Estéticas de la confesión

Filmando poco pero magistralmente, Paul Thomas Anderson es, tal vez desde Embriagado de amor, considerado por muchos como el más destacado director de su generación. Ahora vuelve a estar en boca de todos con The Master.

Perfil publicado en la edición impresa del número de enero/febrero de 2013.

No es un director prolífico, pero sí tal vez fecundo (por causar cierto impacto e influencia en el cine americano contemporáneo). Paul Thomas Anderson, sobre todo en sus tres últimas películas, se toma su tiempo para filmar. Un tiempo que, se intuye, demuestra la relativa independencia del ritmo de producción industrial de la que goza este realizador. Él mismo declaró en alguna ocasión: “el único motivo por el que no hago una película cada año es pensar en todo lo que hay detrás. Negociar, administrar”. Pero seamos claros: que se tome su tiempo para madurar sus proyectos evitando un irregular alcance artístico, no quiere decir que PTA sea Godard, ni los Straub-Huillet. No se propuso nunca convulsionar el canonizado lenguaje cinematográfico, pero exhibe una cierta marginalidad creativa necesaria para ensayar algunas novedades al interior de las estructuras genéricas del clasicismo americano. Algunas de esas novedades son: el tratamiento de historias intimistas narradas con una coloración épica, la extenuación de un montaje paralelo que gesta secuencias orquestales, un cine definido casi exclusivamente por medio de la construcción de personajes, dirección dramática, banda de sonido e iluminación como recursos nucleares que refuerzan un verosímil personal, siempre corrido de su eje.

Con sólo seis largometrajes en su haber, ¿cómo comienza este proceso filmográfico que hoy lleva a que muchos afirmen que Paul Thomas Anderson es uno de los directores más importantes de su generación? Esta historia comienza con un falso documental sobre un tema que le interesa desde el principio: el auge y la caída de la industria del cine porno. The Dirk Diggler Story (1988) mediometraje filmado a los 17 años en tono satírico, seguía de cerca la vida de la estrella del cine para adultos Dirk Diggler. Este primer paso sería el germen de un importante trabajo posterior: Boogie Nights. Pero el promisorio debut en el terreno del largometraje -con el que ganó el consenso de publico y critica- se llamó Sídney (1996), un thriller en el que un maduro jugador experto en el mundo de los casinos, engatusa a un joven necesitado de dinero. Aquí ya se manifestaba el carácter coral de sus próximas dos películas. Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999) son películas titánicas que se pierden en su propio maximalismo, relatos poblados de personajes dolientes, oscuros, demoledores. La primera, retrata las transformaciones ocurridas en la industria en la década del setenta a través de una cantera de personajes (se lucen Julianne Moore, Mark Wahlberg y varios más) que viven la fiesta, la cosecha de premios pero también el declive de su mundillo. Magnolia, el hitazo de Anderson, es un compendio de líneas narrativas en principio inconexas que juegan a estrecharse y alejarse, hasta llegar a un verdadero clímax. Una película que no da respiro, contada en un registro siempre altísimo a través de la utilización de una banda sonora algo efectista. En ambas, tramas y subtramas se sostienen en una yuxtaposición cubista de escenas, en intensos deslizamientos de cámara. Si hay algo que une a ambas películas es la sensación de orfandad que se desprende de casi todos sus personajes: Dirk, la máquina sexual de Boogie Nights no hace más que ubicar al director de sus films en la figura paterna que nunca tuvo y el gurú machista interpretado por Tom Cruise en Magnolia no hace más que negar la paternidad que tiene y desea no haber tenido.  

Si Magnolia y Boogie Nights son sus grandes películas corales, Embriagado de amor (2002) y Petróleo sangriento (2007)se centran casi íntegramente en el estudio de un único personaje. Alguna vez Francis Ford Coppola declaró ser fanático de Embriagado de amor,  y le daba el sello legitimador que le faltaba a ésta, la mejor, obra de PTA. Comedia romántica, distante, críptica, que develó al Adam Sandler más querible hasta la fecha, encarnando la historia de amor de un solitario e introspectivo empresario. Un film que rebosa de libertad, de singularidad que llevó a su director a declarar: “Embriagado de amor, fue la primera película en la que me sentí bien como director. Estaba trabajando en algo que era agradable, que era... independiente.” Petróleo sangriento, adaptación libre de la novela homónima de Upton Sinclair, es una película con otras dimensiones, una balada violenta que se presta a lo alegórico, a la interpretación metafórica sobre el imperialismo, sobre Bush, la guerra de Irak por la posesión del petróleo. Es  difícil no conectar la estatura del personaje que encarna Daniel Day-Lewis en su amplio abanico de matices, un magnate dueño de un yacimiento petrolífero en California, con la conformación de la identidad norteamericana. La caracterización de ese personaje parece ilustrar muy matemáticamente, la consolidación desigual de las ciudades, la intromisión religiosa a nivel político, la codicia como visión del mundo. Con una primera parte magistral, Petróleo sangriento se vuelve imposible en el resto del metraje, con su mirada condenatoria y despiadada, con su ferocidad algo gratuita. Las criaturas de PTA, son seres atormentados, que arrastran una culpa trascendental y no hacen más que buscar ser perdonados de algo que ni siquiera logran comprender. Por eso la escena arquetípica de su filmografía es aquella que nos muestra a dos personas intercambiando intensas marañas de diálogos sufridos. Paul Thomas Anderson nos regala así, su estética de la confesión.  ¿De qué manera irán a conjurar sus culpas los personajes de su último film: The Master?