En busca del tesoro perdido

Como una carta de amor terrorífico a Lovecraft, Necronomicon traslada el universo pesadillesco de este escritor estadounidense a los paisajes de Buenos Aires. Haciendo crecer la leyenda del Libro del Infierno, Marcelo Schapces, conocido por dirigir Juan y Eva, llevó al cine la fantasía de varios fanáticos lovecraftianos.

La reconstrucción de una Buenos Aires apocalíptica, un ejemplar del Necronomicon que aparece en la Biblioteca Nacional y casi, como un guardián de la cripta, un bibliotecario que resguarda para que ese libro no sea abierto. La amenaza de que el mal invada por completo está latente. Todo esto y más es lo que compone la versión cinematográfica que Marcelo Schapces le ofrece a la pantalla grande, desde su ojo clínico, con una leyenda que se desata con el libro ficticio que creó Howard Phillips Lovecraft.

 

¿Creés que esta película era una cuenta pendiente para los fanáticos del universo lovecraftiano?

En principio desconozco buena parte de la totalidad del seguramente amplio “universo lovecraftiano”. Y mucho menos podría arrogarme saber qué piensan los fans. Sí puedo decir que en mi caso era, no una deuda pendiente, sino un deseo desde hace tiempo de poder hacer esta película. La premisa que siempre tuvo el proyecto (“en sus relatos Lovecraft ubicó en Buenos Aires un ejemplar del Necronomicon”) no era algo que estuviese de manera muy presente en el imaginario de los fans locales. De hecho nunca se había utilizado este punto de partida para alguna obra (un corto, un cómic, lo que fuera) en tantos años. Desde ese lugar, con humildad y responsabilidad pero sin ningún complejo, nuestra película es algo nuevo y es un aporte de alguna manera a la genealogía del universo lovecraftiano.

 

¿Por qué creés que Lovecraft depositó uno de los ejemplares sobrevivientes en la Biblioteca Nacional?

Tanto Lovecraft como Borges amaban el siglo XIX y ambos se decían decimonónicos porque habían nacido en él (Lovecraft en 1890, Borges en 1899). No hay datos que den cuenta fehaciente del porqué de la elección de Buenos Aires como lugar de residencia de uno de los ejemplares del Necronomicon. Puestos a especular, pienso que debe haberle llamado la atención esa ciudad tan al sur del mundo que en aquella época (fines de los años 20 hasta mediados de los 30) era señalada como culta y europeizada. Es probable que Lovecraft se haya identificado con alguna descripción que haya leído, y de esa manera nos legó una herencia de la que muy pocas ciudades en el mundo pueden presumir. Eso nos permitió a Luciano Saracino, a Ricardo Romero y a mí escribir unos textos para un libro que se editó junto a la película (Necronomicon, el libro maldito), que contiene también los diseños e ilustraciones de Aldo Requena y Salvador Sanz para el film, y ahí nos pudimos explayar con una serie de teorías y supuestos hechos históricos para aportar a la genealogía del Necronomicon. Eso ha sido realmente divertido a la vez que un lujo y un orgullo para nuestro espíritu lovecraftiano.

 

¿Los actores ya estaban premeditados antes de filmar o se terminaron de definir de acuerdo con lo que requería cada personaje?

El único actor que estuvo desde siempre en el proyecto es el que finalmente no llegó a rodar, que es Luis Luque. Somos muy amigos y el personaje del bibliotecario fue pensado para él pero, como muchas veces ocurre, las coordenadas no dieron bien al momento en que tuvimos que definir fechas concretas de rodaje. Él tenía compromisos que no podía desarmar y nosotros no podíamos adaptar nuestras fechas. Entonces un par de meses antes lo elegí a Diego Velázquez, y hoy por supuesto pienso que es el mejor que podría haber hecho ese rol. Lo adaptamos un poco con los guionistas para convertirlo en un protagonista más joven, y estuvo muy bien. La otra actriz que también estuvo casi desde el inicio fue María Laura Cali en el rol de la hermana paralítica. Ella tiene un registro notable y mucho talento e ideas para aportar a cualquier personaje, y a mi juicio lo demuestra con creces en la película. Para el librero, la imagen de Daniel Fanego es la que tuve más cercana, y afortunadamente pudimos cuadrar agendas para que estuviese. Daniel tiene un decir y una presencia en cámara descollantes. A Victoria Maurette no la conocía y la acercó la productora ejecutiva (Vale Bistagnino), y creo que fue un enganche inmediato porque ella tenía mucha experiencia en películas de género (incluso cercanas a Lovecraft) y entendió todo rápidamente. Y ella sugirió (y lo bien que hizo) a Nico García para el operario de la Biblioteca, que aporta una máscara genial. Cecilia Rossetto es una amiga de la familia además de una artista excepcional, y yo quería que hubiera una directora en la Biblioteca, cosa que en la realidad, hasta ahora, nunca ha ocurrido. La participación de Juan Sasturain es como un juego, porque él es amigo mío desde hace años y también lo es de los guionistas (Saracino y Romero), ¿cómo no iba a estar en esta película? El rol del monje lo compone Claudio Ferraro, que en realidad no es actor sino un narrador profesional de historias, pero María Laura Cali me lo recomendó, también con mucho acierto. Los dos policías (Ibáñez y Menta) son Claudio da Passano y Claudio Martínez Bel; a ellos los vi en Terrenal, la genial obra de Kartun, y necesitaba que estuvieran en la película. Y, por último, el rol de Dieter lo imaginé en algún momento del proceso de trabajo para Federico Luppi. Teníamos una muy buena relación por fuera de cualquier propuesta de trabajo, pero convencerlo de hacer esta película costó mucho. Él atravesaba un período bastante depresivo y me dio una explicación brillante de por qué no lo quería hacer. Pero yo insistí y lo esperé hasta que accedió. Evidentemente algo estaba escrito en algún lugar fuera de nuestro alcance, porque el día anterior a rodar sus escenas importantes fue internado y ya nunca pudo recuperarse. Fue muy difícil tomar una decisión pero, como en el proceso él mismo nos había autorizado a crear una digitalización a partir de alguno de sus rasgos, avanzamos por ese camino. Y yo igualmente decidí mantenerlo en los créditos porque el esfuerzo y el compromiso fue tan grande (para él y para todos) que no podía quitarlo porque en mi fuero íntimo ese personaje es el de Luppi.

 

¿Qué escena creés que fue la más difícil de realizar y por qué?

Probablemente la escena más complicada haya sido el momento en que el personaje de Victoria tiene que “iniciarlo” ritualmente al de Velázquez, ya que incluía un momento erótico y sexual que por diversas cuestiones de producción se rodó finalmente en unas escaleras de piedra que son parte de uno de los accesos exteriores a la Biblioteca Nacional. Fue muy complejo hacerlo de ese modo, y probablemente yo no haya conseguido un resultado como el que hubiese deseado. En un rodaje que tiene efectos digitales en casi la totalidad de sus planos (aunque muchos no sean evidentes), y con el presupuesto acotado que teníamos, buena parte fue compleja. A pesar de todo, yo me sentí igualmente a gusto durante prácticamente toda la filmación.

 

¿Encontraste dificultades en esta transformación que fue de la literatura al cine?

Adaptar literatura al cine siempre tiene complicaciones y retos, pero a mí me gusta basarme en cuestiones literarias a la hora de hacer una película. En este caso no hay una obra concreta sino un universo, una atmósfera que yo quería respetar, y de ese modo conversé la idea con Saracino y Romero, que son más jóvenes que yo pero igualmente fans del género, además de excelentes escritores. En Lovecraft abunda aquello que no puede nombrarse y apenas describirse; el horror nace de esa otredad que es diferente e inabarcable. Eso imponía no solo trabajar con el concepto del fuera de campo, sino además recrear un clima que tuviera ribetes de lo que se conoce como lovecraftiano. En ese sentido, creo que la película sale airosa y sostiene muy bien el hecho de contar una historia en una ciudad concreta y con sitios concretos, atravesados e inmersos en ese enrarecimiento tan especial que se lee no solo en la literatura de Lovecraft sino en la de muchos de sus continuadores (Bloch, Derleth, Belknap Long, etc.), y al mismo tiempo no perder un registro borgeano de los espacios, en particular en las escenas de la Biblioteca Nacional.

 

¿Cómo trabajaste en el guion la idea de esta Buenos Aires apocalíptica?

Muchas películas de género realizadas en Argentina recurren a no lugares, o a espacios anónimos que no tienen un anclaje concreto. En esta película siempre supimos que Buenos Aires y la Biblioteca Nacional serían personajes de la narración. Y yo siempre imaginé que era una ciudad donde llovía de forma casi permanente. Tal vez por Seven, de David Fincher, o por El protegido, de M. Night Shyamalan, aunque seguramente también por un par de escenas memorables de Solaris y La zona, de Tarkovsky, donde la lluvia y la corrosión están muy presentes. Teniendo en claro este desquicio meteorológico, la tarea posterior fue trabajar con Salvador Sanz para que dibujara algunos escenarios y luego fotografiar zonas de Buenos Aires (la Avenida de Mayo con sus cúpulas, San Telmo, el Barolo, y en Villa del Parque el Palacio de los Bichos), y con todos ellos construir en VFX (los efectos digitales de los que se encargó NUTS Media con Omar Kichinovsky al frente) las imágenes de la ciudad de Buenos Aires que más nos gustasen y que mantuvieran el espíritu original en la concepción. Y que también funcionaran con el imaginario que uno tiene de las ciudades de Arkham o Miskatonic, o de la Providence que aparece en los relatos de Lovecraft. En este sentido colaboraron, y mucho, la fotografía de Mangone, el sonido diseñado por Soldevila y la música de Pablo Borghi.

 

¿Se podría considerar a Lovecraft como influencia del terror contemporáneo?

Está claro que Edgar Allan Poe, que murió en 1849 a los 40 años, Howard Phillips Lovecraft, que falleció en 1937 a los 47 años, y Stephen King, que aún vive, son los tres pilares sobre los que se sostiene la literatura de terror del último siglo y medio. Y cada uno ha sido influenciado por el o los anteriores. En el caso de Lovecraft, que murió casi en el anonimato y sin un solo libro propio editado, la tarea de rescate de sus seguidores llevó sus años y recién a finales de los 50 comenzó a hacerse un lugar en la literatura. Curiosamente (o no), Argentina (y Francia, obviamente) fue de los primeros lugares donde se lo editó y donde se fue haciendo popular entre los cada vez más nutridos lectores de ciencia ficción y fantasía. Yo lo descubrí a mis 11 años, entre 1969 y 1970, y desde aquella época nunca dejé de leerlo y releerlo. Y al mismo tiempo no ha dejado de inspirar cuentos, novelas e innumerables adaptaciones al cine y la TV. Una de las últimas novelas de King (Revival) lo tiene casi como personaje, y lo mismo pasa con muchos relatos de Neil Gaiman y hasta con la primera temporada de True Detective. En nuestro medio Lovecraft fue del gusto de Borges y Mujica Láinez, y a la vez influyó en autores como Eduardo Goligorsky, C.E. Feiling y últimamente en Mariana Enriquez. Y en la historieta y la ilustración, obviamente en Alberto Breccia (su Lovecraft/Breccia de los 70 es genial), Quique Alcatena, Enrique Breccia, Horacio Lalia, Santiago Caruso, Aldo Requena y Salvador Sanz. Es indiscutible que Lovecraft está presente muy fuertemente en los últimos 50 años de la creación de las distintas disciplinas en el género.

 

¿Podrías mencionar algunos directores que te hayan servido como influencia en tu trabajo?

Para esta película siempre tuve muy presentes los clásicos de la Universal que yo pude ver de chico (el Drácula de Browning, el Frankenstein de Whale y muchas de sus secuelas), al mismo tiempo que cierta atmósfera europea de los films ingleses de la Hammer. A mí en general no me atraen mucho dentro del género ni el slasher, ni el giallo ni el gore excesivamente explícito. Me acerco mucho más a lo que el crítico francés Gerard Lenne definió en los 70 como fantástico: un film como El grito, del polaco Skolimovsky, o Repulsión, de Polanski. En este caso tenía como referencia para los actores la que para mí es la mejor adaptación de Lovecraft, aunque no esté basada en un relato puntual, que es En la boca del miedo, de John Carpenter, y también El protegido, que ya mencioné antes. Y hay una película que siempre vuelvo a ver antes de filmar y que considero una de mis favoritas y que muchas veces (para mí, de manera inexplicable) no es tenida en cuenta en las reseñas del género, que es Posesión, de Andrzej Zulawski.

 

¿Qué expectativas te genera esta película?

Respondo con el diario del lunes porque el resultado, al menos el de la taquilla, ya está a la vista. Yo llevo muchos años en la producción de cine independiente y conozco mucho el andamiaje de la distribución y la exhibición. Suelo pensar y elaborar una estrategia para cada película antes de comenzar a rodar, y en el caso de Necronomicon fue igual. Más allá de la envergadura de la película, la salida iba a ser moderada y la expectativa que yo tenía también lo era. No disponíamos de mucho dinero para el lanzamiento pero hicimos un trabajo muy grande en redes sociales yendo puntualmente a los círculos de fans. Presentamos el año pasado con buen suceso unos materiales realizados especialmente para la Comic Con, y el trailer fue visualizado más de 200.000 veces en Internet, por lo que se había generado una suerte de expectativa. Sin embargo, y aun estrenando en un fin de semana tranquilo para lo que es cada jueves, los principales complejos nos dieron la espalda, para mí de forma inexplicable, porque a priori tenían una película de género con una apuesta superior a la media y solo pedíamos tres horarios en una pantalla de Palermo, el Abasto y Caballito. Pero evidentemente, y ante la ausencia absoluta del Estado por medio del INCAA (no el de ahora, que casi sería lógico a pesar de lo aberrante, sino el de hace años también), que ha hecho poco y nada por enfrentarse a la hiperconcentración que hoy padecemos, la salida de nuestra película (como en muchos otros casos locales) fue mala, y en esa perspectiva, sumada a la merma de espectadores por el tema económico, la respuesta del público fue en esa misma línea. La supuesta expectativa se esfumó como un zombi aniquilado y los fans no acudieron como podía mínimamente esperarse. Y en ese combo la crítica, o lo que queda de ella en esta era digital donde muchas veces el periodismo se cruza con opineitors casuales y seriales y con verdaderos haters, nos trató también bastante mal. Yo a esta altura de mi vida, con 59 años, puedo mantener cierta objetividad sobre lo que hago: sé que esta película no es una obra maestra pero tiene valores indudables y legítimos que la convierten en una película de seis o siete puntos. La mala leche, la mala grafía o la soberbia sin sustento que yo percibo en cómo se han escrito varias de las críticas que la consideraron regular me ha molestado, sobre todo en este combo mortal de exhibición casi nula, espectadores retraídos o esquivos y crítica incomprensiblemente implacable. Muchas de nuestras películas se exponen y naufragan, cada quien a su medida, en este panorama en el que después se llora por el destino del cine nacional, se añoran supuestas épocas doradas o se exponen quejas del estilo de por qué acá no hay más películas de tal o cual género. A diferencia de otras disciplinas, el cine argentino vuelve a padecer de un colonialismo rampante en casi todas sus estructuras y a cada quien (y me incluyo) le tocará una parte en la responsabilidad de este estado de las cosas. Y una responsabilidad también para que deje de ser así en un futuro vislumbrable.

 

Necronomicon, el libro del infierno

De Marcelo Schapces

2017 / Argentina / 90’

Estreno: 1 de marzo