Imitando por un sueño

Apoyado en una inmejorable carrera como director de cine publicitario y convertido en colaborador estable de Alejandro González Iñárritu, el último eslabón de la dinastía Bó llega por fin a su ópera prima. Seleccionada en Sundance y como película apertura del BAFICI, El último Elvis pone el foco en la obsesión de un hombre por negar su realidad y convertirse en otra persona, en el rey del rock and roll.
Armando Bó dándole indicaciones a su "no actor" John McInerny.

Entrevista publicada en la edición impresa del número de abril de 2012.

 

Si bien muchas veces comparten equipos y fuerza de trabajo, el mundo del cine publicitario y el del cine a secas transitan en general caminos separados. A diferencia de lo que sucede en mercados cinematográficos más robustos, donde grandes directores van y vienen de una actividad a la otra, en Argentina son pocos los casos de realizadores que ejercen esta doble vida y aún menos los que se atreven a confesarlo. En algún lugar del medio persiste esa idea ciertamente ingenua del cine como un arte puro, ajeno a los vaivenes del mercado y de la publicidad como una expresión sin alma, sólo atenta a intereses comerciales. Por eso sigue llamando la atención cada vez que aparece en la cartelera de estrenos cinematográficos una película gestada por profesionales del mundo de la publicidad que se animaron a saltar el cerco.

 

En 2011 el film Medianeras de Gustavo Taretto exhibió sin pudor recursos visuales y modos de contar propios de la publicidad, que renovaron el aire de un cine nacional por momentos demasiado homogéneo. El caso de El último Elvis es bien diferente. Aquí la escuela publicitaria no es tan evidente en la superficie del film pero fue determinante -según confiesa su director, Armando Bó- en el proceso de producción que la película lleva en sus espaldas. Los más de diez años que el realizador y guionista entregó al cine publicitario -en todas las áreas, desde meritorio de producción hasta director- se capitalizaron en un modelo de trabajo intenso, obsesivo y perfeccionista, no solo en aspectos técnicos sino también en las maneras de resumir el texto y nunca sobrecontar.

 

Filmando comerciales para agencias de todo el mundo desde su propia productora -Rebolución-, la figura más joven del clan Bó construyó un camino lento pero seguro hacia este presente cinematográfico. La suya fue una escalada de trabajo y aprendizaje que nunca necesitó valerse del apellido para abrirse paso y le permitió llegar hinchado de orgullo a su primera película.

 

 

¿Qué lugar ocupó el cine en tu vida mientras trabajabas como director en publicidad?

 

Paralelamente a mi crecimiento en la publicidad, estuve escribiendo guiones. Hace once años que escribo guiones. Debe haber cuatro en el tacho de basura, que tal vez algún día, cuando no tenga mas ideas, tendré que recuperar. Pero por suerte nunca hice nada hasta hoy. Porque hubo una evolución en mí. En la publicidad aprendí a tomar decisiones constantemente. El director trabaja de tomar decisiones. Ahora, cuando tenés una película, esa toma de decisiones es bien diferente. Y yo aprendí a escuchar mi voz y puedo tomar esas decisiones razonando en base a la historia y el personaje. No por si me gustan o no me gustan los colores.

 

¿Con qué nuevos problemas te encontraste filmando esta primera película por fuera de la publicidad?

 

La película fue madurando y encontrando su camino en un montón de áreas. Algunas decisiones equivocadas que yo tomé en su momento las corrigió la película sola. Lo que sabíamos es que no queríamos que fuera un documental sobre un imitador de Elvis sino una película que tuviera un valor de producción importante en cuanto a su calidad visual, fotográfica, de relato. Sabíamos que era una película con un montón de música -por la que había que pagar derechos- y con un gran final que también requería mucho dinero. Por eso en un primer momento pensamos en tener un actor reconocido que pudiera ayudar a encontrar esa financiación. Pero después me di cuenta de que estaba equivocado, que al ser una ópera prima tenia que ser una película mucho más idealista.

 

¿Cómo dieron con el actor protagónico?

 

Hicimos la prueba con John McInerny y fue un imán. Puse la cámara y vimos que teníamos a un tipo con una personalidad, una mirada y una manera de ser que aportaba muchísimo al guión. Él no es actor, es arquitecto y también hace shows como Elvis. Pero mas allá de eso, tiene un talento impresionante como cantante. Todos los temas de la película están cantados por él y aún así, en esas canciones, el no está haciendo de Elvis sino que está interpretando el personaje y atravesando un montón de estados emotivos diferentes.

 

En la película aparecen también dobles de otros músicos reconocidos ¿Cómo lograron esquivar la mirada burlona sobre este tipo de artistas?

 

Nosotros no queríamos que sea una película bizarra. Sabíamos que corríamos ese riesgo al mostrar algo del mundo de los dobles.La película se podía ir para cualquier lado. Un doble te puede romper la línea dramática de la película, te rompe el clima. Nosotros nos concentramos en controlar eso, sabíamos que lo que estábamos contando era la vida de Carlos Gutiérrez, desde su costado más íntimo. La historia de un tipo que está todo el tiempo negando su realidad y que de repente esa realidad se le viene encima y lo cachetea.

 

Sin embargo hay en la película algunas ideas sobre la fama y el fanatismo desmedido.

 

Seguro. Porque son temas que están muy presentes hoy en la sociedad. Todos están buscando ser famosos por algo aunque no sepan qué es. Todos copian cosas superficiales de la fama, sin saber que detrás hay gente que está viviendo cosas. El propio Elvis se murió siendo doble de él mismo, se quedó con su música, con su imagen tratando de aguantarla y al no trabajar un lado emocional, terminó explotando, como le pasa a mucha gente que no puede lidiar con las cosas que le pasan.

 

¿Cómo articularon esa obsesión del protagonista con la realidad social en la que estaba inmerso?

 

El personaje forma parte de una clase obrera digna, con posibilidades, en un suburbio. Más allá de trabajar en una fabrica donde no le pagan bien y de que su mujer trabaja en un supermercado, al personaje le pasan otras cosas. El foco no está puesto en lo socio económico. No estamos contando una realidad de la Argentina. Es una película que puede suceder en cualquier parte del mundo pero al mismo tiempo pasa en Argentina y es innegable que es América Latina y que es Avellaneda. Pero no estamos tratando de contar un lado dramático de la Argentina sino que simplemente nos apoyamos en eso.

 

¿Qué lugar imaginás para tu producción dentro del panorama de cine argentino?

 

Desde hace diez años a través de Internet uno puede saber todo lo que está pasando. Antes uno veía sólo lo que pasaba dentro de su quintita y así se sentía un fenómeno. Hoy, accediendo a lo que pasa en todo el mundo, el espejo en el que nos tenemos que mirar es otro. Elvis es una buena película, pero es una ópera prima y viendo lo que pasa en el mundo, sé que tengo un montón para crecer. No me quiero quedar en ser un buen director de cine argentino. Prefiero mirarme en el espejo del cine mundial. Eso te permite tener una vara mas alta y se convierte en un desafío mucho más grande.

 

¿Creés que tu apellido puede pesar sobre la consideración de la película?

 

La gente a veces piensa que uno hace una película por ser nieto de Armando Bó. Lo más fácil es pensar eso. Pero el que entiende un poco sabe que ningún productor confiaría en alguien por esos motivos si no hay un contenido que valga. Yo tengo el orgullo de pertenecer a una familia de cine, me gusta llevar el cine en la sangre. Pero al mismo tiempo vengo a traer algo que no tiene nada que ver con lo que hacía mi abuelo ni con lo que hacía mi papá. Yo no estoy aferrado a lo que hicieron ellos, hago lo que me sale a mí. Podría ser un pibe queriendo hacer la remake de Carne… pero no, estoy haciendo la mía que es El último Elvis.  

 

 

 

 

La conexión mexicana

 

“Elvis nos llevo a Biutiful

 

Tras quedar encantado con el guión de su película, Alejandro González Iñárritu los convocó a él y a su guionista para escribir su última película, una experiencia que, asegura, terminó siendo fundamental a la hora de afrontar su ópera prima.

 

 

El proceso de producción de El último Elvis no puede contarse por fuera del vínculo que une a Armando Bó y su primo y guionista Nicolás Giacobone con el director mexicano Alejandro González Iñárritu. La historia, ya convertida en leyenda, cuenta que luego de haber establecido lazos profesionales dentro del mundo del cine publicitario, el director argentino decidió mandar a México el guión de El último Elvis para tener algún comentario o consejo de parte de Iñárritu. La respuesta fue rápida, positiva y totalmente inesperada. “A él le gustó tanto que nos convocó para escribir Biutiful. Elvis nos llevo a Biutiful”, recuerda Bó. Conscientes del fructífero y exitoso esquema de trabajo que el director mexicano había logrado entablar previamente con el guionista Guillermo Arriaga (en Amores Perros, 21 gramos y Babel), los argentinos recibieron la propuesta como un enorme desafío que, por supuesto, no iban a dejar de aceptar.

 

Con escapadas a México e intensos intercambios de mails, se empezó a escribir a seis manos el guión de Biutiful, el film que luego protagonizaría Javier Bardem y sería nominado al Oscar como Mejor Película Extranjera. Finalizada la etapa de escritura de guión, los argentinos se sumaron al proceso de producción del film en Barcelona: “Estuvimos dos meses trabajando con Alejandro, haciendo de todo: ayudando en el casting, en los ensayos con los actores, filmando algunas cosas como segunda unidad… de todo”. Lógicamente, el proceso de trabajo de Biutiful retrasó los tiempos de El último Elvis. El cambio de planes no fue entendido por el director argentino como un problema sino como una verdadera bendición:“Yo sabia que empezar a filmar la película después de una experiencia como Biutiful iba a ser más productivo. Si vos tenés la posibilidad de entrenar en el Barcelona, no te vas a ir para ser la estrella de tu equipo. Yo preferí estar ahí, viendo la cocina de Alejandro, aprendiendo un montón de cosas que seguro me iban a servir después en mi película. Había esperado tanto tiempo… ¿por qué no podría esperar un poco mas?”.

 

La espera valió la pena: la dupla argentina fue parte fundamental del rodaje de Biutiful, pudo repensar El último Elvis en base a la experiencia adquirida e incluso llegó a acompañar a Iñárritu en la alfombra roja de Cannes. Ahora, mientras la película se enfrenta al público en las salas de Argentina, Armando Bó y Nicolás Giacobone renuevan esta sociedad trabajando ya en un nuevo proyecto del director mexicano.