Escuela de malos modales

De y con Phoebe Waller-Bridge, Fleabag cuenta los dramas de una chica de clase media británica y los convierte en comedia. Nació como una obra de teatro y cosechó tantos premios que la idea de convertirla en serie se impuso.

Fleabag no pierde tiempo en elaborar frases bonitas ni estrategias sociales para despertar la empatía ajena: con un descaro marciano mira a cámara para escupirle al espectador las ideas más chanchas y despiadadas que circulan por su cabeza, rompiendo a patadas y puñetazos la cuarta pared. A veces mantiene un contacto hipnótico, directo a los ojos, como si nos sujetara del sweater y nos metiera dentro de su estilizado cuerpo infinito. Pero cada tanto, desbordada por esa simpatía con olor a apio, deja escapar una carcajada milimétrica, casi imperceptible.

Escrita y protagonizada por Phoebe Waller-Bridge, Fleabag, la serie de BBC3 que lanzó Amazon en 2016, nació como una obra de teatro en la que la actriz y autora encantaba al público con una banqueta y un puñado de efectos de sonido. La lluvia de premios fue la excusa perfecta para mutar ese libreto en un programa de TV dividido en seis capítulos de media hora, agregándole espacios, locaciones y una colección sofisticada de personajes musculosos en neurosis. La serie inglesa de humor ácido dibuja las aventuras trastornadas de una mujer que maneja una cafetería al borde de la quiebra mientras intenta digerir la reciente muerte de su amiga y socia Boo, quien decoró el negocio que comparten con fotografías y objetos de cobayos felpudos.

Pero Fleabag no llora por los rincones ni planea despatarrarse en un diván para procesar esa repentina pérdida. Cuando los recuerdos frescos la persiguen como fantasmas famélicos se zambulle en el ruidoso lenguaje del porno gratuito que flota en Internet. Un grito de placer animal puede tapar esa angustia que aprieta como un zapato nuevo, generando la sensación de que el calzado puede salir disparado en cualquier momento. Sin importar si su mundo está en armonía o en sangrienta guerra, ella experimenta una vida sexual libre, sin prejuicios. La treintañera de bucles enanos actúa por impulso, fiel a sus deseos pervertidos y a sus caprichos antidiplomáticos, encendiendo la indignación de todas aquellas personas cercanas que necesitan hacer un curso acelerado para comprenderla. Puede masturbarse viendo un discurso de Obama, con su novio hipersensible durmiendo al lado, encanutarse rollos de papel higiénico en la cartera cuando visita baños de terceros, o quedarse en corpiño en una entrevista para conseguir que le aprueben la solicitud de un préstamo bancario.

Phoebe Waller-Bridge se suma a la tribu de mujeres que escriben y protagonizan sus obras en una industria en la que, por ahora, el machismo ejecutivo abunda. Se la ha comparado una y otra vez con Lena Dunham. Razones sobran: ambas destruyeron esa imagen de la dama glamorosa, con el pelo lacio perfecto, el vestido ajustado sin arrugas y supuestamente independiente que le vendió Sarah Jessica Parker a toda una generación de espectadoras. Lejos de las carteras caras, Lena y Phoebe crearon sus series alrededor de la intimidad cruda de sus personajes, aquella que no compone en primeros planos ninguna película de Hollywood. Una desnudez descarnada, un patetismo con perfume familiar. Pero la diferencia abismal entre Girls y Fleabag es que en la primera el gran centro del relato descansaba sobre el vínculo de amistad entre las chicas, y la intimidad de cada uno de esos lazos. En Fleabag no hay soporte emocional donde pararse: la protagonista merodea sola entre sus proyectos sexuales y el vacío que dejó su amiga cuando la pisaron un auto y dos bicicletas. No hay amigas en su mundo, solo una hermana de sentimientos secos que desconoce cómo dar un abrazo sin que Fleabag reaccione a la defensiva. Como si el afecto fuera un idioma desconocido.

“Ella tiene un corazón, solo que está roto”, explicó Phoebe en una entrevista. Y si bien todo es risas, porque ella decide hacer de su presente endeble un festín de disparates para detonar en carcajadas a escondidas en la cocina, en el fondo de sus preocupaciones más banales habita un interrogante incómodo. Al igual que el desenlace de sus encuentros calientes, con un amante o con ella misma, el último capítulo funciona como la naturaleza abrupta de un orgasmo. Las respuestas caen como meteoritos de aceite hirviendo, mientras Fleabag intenta no caerse por las enormes grietas que genera el terremoto que cruje adentro de su panza. Es ahí donde la pulseada entre comedia y drama les da lugar a los momentos más reveladores de esta compleja serie, que se guarda para la sobremesa un estallido de ternura inesperado. Mientras afuera de la cafetería ocurre un nuevo big bang, ella esquiva el contacto con el espectador para alzar a Hillary, la cobaya de su amiga Boo. El silencio peludo donde respiran el dolor más profundo y un corazón lastimado.

 

Fleabag

De Phoebe Waller-Bridge

Reino Unido