HC en Río: con la presencia de Werner Herzog, comenzó el Festival 4 + 1

Con las palabras de presentación del director alemán en Río de Janeiro, quedó ayer inaugurada la tercera edición del Festival 4 + 1. Sumamos reseñas de varias de las películas en competencia.
Werner Herzog en Río de Janeiro, presentando la tercera edición del Festival 4+1.

Con la proyección a sala llena de The Wild Blue Yonder, presentada por el mismo Werner Herzog, quedó oficialmente inaugurado el Festival 4 + 1 en Río de Janeiro, sede central de este año: “Les recomendaría a los cineastas jóvenes que la vean, porque fue hecha, literalmente, sin dinero. Es sobre la alegría de contar historias. Es pura historia. Hice la película con el dinero que gané con Grizzly Man; fue autofinanciada. Van a ver de inmediato que no hay efectos especiales, no hay nada de eso, pero igual tiene una visión, igual tiene la alegría de contar una historia”. Y si hay alguien que sabe de contar historias, ese es Herzog, que por la mañana ya se había robado toda la atención en la conferencia de prensa hablando de temas tan variados como su relación conInternet y las nuevas tecnologías, su legendario vínculo con Klaus Kinski, o su participación como villano compartiendo pantalla con Tom Cruise en Jack Reacher, y hoy estará brindando una masterclass que promete y mucho, y podrá seguirse en simultáneo a través de la página Web del festival.

Herzog es el invitado de honor de este año en la sede central, y además de la pequeña retrospectiva que le estará dedicada (pequeña, claro, para un cineasta cuya filmografía supera las 50 películas), el 4+1 presenta una jugosa competencia que sintetiza lo mejor del circuito de festivales. Acá repasamos algunas de las películas, para no perderse nada.

 

Bellflower                                     

Bellflowerrecorrió con éxito el circuito de festivales, y lo cierto es que tiene mucho para convertirse en un film de culto. Ultra-independiente pero ambiciosa al máximo, con un director debutante capaz de escribir, producir, protagonizar, e incluso diseñar su propia cámara para la película, la ópera prima de Evan Glodell es difícil de encasillar. Bellflower es una historia de amor desbordada, caótica, un apocalipsis íntimo; y el juego de palabras vale casi literalmente, porque una de las obsesiones de sus protagonistas (además de sus chicas) es construir un lanzallamas para el fin del mundo. A una primera parte que desarrolla dos historias de amor (la potente amistad de Woodrow y Aidan, y el posterior enamoramiento de Woodrow de una chica bastante especial) le sigue una debacle que la película acompaña desde el ritmo y el tono, tiñéndose de sangre cuando las traiciones ganan la escena y la violencia estalla. Algo alucinatorio hay en esta venganza desmedida, y la fotografía (que llegó a disputarle premios a El artista) acompaña ese vértigo. Pero si la película es poderosa, antes que efectista, es porque en el fondo su carne no son los autos y las rutas, sino las relaciones, las pasiones, y todo lo que viene después. Y si la miramos bien, más allá de los celos, los lanzallamas y las chicas, Bellflower es, sobre todo, una sentida celebración de la amistad masculina.

 

Land of Oblivion

La película de Michale Bonganim aborda desde la ficción el accidente nuclear en Chernobyl de 1986 a partir de dos situaciones en paralelo –que más tarde lograrán cruzarse, por momentos-: una pareja que acaba de casarse el día del desastre, y cuyo marido bombero abandona la fiesta para apagar el incendio, y un científico informado de los hechos pero obligado a guardar silencio, que sólo alcanza a enviar lejos a su familia, mientras se queda a ver cómo todo lo demás se desintegra. Sin embargo, esto es sólo el comienzo. La película retoma la historia diez años después de lo ocurrido (con la disolución de la URSS de trasfondo, y lo que eso implicó para sus pobladores) y los protagonistas serán a partir de entonces los que se quedaron: el hijo del científico, que se empeña en buscarlo contra la voluntad de su madre, y la mujer que quedó viuda el día de su boda, y que ahora trabaja de guía turística en una ciudad cercana a la planta. Esto funciona como excusa para permitirnos recorrer los paisajes  grises, desolados y siniestros de la zona, que pasan a transformarse casi en un personaje más, acaso el más fascinante de la película. Y contra él luchan todos los demás, que por un motivo u otro siguen conectados con ese lugar catastrófico que  -quieran o no- los define, y del cual les es imposible separarse.

 

Nana

Premiada en el festival de Vancouver y Estambul como mejor película internacional, en el de Locarno como mejor ópera prima, en el de Valdivia como mejor película, y exhibida en el Bafici de este año, Nana es el debut como directora de Valerie Massadian, quien anteriormente trabajó en el campo de la fotografía, junto a la legendaria Nan Golding, entre otros. Su trabajo y experiencia en este área se ven más que reflejados en la película, la cual está construida con cámara fija y planos de larga duración.

Nanamuestra la vida de una nena (llamada Nana, claro) que vive en el campo junto a su madre y abuelo pero pasa sola la mayoría del tiempo. Escena tras escena, se nos muestra cómo Nana se desenvuelve en la vida cotidiana, juega, pasea  por el bosque, se intenta vestir, encuentra un animal y aprende la diferencia entre estar vivo y estar muerto (y desde el comienzo también lo aprendemos los espectadores: una shockeante primera escena muestra, con lujo de detalles, cómo matan a un cerdo). Uno de los mejores aspectos de la película es la actuación de su pequeña protagonista, de tan solo cuatro años que resulta adorable y verosímil al mismo tiempo (considerando además la complicada tarea de trabajar con niños en la actuación). Sin lugar a dudas, y todas las críticas parecen reafirmarlo, este es el punto más fuerte del film.

 

Photographic Memory

No son pocos los lazos que unen al cine, la fotografía y la memoria. Es que ambas artes han buscado desde sus comienzos atrapar el tiempo; será por eso, tal vez, que pronto ambos se transformaron también en herramientas para construir y dar cuenta de la subjetividad, y vehículo de viajes al pasado. De todo esto y más habla Photographic Memory, pero no desde la teoría sino desde la experiencia. Aquí, Ross McElwee se convierte en sujeto y objeto a partir de la incógnita que le suscita su hijo adolescente. La distancia entre ambos, agrandada por celulares, Internet y cámaras digitales lleva a McElwee a revisar su propio pasado veinteañero, un pasado analógico pero igual de enigmático, incluso para él; un pasado como asistente de fotografía en un pueblito francés, y que esconde algún amor de final incierto. McElwee comienza buscando a su hijo en las imágenes, pero termina buscándose a sí mismo.

Y en ese recorrido que desanda las huellas de juventudes pasadas, McElwee parece reconciliarse con esa incógnita que son ambos, y abre, desde su propia historia, preguntas sobre el paso del tiempo y lo inasible del recuerdo, el poder de las imágenes y las traiciones de la memoria , y cómo, casi sin darnos cuenta, nos vamos articulando a nosotros mismos.

 

Terri

Terri retoma una premisa y un personaje explotados hasta el hartazgo: el adolescente con sobrepeso, solitario y maltratado por sus compañeros. Pero este Terri es un personaje singular: aislado por las burlas pero también casi por elección, con una pesada carga familiar, y una actitud más indiferente que sumisa, más algún que otro gesto de esa rebeldía absurda que sólo los adolescentes saben ejercer, Terri es fuerte a pesar de sus aparentes debilidades, y el director lo reconoce y nunca lo trata con condescendencia.

Todo lo vemos desde sus ojos, y son sus vínculos con varios personajes lo que lo van definiendo para los espectadores. Con el director de la escuela (único atisbo de figura paterna), por un lado, y con otros dos marginales, por el otro: un chico con muchísimos más problemas que él, y una chica popular caída en desgracia que demuestra, de paso, el sinsentido y la arbitrariedad de las estructuras jerárquicas adolescentes.

Sustentada en el trabajo de su elenco -tanto en el de sus jóvenes protagonistas como el de John C. Reilly, ese eterno gran actor secundario-,  Terri es una película sencilla, que explora el territorio tan transitado de la adolescencia sin paternalismos, aborda un personaje conflictivo sin regodearse en sus miserias, y construye tanto el drama como el humor sin estridencias, a años luz de la burla y el estereotipo.

 

3.11 Sense of Home

Con el fin de hacer una película en homenaje a las víctimas del tsunami del 2011 en Japón, la realizadora Naomi Kawase invitó a veintiún directores con quienes tuvo relación alguna vez a que hicieran cada uno de ellos un corto de 3.11 minutos (el tiempo que duró el  terremoto) sobre lo que ellos consideraran “hogar”. La consigna refiere a que las víctimas, luego del desastre natural, perdieron su lugar de pertenencia, y esto es lo que moviliza a Kawase a pensar el tema.

Un aspecto muy interesante de la película es lo que cada director hizo con la consigna dada. Algunos trabajaron el tema del terremoto en sí, como Victor Erice, en cuyo corto hay una actriz a punto de salir a escena que monologa virtualmente –mirando a cámara- sobre los efectos del terremoto para la población japonesa. Otros tomaron la consigna de manera autobiográfica, por ejemplo, Isaki Lacuesta, quien a través de la imagen ralentizada trabaja una situación familiar en la que se involucra él mismo y varias generaciones. El argentino Ariel Rotter por su parte, trabaja con el diálogo, muy acertado por cierto, de unos chicos que se cuestionan el vínculo familiar. Finalmente tenemos la visión de la propia directora, que pone en escena su propia infancia y su la relación con su abuela.

La película puede pensarse por partes, ya que cada corto tiene una coherencia en sí, y también como un todo: cada director eligió un rumbo propio para trabajar el tema, pero entre unas y otras interpretaciones se establecen diálogos que abren nuevas lecturas posibles.

 

 

Crazy Horse

Sólo alguien como Frederick Wieseman, acostumbrado a registrar lógicas de micromundos menos cautivantes como hospitales o manicomios podía traernos una descripción tan minuciosa sobre el famoso club erótico parisino Crazy Horse. Más desnudo que las chicas de Crazy Horse, el estilo documental de Wieseman no comenta con barato foucaultianismo el disciplinamiento de los bellos cuerpos de las chicas. Tampoco se escandaliza por el casting de colas, tallas y géneros con el que se elige el plantel. Simplemente se limita a traernos en todo su esplendor, el entusiasta y perfeccionista trabajo de este verdadero ejército erótico. Y se agradece. Crazy Horse, el club, demuestra, gracias a Crazy Horse, la película, que un buen culo es un buen culo, pero con un trabajo apasionado sobre las luces, el vestuario y el baile, puede trascender los umbrales conocidos de la sensualidad. Wieseman, a su vez, demuestra que no sólo sabe filmar dementes y enfermos terminales sino también buenos culos, canciones pegadizas y mucha fantasía. ¿Qué más se puede pedir?

(Juan Álvarez Montero, en la cobertura del 26 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata).

Life without principle

¿Ya pasó más de una hora de la última de Johnnie To y todavía nadie disparó un tiro? ¿Qué pasó? En su película número 52 el honkongués parece querer decirnos que en realidad el mal tiene otro rostro. Es habilidoso para volverse prácticamente invisible pero sabemos que viste de saco y corbata, trabaja en los mercados financieros y puede dejar a cientos de millones de ahorristas, inversores, simples ciudadanos y hasta a mafiosos en la ruina jugando a desplomar mercados y economías del mundo entero. Todavía más que en el de los gangsters (antes intocables; ahora igual de vulnerables que el resto), en el mundo financiero, terreno propicio para el viejo adagio que sostiene que “el hombre es codicioso por naturaleza”, sobrevive el más apto: es decir, el que tiene la información adecuada en el momento preciso. Life without principle es otra gran película proveniente de oriente que reflexiona, con pasos de comedia y melodrama, sobre el estado del mundo y su más puro y urgente presente a través de dos historias y unos personajes para la posteridad.

(Esteban Sahores, en la cobertura del 26 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata).

Acá pueden leer el adelanto del Festival publicado en la edición impresa del número de noviembre de 2012.

 

El invencible

Este año, el invitado de honor del festival será Werner Herzog, uno de los grandes mitos vivientes de la historia del cine. Acá -como si hiciera falta-, algunas razones para no perderse las películas que se verán en la Sala Lugones.

Nosferatu, the Vampyre

Más que ningún otro “nuevo cine”, el Nuevo Cine Alemán creció huérfano. Con Nosferatu, sin embargo, Herzog tendió un puente por sobre los horrores del nazismo para declarar su filiación con uno de los directores más emblemáticos del cine alemán: F.W. Murnau. Su Nosferatu es un homenaje declarado, pero también una película personal, que lleva la marca de sus obsesiones temáticas y formales. Y el resultado de este cruce es fascinante.

The Wild Blue Yonder

Al hablar del cine de Herzog, muchas veces se señala cómo en él se desdibujan los límites entre documental y ficción. Y si de desdibujar los límites se trata, The Wild Blue Yonder debe ser uno de los casos más extremos: una película de ciencia ficción (extraterrestres incluidos) construida a partir de imágenes documentales, en la que la Tierra se transforma en el más alucinante de los mundos posibles.

Into the Abyss

En su último documental, Herzog cuenta la historia de un crimen atroz, cuyo perpetrador, al momento de las entrevistas, estaba a pocos días de ser ejecutado. Pero a través de su habilidad narrativa trasciende la anécdota, y casi sin que nos demos cuenta va abriendo ante nosotros un mundo complejo, donde las posibles causas y consecuencias de un acto tan terrible como carente de sentido sirven para plantear dilemas tan antiguos como el hombre: la elección y la predestinación, la responsabilidad, la culpa, la venganza y la justicia, la muerte y la vida que, a pesar de todo, se abre paso. Y, como siempre, nos deja con más preguntas que respuestas.