Esquirlas dardennianas

Constantes y puntos de quiebre en la sobresaliente filmografía de los hacedores de La Promesa y El hijo.
El chico de la bicicleta, de Luc y Jean-Pierre Dardenne.

Reseña publicada en la edición impresa del número de enero/febrero de 2012.

 

A pesar de mostrar los signos de una evidente regularidad temática y estilística, debajo del suelo del cine de los hermanos Dardenne chocan las placas de una obra caótica y disímil. Partamos del sedimento: Luc y Jean-Pierre Dardenne ubican casi todos sus relatos en Seraing, una pequeña localidad belga de habla francesa y mayormente fabril. Si el francés con que se comunican sus personajes le imprime a sus películas cierto aire de familiaridad con respecto a un cine de carácter internacional, unos pocos minutos alcanzan para notar las profundas diferencias que lo separan de la producción de Francia (al menos de la que llega a nuestro país): la paleta gris de Seraing se compone, no solo de fábricas, nubarrones y asfalto sucio, sino también de pobres y marginados que hacen todo lo que esté a su alcance para permanecer dentro de los límites del sistema. Así es la vida de los protagonistas de La promesa y Rosetta: para comprar una casa propia o conseguir un trabajo que permita pagar el alquiler y los servicios más básicos no se repara en los medios, ya sea explotar a inmigrantes ilegales o acusar en forma traicionera a un amigo que antes brindó refugio, comida y comprensión. Las criaturas dardennianas no son resistentes que se revelan, sino meras esquirlas, daños colaterales de un capitalismo que mina cuerpos, mentes y lazos de cualquier clase.

 

Sin embargo, en El hijo se produce un cambio enorme. Lieja y su estampa industrial y miserable aparecen en función de explorar un vínculo impensado: un carpintero divorciado recibe misteriosamente en su taller y acepta enseñar el oficio al joven que mató a su hijo. Ya no se trata de denunciar los estragos sociales, sino de ver los modos de acoplamiento entre sus víctimas. El gigante miope Olivier Gourmet encarna al que probablemente sea el personaje más gris de todo el cine de los Dardenne. Si La promesa y Rosetta observaban el mundo sabiéndose con seguridad agentes de denuncia, El hijo desvía la mirada y se hace preguntas, intenta ver con nuevos ojos y desandar el camino anterior para recorrerlo de nuevo, como hacen Gourmet y el asesino de su hijo durante un largo e inquietante viaje en coche.

 

El silencio de Lorna representa otro quiebre que se percibe inmediatamente en la fotografía. La explosión de colores que destierra el gris de sus otras películas posibilita un recorrido distinto: ya no estamos en Seraing, sino en alguna otra ciudad de Bélgica, y esa pérdida de coordenadas precisas tiene que ver con el cambalache cultural que surge de la presencia de inmigrantes (albanos, rusos, italianos) dispuestos a todo, incluso hasta matar, con tal de acceder a la ciudadanía belga. Los Dardenne toman distancia de sus personajes, ya no colocan la cámara por encima de sus hombros ni los siguen de cerca, y eso, sumado a la manera desprejuiciada y carente de sordidez con que se registran lugares (un hospital) o grupos sociales (una red de mafia local), hace que su cine gane en contemporaneidad y roce el estilo de un director de la talla de Olivier Assayas.

 

El chico de la bicicleta es otro paso en esa dirección. Los Dardenne se vuelven cada vez más imprevisibles y se revelan mucho más innovadores y flexibles de lo que parecían. Con una paleta de colores fuertes y luminosos, su último opus transcurre casi todo el tiempo de día y bajo un sol con una luz casi cegadora: cuesta creer que estos sean los mismos directores de La promesa o Rosetta. A su vez, en esta ocasión supeditan cualquier atisbo de comentario social a un relato que tiene mucho de cuento de hadas y que suma la participación de Cécile de France, la primera estrella en ser dirigida por los hermanos (y no descubierta por ellos, como sí lo fueron Gourmet, Jérémy Renier, Émile Dequenne o Fabrizio Rongione). De un fortísimo aliento truffautiano y bien lejos de la miseria y la denuncia de sus primeras películas, aunque conservando siempre un ojo atento a las fisuras y puntos ciegos de la sociedad moderna, los Dardenne dan muestras de un aprendizaje y una capacidad de adaptación cinematográfica gigantesca que los coloca como uno (porque es imposible pensarlos por separado) de los autores europeos más importantes de la contemporaneidad.