocas locaciones (casi toda en interiores). Si, como dice Kent Jones en un luminoso texto dedicado a esa emblemática película romántica, “en Con ánimo de amar, la cámara está inmovilizada, obligada a repetir el mismo punto de vista una y otra vez en las mismas actividades y comportamientos, como estribillos musicales”; en The Grandmaster podría decirse que la cámara discurre en la construcción de un macrorrelato sinuoso y coral que se parece demasiado a un loop de estrofas contenido en una sinfonía espiralada. Hay un carácter excesivo de información que se asienta en cierta esencia frankensteiniana del film en sus tonalidades, enfoques y registros. Si la primera mitad es un flujo de movimientos corporales que se encastran como legos, rápidamente se desacelera el ritmo para sugerir el deseo entre Gong Et e Ip-Man, para luego recuperar la cadencia del relato en una historia de venganzas epopéyicas. No estamos ante una organización del relato que combina finamente variación y tema como en Happy Toghether (1999) y Con ánimo de amar, donde a veces el conflicto parece no avanzar. Es, si se quiere, una obra más cercana a 2046, porque la historia fluye de un modo más desorganizado, más volátil, con saltos y retrocesos que no sitúan fácilmente al espectador en las coordenadas de tiempo y espacio. Se logra cierto efecto de orden prismático que terminará por concentrar y cohesionar todos los datos dispersos al final del metraje. Parafraseando la máxima que Jean Luc Godard acuñara en un diálogo con Michelangelo Antonioni: “para Wong Kar-wai el drama ya no es psicológico sino plástico”. El drama en los contornos de las artes marciales es un caleidoscopio o fresco audiovisual en el que se exploran las texturas e intensidades del plano: ralentis, exaltación de la paleta de colores, primerísimos primeros planos, estatismo de una cámara que filma a los luchadores como si fueran efigies, la utilización de planos bloqueados por distintos velos gestando una densidad física del deseo. Astucias de una labor fotográfica que brinda Philippe Le Sourd (fotógrafo entre otras de Delicatessen, de 1991, y La ciudad de los niños perdidos, de 1995). Pero también, una reconstrucción histórica que es producto de una capacidad de trabajo obsesiva en otros rubros: “Optamos por un método artesanal: el 90 por ciento de lo que está en la pantalla, por ejemplo, en lo que va del decorado y de la indumentaria, fue fabricado a mano. Nada fue rodado sobre fondos verdes, ni recreado en imágenes digitales. ¡Lo cual fue muy complicado y muy estimulante!”, se ocupa de aclarar el realizador.

 

La tradición como vanguardia

Uno de los puntos novedosos y, de alguna manera, conflictivos de la película tiene que ver con la manera en que Wong Kar-wai aborda el problema de la representación en las escenas de lucha, y el relevo de la tradición del género de artes marciales de un modo inédito. Si algo caracteriza a las escenas de acción es la pretensión de ser retratadas con elegancia. Bajo la lluvia, adentro de un putero de lujo, en una estación ferroviaria o en medio de la nieve; los combates están acentuados por una sensualidad ceremonial, cercana a una danza tribal. En El arte de la guerra, cuando sus personajes luchan, el espacio se vuelve denso, los movimientos se suspenden en una ralentización del tiempo, quedan inmersos en un intercambio de miradas que cobra el mismo espesor que los numerosos planos detalle de pies, manos y torsos impulsados por la acción. Wong Kar-wai no cede ante la tentación por representar la lucha según la artificiosidad de un virtuosismo acrobático, de un simple teatro de volteretas visualizado en plano general como podría hacer Ang Lee en El tigre y el dragón. El realizador cuenta que interpeló a Yuen Wo Ping, el coreógrafo con quien trabajó las escenas de acción, de la siguiente manera: “Me gustaría que esta película fuera diferente de todo lo que fue rodado anteriormente, que abriera un nuevo capítulo en las artes marciales llevadas a la pantalla. La gran diferencia, es que respetaremos cada escuela que mostraremos, y cada gesto tiene que ser auténtico. Quiero que al público, la película le parezca excitante como espectáculo, pero también quiero que los amateurs y especialistas de artes marciales reconozcan su disciplina y entiendan que la respetamos”. Para abrir ese nuevo capítulo en la historia del género, tenía que evitar que los personajes volaran por los aires despreciando las leyes de gravedad. Para ese fin, les pidió a sus actores que entrenaran arduamente durante años para que ellos mismo realizaran las proezas; a tal punto que Chang Chen (el actor que encarna a Ma san) concursó en 2012 en el campeonato nacional de Ba Ji, la técnica de combate que aprendió por las necesidades de la película. Sí, El arte de la guerra nace a partir de la admiración de películas como las de Bruce Lee, pero no tiene la intención de remitirse a sus fórmulas estilísticas. Es una manera de recuperar la tradición poniéndola en cuestión desde sus propios rasgos, de reafirmar una herencia sobrepasando sus límites.

 

El kung fu como pivote de la Historia

Esta no es la primera vez que Wong Kar Wai incursiona en el cine de artes marciales. Después del naufragio de My Blueberry Nights (2007) –su experiencia fallida con Hollywood y el star system– en 2008 revisitó Ashes of Time, un film propio estrenado en 1994. Rebautizado como Ashes of Time Redux, el realizador agregó escenas al film original y replanteó la paleta de colores de manera exultante. Esta obra, retrocedía hasta la Antigua China para contar la historia de un guerrero que se autoexiliaba en algún confín de la tierra como causa de un torturado desamor; y un asesino a sueldo que lo asediaba por esas zonas inhóspitas. Todavía existía allí la primacía de un motivo, la desventura amorosa estaba por encima del conflicto de los espadachines; regulando el género de artes marciales a partir de lo melodramático. En El arte de la guerra ocurre lo contrario. Los sentimientos son trampas morales, recreos restrictivos que hay que sobrepasar para acceder a un objetivo más abstracto y profundo. Por eso Ip-Man y Gong Er no pueden prestar demasiada atención a los reclamos de un corazón destrozado; porque tienen por delante la enseñanza del kung-fu como filosofía de vida, la exigencia de una herencia que debe ser vengada, el sacrificio propio en honor a la familia, a la Nación. Y esta última arista es la que la hace dialogar con un amplio corpus de films chinos; desde Heroe (2002) y La maldición de la flor dorada (2006) de Zhang Yimou hasta Fearless (2006) de Ronny Yu. Todas comparten una manera sutil de conjugar la heroicidad de las artes marciales con el drama social que se interroga por la Historia y la conformación de la Nación. La traición y la lealtad, el crimen y el respeto de un código ético pivotean haciendo dialogar el reducto privado con la conflictividad histórico-social.

 

El estreno como incisión filmográfica

El director exhorta con una solicitud apoteótica: “Deseo que el público reciba The Grandmaster con una mirada nueva y no en referencia a mi obra anterior. Con esa mirada nueva, el espectador vivirá una experiencia original y gratificante”.