HC en Mar del Plata

Comenzó el 29 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y nuevas y viejas olas del cine cubren La Feliz. Con cada amanecer, con cada puesta, el repaso de Haciendo Cine por una semana intensa.

Eden, de Mia Hansen Love.

La otra Eden del festival tiene como protagonista a Paul, un DJ de electrónica garage ligeramente basado en la figura del hermano de MHL. Eden recorre 20 años en su vida, desde el momento en que el garage era sensación y Paul era joven y exitoso, hasta su caída, ya medio viejo, medio pobre y medio drogadicto. En el medio hay suicidios, desengaños amorosos, dramas familiares. La magia de las sinopsis puede hacer creer que se trata de un film de altos y bajos pronunciados, una especie de montaña rusa emocional, pero no, más bien es como de esos botes del Italpark que iban siempre al mismo ritmo y eventualmente chocaban, muy despacio. En Eden no hay estados alterados, ni grandes estridencias. El mero hecho de estructurar el relato según años, como si fuera una cronología de Wikipedia, la vuelve un poco fría, es cierto, pero también más honesta y en cierto punto hipnótica (sí, como la electrónica misma), manteniendo al espectador con la intriga continua del “¿y qué pasó después?”. Eden no tiene una recapitulación rigurosa de aquellos años, ni una exhibición estridente del mundo de la electrónica, ni una gran alegoría sobre lo que es el éxito y el fracaso, pero tiene una historia contada con honestidad, y eso no es algo para despreciar. Juan Pablo Álvarez

 

God Help the Girl, de Stuart Murdoch

Existen cómics, remeras, cuentas de Twitter, canciones, grupos de Facebook, asociaciones vecinales y lo que usted quiera en contra de lo hipster. Ser anti hipster se ha vuelto una manera muy fácil de pertenecer o de reclamar para sí una especie de sello de garantía de personalidad auténtica, desprovista de prejuicios o algo así. También es justo decir que los hipsters bien se lo ganaron, con su altanería, su insufrible ironía y especialmente con sus lentes de marco grueso y su ropa retrovintage. ¿Hubo alguna otra subcultura urbana que haya tenido tantos odiadores y sobre todo tan pocos reivindicadores? No importa; lo que quería decir es que hay cierto heroísmo en la persistencia por lo hipster de Stuart Murdoch. Hay un gesto muy valiente en sostener sus fantasías estéticas y musicales más allá de los años y de los consensos en la cultura joven de los jóvenes y la cultura joven de los viejos. Y hay cierto heroísmo en la profunda superficialidad pop de God Help the Girl, película que es, antes que nada, un musical twee basado en el disco editado por Murdoch en 2009, pero que es, después de todo, una gran celebración de todo un universo simbólico en el que confluyen el pop orquestal de los sesenta, como el de Left Banke o Zombies, el pop yeyé francés, las tipografías de las series inglesas de los sesenta, la ropa del Ejército de Salvación, la afectación orgullosa, lo libremente cursi, las películas de Richard Lester y muchas otras cosas más.

Las maravillosas canciones de God Help the Girl (lo mejor que escribió Murdoch en mucho tiempo) y las adorables coreografías sostienen sin problemas la celebración, pero en el medio, hay que decirlo, se encuentra una pequeña historia, muy simple, demasiado simple y bastante mal contada. Una de las mayores cualidades de Belle and Sebastian siempre estuvo en los pequeños relatos de sus canciones, que en tres minutos hablaban de perversión y dulzura, de lo miserable y lo virtuoso, de estudios bíblicos y sadomasoquismo, siempre con humor e inteligencia. La decisión, entonces, de componer una historia articuladora así de pobre parece por lo menos conformista y, si bien no alcanza a arruinar la experiencia, la disminuye. Más allá de todo, y aún con sus torpezas, God Help the Girl es un gran caramelo para la vista y el oído, y quien no le tenga miedo a lo twee sabrá saborearlo hasta el final de sus casi dos horas de duración. Juan Pablo Álvarez

 

La parte ausente, de Galel Maidana
Cualquiera que conozca un poco de cine argentino sabe que las grandes producciones de ciencia ficción se pueden contar con los dedos de las dos manos (y sobran dedos). Por eso, la llegada de La parte ausente es un verdadero motivo de júbilo, pese a que, al final, el resultado no es tan positivo como parecía en un principio. Estamos en un mundo post-apocalíptico, en el que un cazador de recompensas recibe la misión de seguir a un misterioso científico conocido como El Doctor por parte de la femme fatale Lucrecia (Celeste Cid). En el medio, anda dando vueltas un misterioso personaje (Víctor, interpretado por Guillermo Pfening), quien parece tener una fuerza sobrehumana y, para peor, está ligado al pasado del cazador. Podríamos decir que La parte ausente, mezcla de futurismo con film noir, modificaciones genéticas y la búsqueda de la vida eterna por parte de los poderosos, es algo así como Blade Runner amalgamada con Cat People (La marca de la pantera versión Paul Schrader, quien ¡oh, el destino! se encuentra presente en el festival) y toques de Sin City. Pero el trabajo, verdaderamente fantástico, de diseño de producción –con un dream team detrás de cámaras que incluye a lo mejor del cine nacional en las áreas de fotografía, arte y sonido– no tiene a la par un guion igual de sólido. La historia, atractiva e intrigante al principio, empieza a acumular capas que no se resuelven o lo hacen de manera en extremo confusa y arbitraria. Los personajes no llegan a desarrollarse, y la narración tiene demasiados agujeros como para que pasen desapercibidos. La ópera prima de Galel Maidana demuestra que hay talento y energía en nuestra cinematografía para crear mundos fabulosos y deslumbrantes. Pero también que el rigor a la hora de contar la historia sigue siendo primordial, se cuente con el presupuesto y respaldo que sea. Mariano Oliveros

Pistas para volver a casa, de Jazmín Stuart

“Quise contar un cuento”, declaró Jazmín Stuart en su rol de guionista y directora de este film. Y eso fue exactamente lo que logró: una película sencilla en apariencia pero con distintas capas y tonos que, valga la redundancia, nunca desentonan. Pascual y Dinah son dos hermanos (interpretados por Juan Minujín y Érica Rivas) que llegan a los cuarenta con vidas insulsas y completamente vacías. Abandonados de chicos por su madre, reciben la noticia de que su padre sufrió un accidente y que tienen que buscarlo en el pueblo del interior donde se encuentra internado. Ahí el hombre les da la noticia de que encontró la ubicación de la madre de los muchachos. Y que, por si fuera poco, escondió un botín ganado en el casino del pueblo en lo profundo del bosque de la zona. Pequeño detalle: el hombre (Hugo Arana) no recuerda hacia dónde tenía que ir en busca de su esposa, ni tampoco en qué parte del bosque escondió el dinero que los hermanos andan necesitando desesperadamente. Lo que sigue es una peripecia en la que Minujín y Rivas dominan siempre el punto de vista y la química fraternal estalla en la pantalla. Mención aparte para Beatriz Spelzini, quien, si hay justicia, debería llevarse algún premio por su rol. Simple, directa, humana y emotiva, Pistas para volver a casa es una película jugada que, sin ser perfecta (suma algunas subtramas que se sienten forzadas), demuestra que las historias mínimas pueden ser enormes. Mariano Oliveros

 

The Overnighters, de Jesse Moss

Documental acerca de un pastor luterano que alberga a los inmigrantes sin hogar que llegan a Dakota del Norte en busca de un lugar dentro del boom petrolero. Durante un rato largo, Moss se limita a narrar con eficiencia la triste anécdota de cómo los vecinos de Dakota del Norte ven con miedo y rechazo la llegada de los inmigrantes, y construye así un discurso sobre la ausencia de lazos de solidaridad en los Estados Unidos, una hipótesis que no sorprenderá a nadie, pero que logra articularse con fuerza entre la dedicación del religioso y su discurso ignorado por feligreses, tanto víctimas como victimarios –en un momento, uno de ellos comenta: “Me hacen sentir como un inmigrante extranjero”, es decir, como si hubiese una discriminación aceptable y otra aberrante–. Todo iba bastante bien, pero ya saben: ahora los documentales tienen que tener un giro sorpresivo, como Searching for Sugarman, y la película se vale de una cuestión privada e irrelevante para dar rienda a un amarillismo impiadoso. Ese quiebre en el contrato de confianza con el documental mancha no solo el final, sino todo lo que vimos antes. Juan Pablo Álvarez

 

Eden, de Elise DuRant

 

Una de las dos Eden del festival. Aquí el paraíso perdido es la niñez de Alma, que vuelve a su pueblo natal para intentar comprender por qué la echaron del paraíso. Para ello deberá revolver entre fotos y cuadernos, entre cosas y recuerdos que intenta comprender. Will Oldham (o Bonnie Prince Billy, si prefieren) le da una impronta muy particular al padre gay y sereno de Alma en una película amable y melancólica que en ningún momento pierde su identidad. Juan Pablo Álvarez

 

Come to My Voice, de Hüseyin Karabey

El film turco de la competencia oficial es un caso típico y particular a la vez.  Podría encasillarse dentro de ese tipo de films de países “periféricos” que muestran un paisaje y un pueblo específico y que cierto sector duro (refiriéndose más a rígido que a exigente) de la crítica podría tildar de pintoresquista. Esto se debe a que la película cuenta una historia muy simple de una abuela y su nieta de un pueblo kurdo que buscan un arma para que el ejército turco libere a su hijo encarcelado. Pero, por otro lado, la película muestra no solo una geografía y una cultura particulares y desconocidas para nosotros, sino que da cuenta de las circunstancias de la vida de ese pueblo. Tanto mostrar la violencia en la que viven los kurdos en Turquía como poner en pantalla su forma de vida, el sonido de su idioma, de sus canciones, de sus historias populares, son actos valiosos en sí.

La pregunta que subyace a esta dicotomía  es la de hasta qué punto una película y un director deben traicionar sus raíces culturales para agradar a un público internacional con sus particulares formas y “métodos” para evaluar el arte. Si el film, efectivamente, retrata y representa las tradiciones e inquietudes locales, quizás sea imposible saberlo; si su dimensión política o su pretendida negación son sinceramente inocentes, tampoco. Procurar que un film nos dé esas respuestas quizás sea una exigencia desmesurada. Rodrigo Aráoz

 

National Gallery, de Frederick Wiseman

La National Gallery de Londres es uno de los museos de arte clásico más famosos e importantes del mundo. El veterano Wiseman se adentra en él para mostrar el interior, y las casi tres horas de duración del film hacen que podamos sumergirnos realmente en ese universo. Por un lado están los aspectos directivos de la institución, en las tribulaciones de su director de permitir o no su popularización. Por otro, se muestran las bambalinas de los casi misteriosos procesos de restauración que se realizan allí. Finalmente, tienen gran importancia los monólogos de los guías, que realizan sus acercamientos a las diferentes obras desde distintos puntos de vista de acuerdo con el público con el que tratan.

Estos discursos, muchas veces enfrentados entre sí, se van entretejiendo delicadamente para expresar la complejidad del funcionamiento del museo. Pero Wiseman también traza una línea de contacto entre los avatares de la institución y del film en sí mismo, evidenciando las estrategias y limitaciones narrativas internas de las pinturas y, sobre todo, mostrando en las declaraciones de los directivos, curadores, investigadores y restauradores la gran preocupación que significa para ellos la propia puesta en escena de un museo. Rodrigo Aráoz

 

El acto en cuestión, de Alejandro Agresti

¡Por fin! La película más ambiciosa del cine argentino llega a la pantalla grande de la mano de Haciendo Cine y Zeta Films. El dato: en 1993 se estrenó en Holanda y Portugal, pero no en Argentina. Con el dinero otorgado para hacer otra película, Agresti engañó a su productor y filmó la historia de Miguel Quiroga, el ilusionista de San Cristóbal. Y que conste en actas: mucho antes de Wes Anderson y Vida acuática estuvieron Alejandro Agresti y El acto en cuestión. Inmensa por donde se la mire, inolvidable de principio a fin, graciosa y actual, la película recorre la vida del particularísimo Quiroga en su atribulado camino del héroe: vive en la miseria, roba libros, consigue uno con un truco de magia, lo ejecuta, se vuelve famoso con él. Y todo se enrarece con esos climas de Europa del Este, Holanda, Bulgaria, Italia y otro puñado de países que prestan lo más exótico de su existencia en función de las piruetas del guion. Lo interesante de esta experiencia es que la copia original fue restaurada digitalmente y se estrenará en cines en el mes de diciembre. Y es esta, entonces, una reparación histórica tras más de veinte años de ausencias.  Hernán Panessi

 

El 5 de Talleres, de Adrián Biniez

En general, el cine, al retratar a las parejas, se posa manso en dos instancias: los comienzos o los finales. Y El 5 de Talleres cuenta la historia de una meseta. Pero aquello no es necesariamente malo. Acá se coge, se ama y se progresa. O no. Sin embargo, con la piel latiendo como bomba vital, Patón Bonassiolle y Ale son una pareja que va para adelante. El Patón juega al fútbol profesionalmente en Talleres de Escalada. Y tiene 35 años. Claro, ni hace falta aclararlo: el fútbol de ascenso es duro. Patón piensa en el retiro y lo que viene es un misterio. ¿Qué se hace cuando en la cabeza hubo nada más que goles? “Coger”, dirá el rústico número 5. Pero de algo hay que vivir, ¿no? Por eso, se aventuran a pensar de qué manera resolverán hoy el mañana. Un mañana impreciso pero saludable. Y de fondo, el amor como combustible. Y la comedia como norte. El 5 de Talleres exuda candidez. Además, menuda tarea, entiende y traduce el código del fútbol. Y aquello no es menor en un mundo donde el fútbol y el cine casi nunca pudieron besarse como deberían. Así las cosas, va una mención especial para el entrenador de Talleres de Remedios de Escalada (el actor uruguayo Néstor Guzzini), con la interpretación de un Caruso Lombardi de morondanga. De nuevo: los códigos del fútbol deben ser descifrados. Y una de las llaves está en su personaje, quien decodifica perfectamente la simbología del ascenso. Y un abrazo eterno para esa pareja de enamorados que, con sensibilidad y autenticidad, logra que una meseta sea un buen momento. Hernán Panessi

 

Melbourne, de Nima Javidi

Dos jóvenes a punto de embarcarse en un viaje de estudios hacia Melbourne le hacen el favor a una vecina de cuidarle su bebé por unas horas. Entre preparativo y preparativo, descubren que el bebé no respira. A partir de allí, se desencadena una sucesión de decisiones inexplicables –a veces impulsivas, a veces (mal) razonadas– que parecen tener como único norte la continuación de un desarrollo narrativo de otra manera imposible. La idea de, finalmente, evitar la atención médica del bebé y ocultarle a todo el mundo lo que ocurrió genera una dinámica que está entre la sitcom y lo teatral. Tras las absurdas resoluciones, el cadáver del bebé se vuelve el objeto a ocultar, y entonces se amaga con ponerlo en una valija, se lo reemplaza por un peluche, se finge que está vivo. Y todo esto para despistar a los inoportunos visitantes que desfilan por el living haciendo poco sutiles comentarios, del tipo “qué silenciosa la bebé”. Cuando el film deja atrás este voluntarioso sinsentido, encuentra algunos pocos momentos redimibles, sostenidos casi absolutamente por la pareja actoral. Juan Pablo Álvarez

 

Brascó, de Ernesto Livon-Grosman

Qué capo era Miguel Brascó. Crítico gastronómico, intelectual de fuste, prolífico dibujante, poeta, editor sagaz, humorista, abogado y bon vivant de bodegones, Brascó aportó una mirada particular a la vida política y cultural argentina de las últimas cinco décadas. El documental homónimo entreteje la mirada crítica de Brascó con segmentos de noticieros y otros materiales audiovisuales. HP

 

Ciudadano Piria, de Gustavo Leonel Mendoza

Acostumbrado al cine de género, Gustavo Mendoza encontró en la historia de Francisco Piria, creador de la ciudad de Piriápolis (Uruguay), una pintura fantástica. Plagado de leyendas, Piria recoge el guante de Charles Foster Kane: creó su propia Xanadú, vivió con excentricidades y tuvo amores polémicos. Y, con su existencia, un tendal de fábulas esotéricas. HP

 

Desacato a la autoridad, relatos de punks en Argentina, de Tomás Makaji y Patricia Pietrafesa

Relato coral sobre el punk en Argentina. Así las cosas, las voces de Walas, Marcelo Pocavida, Ariel Minimal, Daniel Melero y la misma Pietrafesa (en su doble rol de directora y protagonista), entre otros, reconstruyen la arquitectura de este movimiento contracultural que hizo mella en los jóvenes y afloró a codazos y patadas entre 1983 y 1988. Fanzines, estéticas, indumentaria, sonidos, composiciones sencillas, mensajes hondos: todo confluye en pos de romper –y abrir– cabezas. Corta como canción punky: habrá segunda y tercera parte. HP

 

Don’t Go Breaking My Heart 2, de Johnnie To

El cine de Johnnie To hace base en Mardel desde hace años. En esta secuela de Don’t Go Breaking My Heart, el maestro del cine de mafiosos hongkoneses lleva adelante una rom-com en la que dos ex amantes se encuentran atraídos nuevamente, a pesar de que cada uno de ellos tiene una nueva relación. HP

 

Electric Boogaloo: The Wild, Untold Story of Cannon Films, de MarkHartley

Este documental explora la historia detrás de la Cannon, desde su creación hasta su desaparición definitiva, e indaga en las carreras de salvajes directores como Menahem Golan y Yoram Globus, dos magnates israelíes que alimentaron al mundo con la mejor basura radioactiva: el lado B de Hollywood. De Masters of the Universe hasta The Last American Virgin, pasando por Cyborg, American Ninja y Superman IV, todo cabe en este inmenso vientre de ballena lleno de excremento y del más fabuloso cine del planeta entero. HP

 

El perro Molina, de José Celestino Campusano

Número cantado en el Festival de Mar del Plata, Campusano sostiene la bandera de un cine austero, crudo y que va de frente. En su quinta película, Molina es un delictivo en decadencia que intenta sostener a cualquier costo el respeto por la amistad y la palabra. Hay amor, hay tragedia, hay Conurbano profundo. Suerte de proyección psicoanalítica de esta bestia de los márgenes. HP

 

La danza de la realidad, de Alejandro Jodorowsky

Con el tiempo, Jodorowsky se amigó con su pasado de padre riguroso, madre débil, pueblo chico, infierno grande. Y La danza de la realidad es la recreación de aquellos primeros años del director en Tocopilla, Chile, una catarsis individual con tintes autobiográficos que se pone colorida con la actuación de tres de sus hijos. Psicomagia y psicochamanismo en la última película del responsable de La montaña sagradaHP

 

La vida de alguien, de Ezequiel Acuña

Cada vez que Acuña filmó una película, le hizo un tajo a alguna de las terminaciones nerviosas de nuestra humanidad. Y con La vida de alguien aparece un hipervínculo que conecta a Santiago Pedrero (aquí protagonista) con Nadar solo, Como un avión estrellado y Excursiones y las rediseña, de alguna manera, en una sola historia. El caramelo para el ojo lo pone Ailín Salas, simplemente con su existencia. HP

 

Los monstruos, de Juan Schmidt

Hay algo cautivante en el relato oral. Su importancia reside en los detalles: el Mikilo es chiquito, peludo, tiene ojos rojos, cara deforme y siempre anda con un sombrero grandote. Desde ahí, Los monstruos introduce el misterio a partir de algunas brumosas narraciones y contempla a la geografía como un personaje activo. Y, así, el cuerpo fantástico del NOA se eleva como un poderoso reservorio mitológico. HP

 

Naturaleza muerta, de Gabriel Grieco

Una joven periodista es desplazada: un tipo ocupará el lugar que ella venía mereciendo. Pintaba para conducir un noticiero, la bajaron a movilera. Desaparece una mina en el campo. Y aquel desvío la estrola de cara contra una situación macabra: hay muertes, hay un pueblo que oculta un misterio, hay una compleja organización detrás. Y una pregunta que va volviéndose musculosa: ¿la naturaleza toma partido por el daño cometido por el hombre? HP

 

No estás solo en esto, de Milagros Amondaray

La verdad de Perogrullo apunta a pensar que Internet conectó a todo el mundo. De allí nacieron parejas, desamores, victorias, guerras y fracasos. Otro gesto que se corresponde con esta vía es el blog de Milagros Amondaray, crítica de cine de La Nación. Cinescalas, o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amé el cine resultó, casi involuntariamente, en la comunión de miles de personas que comparten refugio en las 24 verdades por segundo. Aquí, su documental. HP

 

Pequeña Babilonia, de Hernán Moyano y Cristian Scarpetta

La Plata es la Seattle argentina. Allí, la ebullición juvenil es la contraseña para semejante cantidad de bandas per capita. “Una por cuadra”, dicen los que saben. De 1983 a 1993 es el recorte que toman Moyano y Scarpetta para trazar la historia del rock platense graficándolo con testimonios y videos inéditos de 30 bandas de la ciudad. Encabezado por Virus y Los Redonditos de Ricota, el documental recorre los bordes buscando esa identidad local con proyección mundial. HP

 

Relámpago en la oscuridad, de Germán Fernández y Pablo Montllau

El heavy metal argentino anda de parabienes: se fundieron en un abrazo de toros Ricardo Iorio y Alberto Zamarbide. En Relámpago en la oscuridad, la historia del Beto Zamarbide, cantante del mítico V8 y de Logos, toma carácter épico: lucha contra las adicciones, la fama, el exilio y el olvido. Aun con el paso de los años, residiendo en Estados Unidos y reconvertido a la religión, el Beto demuestra que sigue siendo uno de los nortes del heavy nacional. HP

 

Yo sé lo que envenena, de Federico Sosa

Mientras Ricardo Iorio encendía un cigarrillo, una tía le esputaba un “eso es veneno”. Y no. Hay penurias e injusticias más grandes en la vida. Él sabe lo que envenena. Y de esa anécdota televisiva nace la excusa para contar la historia de tres amigos amantes del metal. Chacho sueña con ser actor, Rama con conquistar a Lucy e Iván, claro, con conocer a Iorio. HP