El silencio

Con Hamaca paraguaya, Paz Encina no solo insinuó sus capacidades como cineasta sino que también corrió el velo de un cine paraguayo hasta el momento invisible. Hoy, entrevistada por Ejercicios de memoria, no solo se confirma como directora: también da cuenta de un cine que pide a gritos mayor visibilidad.

Paz Encina había sorprendido en 2006 con Hamaca paraguaya, película-ovni que irrumpió, revitalizó e hizo visible la escena filmográfica de Paraguay. Como su primer largometraje, Ejercicios de memoria tiene una impronta estética más bien exploratoria y anti canónica. La película pone el acento en la vida de Agustín Goiburú, desaparecido por la dictadura de Stroessner en 1977. Para esto recorre el exilio de este militante a través de las voces en off de sus tres hijos puntuando imágenes que pivotean entre lo reflexivo y lo ensoñado.

 

¿Cómo surgió el proyecto? 

Ejercicios de memoria fue la primera película que quise filmar en 1998. Cuando todavía era estudiante de cine en la FUC, hice la primera entrevista a la esposa de Agustín; desde entonces supe que quería hacer esta película, pero quería tener la madurez necesaria. De los 35 años que duró la dictadura de Stroessner, a mí me tocó vivir 18. Mi padre fue opositor, estuvo exiliado; es algo que atravesó también parte de mi historia, y siempre sentí que esto era algo que tenía que hacer.

 

La película va puntuando de manera marcadamente lírica la voz en off de los familiares del desaparecido Agustín Goiburú con imágenes actuales de niños jugando en el monte, en el río. ¿Por qué elegiste ese registro?

Comencé a retrabajar la película en 2011, cuando volví a los Archivos del terror. Uno está en ese lugar, comienza a mirar las fotografías, las fichas, toda la historia de una persona desde el mecanismo de control, escucha esos sonidos y se da cuenta de que no está frente a una historia en particular, sino frente a la historia de la humanidad. Me pasó sobre todo cuando escuché los sonidos de delaciones y de interrogatorios. Sentí que era lo más brechtiano que había tenido ante mí. Era como tener parte de Terror y miseria de Brecht, pero desde hechos paraguayos. En 2012 hicimos lo que llamé un “rodaje sonoro”. Fue básicamente un rodaje por todos los lugares donde los hijos de Agustín estuvieron en el exilio. Yo sentía que ahí no estaba la película, pero de todas formas fuimos con una cámara 5D y otra Super 8, y lo que se registró fue precioso, aunque no sentía a la película dentro de esos registros. Lo que sí encontré en ese rodaje fueron dos cosas fundamentales: que los Goiburú me hablaban desde la infancia, y que en todo aquello había mucha belleza. Lo que pasó con Agustín es terrible, pero había algo que había quedado preservado desde la infancia, y ese cruce me movilizó mucho. Ahí comencé a trabajar la puesta de imágenes con el registro de los testimonios desde el sonido. Sentí que era una película sobre la infancia y también para la infancia. Siempre siento que el hecho de que la memoria no esté trabajada en Paraguay es un poco el fracaso de mi generación. Quizás la generación de los que hoy son infantes pueda hacer otro trabajo; entonces es una película para ellos, también.

 

Existe una mirada según la cual la desaparición forzada de personas, en definitiva, el horror, sería irrepresentable o del orden de lo impensable. En ese sentido, ¿cómo se elude la tentación de filmar el clásico documental expositivo?

Es muy difícil hacer una película sobre el horror. A mí me costó mucho hacer esta película, y no sé cuál es la forma adecuada. No pienso en términos de querer eludir una forma u otra. Para mí era solamente la posibilidad de entregar un gesto, el de recordar a Agustín, e intenté hacerlo de la mejor manera. Es lo que me propuse, porque en realidad todo era tan grande que preferí hacer algo más pequeño, pero que perdure. Y quizás este gesto perdure. Fue una película muy difícil para mí.

 

¿Qué importancia tiene para tus películas la figura del silencio?

El silencio para mí es tiempo, y el tiempo es la decantación de todo. Es quizás un vacío, pero también es la luz al final de un túnel. Yo vengo de la música, y eso marca mucho mi estructura de pensamiento. Leí y escribí primero notas musicales antes que letras, y creo que eso definió mi forma de pensar. Tanto que al hacer una película primero escribo toda la banda de sonido y luego la banda de imagen. Siempre hay una línea que separa la una de la otra. Quizá esa línea sea una herida, quizá un simple espacio. Siempre que pienso en la palabra silencio pienso en el concepto de siniestro de Freud, en lo antiguo que vuelve.

 

En 2006 Hamaca paraguaya ayudó a darle existencia a una cinematografía casi invisibilizada. ¿Cuál es el estado hoy de lo que se produce en Paraguay? 

Es complejo porque somos el único país de América Latina sin una ley de cine. Lo que se hace en Paraguay es de una calidad muy alta, y además desde distintos tipos de narrativas y lenguajes. Siempre pienso que los directores en Paraguay hicimos bien los deberes pero, al no tener una ley de cine, ni siquiera somos dueños de nuestras imágenes. Es difícil tener una continuidad de esta manera, aunque lo que se haga tenga un retorno muy bueno.