Es casi una experiencia religiosa

Guillaume Nicloux construye, a partir de dos mega estrellas, un relato en el que dos seres opuestos seguirán las instrucciones de su hijo muerto para lograr algo, en principio, imposible: transformar la muerte en amor.

Una mujer camina. La vemos casi de cuerpo entero, salvo sus pies, de espaldas. Luego el plano se cierra, vemos su nuca, sus hombros, por momentos nuevamente sus caderas y sus piernas. Lleva una valija con rueditas y una cartera. Su cabello rojizo brilla. Camina por una vereda que no es de ciudad sino de algo similar a un complejo hotelero. La seguimos durante casi dos minutos. Al entrar en un pasillo podemos verla de frente, pero a contraluz; es solo una silueta, salvo por un destello en sus lentes de sol. Mientras transita entre luces muy tenues sospechamos su rostro. Entra en su habitación, deja la valija y la cartera, seguimos sin verla. O sí la vemos, pero no como quisiéramos. Queremos admirar el rostro descubierto, sus ojos, sus labios, sus pecas. Pero las acciones siguen sucediéndose hasta llegar a un primer plano de frente, aunque a través de un vidrio; su cara se mezcla con la vegetación del exterior, lleva puestos los lentes oscuros. Por fin se los quita. Es Isabelle Huppert, ya la conocemos, ya la hemos visto infinidad de veces y, sin embargo, necesitábamos su presencia clara e irrefutable.

El valle del amor presenta a una de sus dos protagonistas con el mejor estilo del cine clásico: retrasando la presencia de la estrella en un falso suspenso, pues ya sabemos quién es, cómo luce y que es la protagonista. A Gérard Depardieu le dedica una introducción similar aunque mucho más breve. Apenas lo distinguimos de lejos dentro de su camioneta, para luego, en otro plano, otro día, verlo acercarse lentamente a Huppert, resaltando su enorme y redonda figura. La acción ocurre en sus rostros; el drama, en sus cuerpos.

Toda la película está construida en base a los contrastes entre dos protagonistas que no tienen personajes secundarios. Son ellos quienes deben sostener todo el relato frente a cámara, y no es casualidad que Guillaume Nicloux haya apostado por dos de los más prestigiosos y conocidos actores franceses. Pero además ellos funcionan, recurriendo a un término de teoría cinematográfica, como “texto estrella”. Su presencia excede al relato pero, lejos de debilitarlo o quitarle verosimilitud, el director utiliza aquello como parte de la trama, como sostén. Ellos actúan de reconocidos actores; sin la gravedad de Gloria Swanson/Norma Desmond para ella pero sí para él. El hecho de que sepamos quiénes son y de que hagan de algo cercano a ellos mismos permite al director obliterar infinidad de escenas informativas superfluas. Solo necesitamos saber lo importante: tienen un hijo en común que se ha suicidado y les ha pedido ir a este lugar (el Valle de la Muerte) bajo la promesa de un retorno crístico.

La alusión no es gratuita, –ni para quien escribe ni para el director. Lo sobrenatural está presente pero fuera de campo. No por temor a la mostración de los “milagros” o por una pereza narrativa. La experiencia sobrenatural religiosa es algo privado, tanto entre personajes como entre nosotros y ellos. Cada uno lo vive a su manera. Podemos creer, dudar o reventar, pero sus marcas estigmáticas están allí, lapidarias.

Los dos protagonistas son seres completamente opuestos. Él, enorme; ella, pequeña, frágil. Ella viste formal, siempre de mangas largas, aunque de a ratos se arremanga; él, que sufre como pocos el calor, está casi siempre en cuero o con la camisa abierta. Ella vive en familia (aunque en proceso de descomposición); él, solo. Él no cree, ella sí. Lo único que puede acercarlos es algo que esté por encima de ellos. Podía ser un hijo, pero en todos esos años, y durante casi todo el metraje del film, no alcanzó. Lo que se encuentra por encima de todo eso es lo divino, y con ello el Valle de la Muerte se convierte en el Valle del Amor.

 

El valle del amor

Valley of Love

De Guillaume Nicloux

2015 / Francia - Bélgica / 91’

Estreno: 11 de mayo (LAT-E)