Estreno de "El kiosco": entrevista con Sandra Criolani

Oriunda de Córdoba, y con un presente plagado de teatro y cine, la actriz Sandra Criolani coprotagoniza “El Kiosco”, ópera prima de Pablo Pérez, con Pablo Echarri.

En la película encarna a una mujer que debe afrontar las decisiones de su marido y también decidir cómo y de qué manera lo acompañará. Haciendo Cine dialogó con la actriz para conocer más de la propuesta y el año de trabajo.

¿Cómo es ingresar al cine?

Hice una escena en No te olvides de mí, de Fernanda Ramondo, pero acá es un protagónico que ha requerido mucho más de mí.

¿Qué diferencias encontrar en el cine?

Muchas, especialmente me ayudó a afinarme técnicamente mucho más, algo completamente distinto al teatro e incluso a la televisión, por ritmos y tiempos, es más técnico y preciso, venía estudiando con Augusto Fernández y él me ayudó a encontrar tonos más precisos, en donde no se necesita tanta gestualidad, o tan grande, más allá de eso es el descubrimiento en el detrás de cámara y adelante todo junto, interactuar más con el compañero.

Además acá haces muchas cosas…

Sí, tal cual.

¿Qué cosas sabías que ibas a darle al personaje y qué cosas no?

Me fue sorprendiendo en el rodaje un cambio que surge el personaje, paulatino, en la relación con Mariano (Echarri) e incluso dentro al principio es una artista plástica volada y es la más racional de la pareja. Creía que iba a ser la más “volada” pero en la familia es la que mas tiene los pies sobre la tierra. Descubrir actoralmente encontrar matices entre la ternura que tiene, porque nadie es totalmente tierno, hay cosas que la molestan y que la hacen cambiar de norte.

¿Qué recuerdos tenías del kiosco de tu ciudad? 

Había un kiosco que llamábamos “frigor”, originalmente era heladería con kiosco, a una cuadra y media. Mi abuela cuando salía de misa nos traía una bolsita de caramelos a casa. Sigue ahí, la tradición, creo que mis sobrinos van ahí. Era un ícono, también cerca de la escuela que iba, compraba ahí el alfajor o las galletitas. Creo que el kiosco es como un espacio de contención de la infancia. Tomábamos afuera jugos, era como una especie de club. Los dueños para mí eran grandes, viejitos, me doy cuenta ahora que no, eran muy parecidos entre sí, ojos saltones, azules, él muy callado y serio, pero eran muy buenos. Era un kiosco muy atractivo, una pareja que nos preguntaba siempre qué necesitábamos, el kiosco me recuerda a mi relación con mis amigos, con mi abuela. Mirar la vitrina llena de cosas y las golosinas que más me gustaban. 

En el grupo familiar hay escenas en las que Mariano lava los platos, además de otros detalles que están dentro del nuevo paradigma feminista en audiovisuales y la sociedad en general ¿buscás papeles con una impronta así?

No en particular, me paso que fluyó mucho el guion en la lectura y el personaje, soy feminista, pero no necesité que el discurso o la obra vaya por ese lado, para mí es algo normal, tomo consciencia lo que decís que es poco común que pase eso que laven los platos los hombres. Me parece interesante que acá está naturalizado, normalizado, no está forzado, no es que se muestra eso como un signo especial, por eso ni siquiera reparé en eso. Es un punto a favor, no para reforzarlo, porque por ejemplo en mi casa es mi papá quien lava los platos, y no es algo distinto.

¿Qué te gustaría que la gente encuentre en El Kiosco?

El valor del amor de la pareja, de que cuando hay un sentimiento tan profundo como el amor, romántico, de pareja, es válido y digno que haya una lucha, que cuando hay algo que conecta a dos personas haya una fuerza mayor para sostener y seguir construyendo, porque a veces los vínculos son más vagos, y en la libertad no damos valor a la profundización, si no es fácil o accesible, se deshecha, y esta película refuerza el valor de los sentimientos profundos y verdaderos de la vida. Son personajes honestos, es un valor fundamental, que la película lo realza, la verdad es lo que siempre va a salir a la luz y ganar.