Envase pequeño

Los cines se copan de niños cada año, ¿pero cuánta de la producción cinematográfica que los tiene como principales espectadores es argentina? Qué hay de cine infantil nacional, cómo se produce, con qué técnicas, qué números hace y la palabra de los expertos en esta nota gigante sobre cine para chicos.

En la escuela lo enseñan mal: el ser humano nace, crece, se desarrolla y muere, dicen allí, al pasar. Mentira: en el medio, entre que nace y crece, también mira dibujitos animados, series para niños o producciones infantiles. Allí, en esa simpleza, en realidad pasa casi todo. Porque, aunque parezca cliché, es así: el cine infantil es un motor para el desarrollo de la imaginación, el conocimiento e incluso el pensamiento crítico. Y allá afuera hay más que animalitos o princesas en apuros que prefieren decir emparedado antes que sánguche o nevera antes que heladera, aunque el peso de la repetición lo haga resultar improbable. Allá afuera, o mejor dicho acá adentro, en Argentina, también hubo (y hay) propuestas de cine cuidado, pensado y curado para niños y adolescentes. Y hay que animarse a buscarlas.

El eco de la última palabra queda sonando. Porque, sí, hay que buscarlas, desenterrarlas de una cartelera con mucha propuesta infantil y poca nacional. Algunos números: durante el 2016, las tres películas más vistas del país fueron para un público joven. Entre Buscando a Dory, La era del hielo 5 y La vida secreta de tus mascotas sumaron un total de casi 8 millones de espectadores. En ese mismo año, las películas de animación infantil nacional que se estrenaron fueron 0. Cero. Año 2015, la misma cantarola: casi 8 millones de personas vieron Minions e Intensa-mente, y la producción nacional para niños, nula. 2014 fue un poco más interesante. Se estrenó la coproducción El inventor de juegos, que movilizó a 280.000 espectadores. Rodencia y el diente de la princesa, la última película de animación nacional estrenada hasta el momento, llevó a 26.000 personas a sus salas, mientras que El último mago e Historia de cronopios y de famas cortaron 5000 y 3000 tickets respectivamente.

El público prefiere la importación, al menos de acuerdo con estos números. Pero también es cierto que la oferta de cine para purretes made in Argentina es escasa. Alejandro Carlini es parte del equipo de la productora Ideas Fijas. Para él, la escasez tiene que ver con el enorme presupuesto que implican estas películas: “Según la reforma del Plan de Fomento del INCAA, una película de animación para público masivo ronda los 16 millones de pesos; la realidad es que depende de la técnica y la complejidad”, explica, aunque aclara que para él “para lograr un resultado competitivo a nivel internacional en una película en 3D hay que hablar de un presupuesto de entre 2 y 3 millones de dólares”. Allí, en ese problema económico, es donde las ideas y los proyectos pisan el freno. Gonzalo Speranza, uno de los miembros de la productora Nuts Media, identifica el mismo problema: “Con el subsidio del INCAA no alcanza. Para los privados no es negocio, y el riesgo que tiene un presupuesto tan alto no permite el punto de equilibrio”, comenta. Además, la falta de difusión y éxito de los proyectos no permite el desarrollo del círculo virtuoso, ese que genera que el niño, el adolescente, tenga la inquietud de transformarse de espectador en realizador. “Si bien en Argentina hay talento y profesionales muy capacitados, lamentablemente no son la cantidad suficiente para emprender un proyecto grande como lo puede ser una película animada o una serie de alta complejidad”, comenta Federico Moreno Breser, director de la productora McFly Estudio.

Los números nombrados anteriormente vuelven nebuloso el panorama. Millones de chicos y sus padres llenan las salas para ver películas infantiles y juveniles norteamericanas, pero las producciones nacionales, salvo en casos muy contados, tienen que cortar tickets de a uno y comerse las uñas para alcanzar una recaudación más o menos decente. Entonces, ¿hay público para el cine para niños o no? Rosanna Manfredi, presidente de la productora Encuadre SA, es optimista al respecto: “En 2016 casi el 30% de las películas exhibidas son animadas, con 13.500.000 espectadores, con 19 estrenos en un año, más de uno y medio por mes”, comenta, preparando su argumento: “Hay un mercado demandante y una gran oportunidad de crecimiento para Latinoamérica y los países la está aprovechando, si no, ¿cómo se explican los Oscar que ganaron tanto en Chile con el corto Historia de un oso como en Brasil con O menino e o mundo?”.

Juan Pablo Zaramella, cabeza de la productora Zaramella y uno de los referentes nacionales en el tema, también prefiere el optimismo: “Al público le interesan las propuestas nacionales. Si el producto es bueno, el público le abre la puerta”, comenta, y sigue: “Lo que dudo mucho es que el público local quiera ver una película tipo Pixar hecha en Argentina. Para eso está Pixar, que por tradición y presupuesto va a hacerlo siempre mejor”. Porque, claro, la fórmula del éxito está ahí, servida, o al menos sugerida por la superoferta de personajes tiernos y adorables, con mucho de humor y obsesión por la amistad y el amor. Zaramella tiene otra propuesta: “Hay que buscar en el lenguaje local; yo confío en que la identidad es un valor de exportación”.

Una máquina del tiempo podría dar respuestas que confirmen o refuten esa idea. O tal vez, mucho más fácil, Internet pueda ser de ayuda. Lo dicho por el cineasta puede ser comprobado en los hechos: a través del tiempo, las películas que han tenido éxito en el país han cargado en su ADN mucha de la genética argentina, ya sea el compadrito, el gaucho o el fútbol. Manuel García Ferré, sin dudas, ha sido un pope de la disciplina y un motor fundamental para transformar identidad argentina en cine y viceversa. Desde Las aventuras de Hijitus y su dualidad entre pibe común y superpibe, hasta Manuelita, la tortuga o Corazón, las alegrías de Pantriste, todos sus trabajos, ya sea en cine, TV o historietas, han llevado esa marca cómica, tierna y un poco arrabalera. En 1997, la primera de las películas de Dibu llevó a 700.000 personas al cine para ver al pibe colorado y animado que se mandaba sus macanas en el mundo de carne y hueso, siempre bajo la tónica de la picardía y la juerga infantil. En 2006, El ratón Pérez supuso otro éxito comercial cuando un millón de personas se acercaron a los cines para ver otra historia clásica, ya no solo de Argentina, sino de toda Latinoamérica. Y el ejemplo máximo, sin dudas, cae sobre Metegol. La historia del pibe y el pueblo chico, la gente contra los poderosos, los neologismos populares por sobre el lenguaje elevado, animaciones sin moldes prefabricados ni impuestos por una tradición extranjera y el fútbol, siempre el fútbol como eje.

Entonces la historieta es siempre la misma: en Argentina, según la palabra de directores y realizadores, se utiliza exactamente la misma tecnología que en el resto del mundo, tanto en la filmación como en la posproducción. Entonces, lo dicho, el cambio, el quid de la cuestión viene por el lado del contenido. “Como realizadores tenemos que buscar el equilibrio entre una película en la que podamos volcar nuestras inquietudes artísticas pero que sea entretenida para todo el público”, comenta Speranza y abre el juego para pensar algo inevitable: la idea de pensar este tipo de películas sin caer en las historias clásicas. El director de la productora McFly Estudio está convencido de que es posible producir sin caer en los clichés de la princesa o los animalitos que hablan: “Yo creo que los niños deben ser desafiados con buenos contenidos narrativos, con historias que los hagan imaginar y los hagan crecer a través de los buenos valores”, explica. Cristian Cabruja, director del festival Ojo al Piojo, que nuclea producciones creadas por adultos y también por niños, tiene una mirada aplicable a los pequeños como creadores de ficción, pero también como espectadores. Él describe: “Los niños son realizadores conscientes y críticos de sus trabajos. No se les puede mentir ni engañar. Son muy frontales y directos. Saben lo que quieren, y eso es lo que hacen”. Y allí descubre el punto fundamental del asunto: el cine para niños cumple el mismo ciclo de la vida, ese de crecer, desarrollarse y tal. Sin embargo, su virtud y longevidad será mayor cuando los niños de hoy crezcan, reproduzcan lo visto y creen su propia historia. El cine infantil es un cimentador del futuro. Por eso hay que cuidarlo.

 

Solo los chicos

Uno dice cine “infantil” y otro traduce “cine de animación”. Porque, en el imaginario popular, muchas veces las ideas vienen juntas. Lo que es para chicos viene dibujado, y lo que es para grandes viene hecho por grandes. Sin embargo, no hay que estar muy atento para darse cuenta de que esos axiomas vienen divorciados incluso desde su nacimiento.

En 1917 se realizó el primer largometraje animado en el mundo. Fue en Argentina, y se llamó El apóstol. Allí, el realizador Quirino Cristiani propuso una historia de 60 minutos, a modo de sátira política sobre Hipólito Yrigoyen. No muy infantil el asunto. La idea de películas para niños tardó unos cuantos años más en aparecer. Desde aquel prematuro acercamiento a la animación, el concepto se fue transformando durante años. Durante los 40 y los 50, lo más cercano al género eran las llamadas “películas para la familia”, producciones más bien naif, sin la picardía o el humor de otros géneros, una propuesta edulcorada y, como su nombre lo indica, ATP. A partir de los años 60, en el país se comenzó a pensar en el cine infantil como un género aparte: Las aventuras del Capitán Piluso (1963) fue el hito fundacional. A partir de allí, películas como Mil intentos y un invento (1972), Titanes en el ring (1973) y Las aventuras de Hijitus (1973) fueron forjando una identidad y, aunque tenue, una tradición.

Tan separados están los asuntos que hasta tienen sus instituciones individuales: por un lado, la Asociación de Productores de Cine para la Infancia (APCI) y, por el otro, la Cámara Industrial Animación Tecnología Argentina (CAMIAT).

En años de una industria más bien acompasada, Argentina ha logrado cosechar una serie de animadores y directores conocidos y respetados en todo el mundo, como es el caso de Manuel García Ferré, Juan Pablo Buscarini, Oscar Desplats, Juan Pablo Zamarella o Alejandro Malowicki, coordinador del libro Historia del cine infantil en Argentina, entre tantos otros. Ellos, de a poco, fueron cincelando la identidad del género, uno que se va retroalimentando, porque los niños que ven esas películas mañana serán los que moldeen esta historia.