El valor de un documental

A mediados de este año se desarrolló en Toronto una nueva edición de Hot Docs, tal vez el festival de documentales más importante a nivel mundial junto con IDFA. Abrumado por la cantidad de películas que tenía para ver, nuestro enviado portorriqueño, que es también productor y director, decidió poner el foco en cuestiones que sus colegas suelen dejar fuera de campo.

Cuando un documentalista logra contar una buena historia y quiere dedicarse a esto, necesita, en algún punto del proceso, pensar en la venta y promoción de su película y de él como cineasta. Lamentablemente, la mayoría de los directores con los que tuve la oportunidad de conversar sobre el tema estaban más enfocados en justificar lo importante y novedoso de su historia. Quizás por eso mi fascinación por ver la mayor cantidad posible de los 197 documentales programados en más de trece secciones diferentes fue abordada por la angustia natural de pensar cómo encontrarán su público, cómo se negociarán, quién los comprará, y cómo realmente se puede incluir el término “negocio” entre tanto trabajo hecho meramente desde la más pura sensibilidad humana. Por eso es que decidí tratar de entender el proceso de los cineastas en relación con el “negocio” del festival; el baile, la rutina y la agenda de cada cineasta para conseguir que ese no sea su último documental.

La parte del negocio, de su proyección, incluso de darle un valor comercial a la pieza, de saber cuál es su audiencia, qué canales compran este tipo de programación y cómo lo hacen, qué mercados son más abiertos, qué plataformas digitales son las ideales; todo eso brillaba por su ausencia en Hot Docs. Ni siquiera había un plan de seguimiento para la semana siguiente, o una simple estrategia de seguimiento para aquellos contactos que los cineastas lograran conseguir durante las conferencias. No, allí todos querían llegar a ser súbitamente la próxima figurita de Netflix.

Estas son, finalmente, algunas de las observaciones de lo que fue mi experiencia o, más bien, lo que más disfruté mientras hacía mi propio documental sobre el festival.

 

1. El cineasta solo quiere ver su película en la pantalla grande

Son muy pocos los que ven the whole picture. Viene con el ego del negocio, pero la realidad es que, año tras año, apenas media docena de documentales en el mundo alcanzan el éxito comercial en salas. Los Michael Moore y Morgan Spurlock son pocos, y hasta ellos han encontrado en la TV y en las plataformas online su canal de exhibición más apropiado. Con semejante disponibilidad de plataformas online en vivo, e incluso con las extensiones de los grandes canales, la mayoría de las grandes preventas del festival fueron para ellas. A diferencia de las ventas de cine narrativo de ficción, con documentales, cuando te va bien en el online, puedes pasar al canal principal de la misma mano del distribuidor.

 

2. El documental puede ser la base de una subsecuente película de ficción

A los agentes les interesa vender el documental más allá de sus fronteras. Con el fin de que estos sean posteriormente comercializados en otros formatos, tratan de encontrar documentales sobre alguna propiedad o figura de la que ya tengan los derechos. Si el documental viene atado a los derechos de un libro, de una persona o de un cuento publicado en la prensa, mucho mejor. Porque así, una vez generado el interés legítimo a partir del documental, los derechos para desarrollar una película de ficción, por ejemplo, están ya en manos del documentalista o de sus productores.

 

3. El documentalista que cuenta su propia historia está asumiendo un riesgo

Por lo general, Hollywood es bastante precavido en invertir en guiones con primeras historias biográficas. La pregunta es: después de escribir sobre ti mismo, ¿sobre qué más puedes escribir? Y eso aplica de igual manera a los documentales. Si esa fue tu historia, a menos que la cuentes de una manera majestuosa, inteligente o bien construida, y tal como sucede en el mundo de la música, se corre el riesgo de ser percibido como un one hit wonder, y ya poco se invierte en esos documentales.

 

4. El crowdfunding puede ser tu mejor amigo y también tu peor enemigo

Plataformas como Indiegogo y Kickstarter son muy efectivas y posiblemente la mejor introducción a la parte comercial del proyecto, pero hay que saber montarlas (muchas de ellas han crecido tanto que incluso se ofrecen a ayudarte y te guían en el proceso). Hay que estudiarlas realmente y lograr que esta misma página convenza a quien la visite de poner su dinero en tu proyecto. Si este no es relevante, universal, innovador, si realmente no te deja pensando, ¿por qué alguien te daría dinero? No se trata solo de qué tanto les ruegues a tu familia o a tus amigos para que inviertan en tu proyecto: armar una página de estas es quizás el mejor ejercicio que puede hacer el cineasta para comprobar el valor de su historia. La mala noticia es que una página es también el mejor filtro para saber si tienes esa buena historia. De hecho, durante el festival tuve la oportunidad de sentarme a conversar con la representante de una de estas plataformas, y su comentario más impactante se refería al hecho de que, cuando un posible comprador se entera de que el proyecto está en, por ejemplo, Indiegogo, este es su primer indicador de la calidad del proyecto o, en todo caso, de la claridad con la que el cineasta ve su proyecto presentado allí. Quizás este sea uno de los factores que más influirá en su decisión de compra.

 

5. Las becas son una ciencia y hay que estudiarlas como tal

En Hot Docs tuve la oportunidad de conocer a un cineasta muy interesante, ya que, más que cineasta, parecía un geek matemático. Pero, en este caso, era experto en las becas disponibles en el cine. Armado de un mapamundi mental, suele llenar en un calendario los doce meses del año con becas que se dividen por país, género, tamaño y cantidad. Este cineasta ha logrado financiar más de veinte documentales a base de becas, todas diferentes y de distintos lugares del mundo; todas con fechas de inscripción y requisitos diferentes. Realmente desquiciante para cualquier persona normal. Desde Sundance Labs hasta televisiones públicas de países olvidados, lo cierto es que casi todos los gobiernos y fundaciones del mundo tienen una beca para algún tipo de cine. Y este se las conocía todas. Es cuestión de estudiarlas, encontrarlas y seguirlas, y sobre todo de presentar lo que ellos quieren escuchar de tu proyecto. El primer paso es poner en la pared un calendario gigante e ir llenándolo desde allí.