Héroe del whisky

Luego de celebrar la muerte de Thatcher y pedir que su funeral fuera privatizado, Ken Loach vuelve a nuestras pantallas con una agridulce comedia de lúmpenes que luchan contra sí mismos y contra el sistema, y con la que ganó el Gran Premio del Jurado en Cannes el año pasado.

Muchos artistas se van aburguesando con el paso del tiempo. Por ahí anda Patti Smith dedicándole canciones al artista antes conocido como Bergoglio, o Johnny Rotten, dolido por la desaparición física de Margaret Thatcher. Sin embargo, otros se mantienen firmes en sus convicciones y actitud rebelde (sin que esto sea necesariamente un mérito). Uno de ellos es Ken Loach. En su trayectoria pueden encontrarse, sí, algunos cambios estilísticos o de forma (no muchos), pero lo que jamás cambió ni seguramente cambiará (ya tiene 76 años) es su corazón socialista, su visión del mundo como arena de la lucha de clases y su amor por los oprimidos y los desclasados.

 Los protagonistas de La parte de los ángeles son una azarosa banda de delincuentes (muy) menores que forjan un vínculo de amistad al compartir las benditas horas de trabajo comunitario que la justicia les dictó. Pero más allá de este grupo de adorables revoltosos, la película se centra en uno en particular, Robbie, un hooligan petiso y orejudo, que la saca barata después de la enésima riña de su vida, y que intenta encarrilarse mientras (su esposa) espera un bebé. Como en tantas películas de Loach (Mi nombre es todo lo que tengo o Riff Raff, por nombrar algunas), el conflicto se centra en la búsqueda por parte de su figura central de un escape de esa estructura de pobreza, violencia y desasosiego en la que (sobre)vive. Pero las estructuras siempre contraatacan. A veces lo hacen en forma de ineficiencia e insensibilidad estatal (Ladybird, Ladybird), pero otras, como en La parte de los ángeles lo hacen en forma de estigmatización y desempleo. Y no es que Robbie sea un santo, pero quiere cambiar. En este punto de la historia, es decir, ese punto en el que el protagonista quiere ser mejor y las condiciones externas no lo dejan, Loach podría haber optado por una tragedia de clases bajas, por un drama screwball proletario, de esos en que cuando las cosas parecen acomodarse, de golpe todo se desmorona y la estructura vuelve a apretar, como esa compactadora de basura que casi mata a la princesa Leia en La Guerra de las Galaxias: Episodio 4. No sería la primera vez que Loach se va por ahí. Sin embargo, todo parece indicar que su guionista de toda la vida, Paul Laverty, se levantó de buen humor el día que escribió el guión, y decidió arrancar desde ese punto para el lado de la comedia tierna de perdedores, en algo más parecido, si se quiere, a Ladrones de medio pelo que a los dramones loachianos. Entonces Robbie se vuelve un experto catador de whisky, gracias a la ayuda de un asistente social de buen corazón (figura recurrente en Loach) y trama un plan ilegal, heterodoxo, pero en el ánimo de la película legítimo y hasta poético: robar un poquito del whisky más caro del mundo para venderlo en un mercado alternativo. El título de la película (The Angels’ share, en inglés), refiere a ese 2 por ciento que se evapora con los años y que según se dice es “la parte de los ángeles”. Claro está, para Loach, sus lúmpenes son esos ángeles, y lo que se llevan por izquierda se lo tienen bien ganado.

 La comedia no le viene mal a Loach. No es la primera vez que la prueba (Looking for Eric) y le permite ahorrarse algunos de los elementos menos interesantes de su cine como ciertos maniqueísmos y golpes bajos. La parte de los ángeles tiene otro tono, y luego de establecer las culpas del libre mercado, Loach y Laverty se liberan para contar una historia de cuatro buenos para nada que con solidaridad y viveza escocesa le ganan por un ratito al sistema. Salimos de la sala odiando al capitalismo, pero además nos divertimos. Objetivo cumplido, Ken.