El rojo de la pasión

Muchos años después del azul de Lejos del paraíso, ToddHaynes vuelve a filmar un melodrama, pero esta vez de rojos intensos. Con Cate Blanchett y Rooney Mara, sus manos y sus hombros, Carol vuelve a darle complejidad a un género tan superficial como profundo.

Primero fue con Lejos del paraíso (2002). Luego, con la miniserie Mildred Pierce (2011). Y ahora con Carol. Todd Haynes actualizó y resignificó el melodrama,género quellegaba a las pantallas vetusto, cansino, quizás hasta un tanto olvidado, tal vez no en sus temas pero sí en esa forma tan particular que supo adoptar durante el período clásico de Hollywood.

La historia comienza in media res. Carol (Cate Blanchett) y Therese Belivet (Rooney Mara) se encuentran sentadas frente a frente en un restaurante neoyorquino. Son los años 50 (aunque tamizadospor la contemporaneidad). Desde lejos las observamos conversar. No sabemos qué dicen, pero se percibe la tensión. La belleza de Carol es rotunda aun a la distancia. De Therese solo se nos muestra su espalda, su postura rígida, erguida. Advertimos la corriente eléctrica emanada de esos cuerpos delicados, bellos, femeninos. Un halo de secreto los envuelve. Unos minutos más tarde, cuando son interrumpidas de improvisto, Carol se despide apoyando suavemente su mano sobre el hombro derecho de la joven. Esta misma acción es llevada a cabo en el hombro izquierdo de Therese por el amigo intruso. La misma acción, filmada de igual manera. Sin embargo, ¡qué diferencia! Ya lo sabemos todo. Una exuda pasión; la otra, indolencia.

Basada en la novela El precio de la sal,publicada por Patricia Highsmith bajo un seudónimo, la película relata el romance prohibido entre una esposa de clase altaen proceso de divorcio, madre de una pequeña niña, y una dependienta del departamento de juguetería de un gran almacén, fotógrafade vocación. Desde la primera atracción y el flirteo hasta la pasión y el erotismo, este amor tildado de indecente para la época se consolida bajo las expertas actuaciones de Blanchett y Mara, quienes dotan a sus personajes, a fuerza de gestospequeños y casi frugales, de una intensidad imposible de obviar. No hay nada frío en ellas. La Carol de Blanchett, con sus movimientos felinos y su mirada depredadora, recuerda la figura de una pantera, al acecho, a punto de atacar a su presa. La Therese de Mara esconde, tras esa fachada de inocencia y juventud, una hoguera de deseo reprimido.

Peter Brookscaracterizó elmelodrama como un “modo de exceso”; decía quelos rasgos por muchos considerados molestos, “su énfasis, sus excesos, las exageraciones de su retórica, no son de ninguna manera fortuitos, sino intrínsecos a la forma”. Es esta retórica excesiva, enfática, la que Todd Haynes sabe aprovechar con mano experta. Porque el melodrama no está solo en los temas, sino también en el tratamiento expresivo de estos temas; este drama si se quiere mínimo, contenido, si lo comparamos con, por ejemplo, las canónicas obras de Sirk, explota visualmente todas las posibilidades del cine.

Haynes y su fiel director de fotografía, Edward Lachman, añaden densidad a la historia de amor de estas dos mujeres mediante la utilización de encuadres, planos, ángulos exquisitos. Hay virtuosismo pero no se lo enarbola.Hasta la cámara respira agitadamente con Therese, y nosotros con ella. Los rostros son recortados en la neblinosa ventanilla de un vehículo o vistos a través de una ventana; la pose del cuerpo gatuno de Carol es enmarcada por una puerta. Son todos recursos que recuerdan a Sirk porque Haynes juega con los lugares comunes, con esas imágenes de nuestra cultura cristalizadas por el uso continuo, pero lo hace a sabiendas y con un estilo muy propio (además de bello).

Los decorados, las locaciones, la utilería, el vestuario, todo es de una fineza y una justeza deliciosas. Nada desentona, mucho menos las actuaciones. Todas encontraron el tono adecuado, la perfección melodramática, sin caer nunca en lo paródico. Blanchett y Mara brillan, pero Kyle Chandler, como el desdeñadoesposo, y Sarah Paulson, como la amiga intíma y ex amante, no se quedan atrás. Si bien la película está basada en un famoso libro, este no es un cine de parlamentos; es un cine de cuerpos, de movimientos. Y los cuatro cuerpos de los actores hablan: sus miradas y sus gestos lo dicen todo.

Como en todo buen melodrama, se trabaja el contraste y la acumulación. El contraste entre las fotografías en blanco y negro tomadas por Therese y la rubia cabellera de Carol; entre la opacidad de una ciudad fría y húmeda y los cuerpos ardientes de las mujeres. La acumulación de motivos va construyendo el tema. Porque en esta película el color rojo (y no cualquier rojo: el rojo aquí es el rojo carmesí) es un tema. El rojo es pasión. La pasión erótica, el disfrute del cuerpo, la concreción de las propias ansias y deseos. La película es como un gran lienzo de colores pardos, grises y ocres en el que refulgen destellos rojizos a cada paso. En cada escena hay algo rojo, ya sea una luz, unos guantes o unas sillas. Asociado tímidamente a Therese (solo algún detalle aquí o allá), el rojo es expuesto en todo su esplendor en Carol, en sus labios, en su tapado, en su chalina. Carol es pasión, y Therese aprenderá a serlo.

Se dice que la diferencia entre el placer y el goce radica en parte en la temporalidad. El placer es pasajero, momentáneo,e involucra los sentidos. En cambio, el goce –a veces asociado al dolor– es duradero, más pleno. En el goce intervienen tanto los sentidos como el intelecto. Carol, la película, es una obra que habla de la pasión pero que, sin embargo, produce goce. Al verla gozamos.

 

Carol

ToddHaynes

Estreno: 4 de febrero

2015 / Estados Unidos - Reino Unido / 118 minutos

Alfa Films