Jesús de Laferrere

Mel lo hizo de nuevo. Después de 10 años, volvió con toda la artillería pesada, puso toda la carne al asador, armó flor de tole tole, en una épica religiosa con un timing ideal para reafirmar la fe en épocas festivas.

Tengo una remera que dice “Jesus Loves You”. Pertenece a una línea que sacó Ona Saez en 2010 llamada “Fieles”, protagonizada por el modelo Jesús Luz, en ese entonces novio de Madonna. En la remera está la imagen de Jesús (el católico) con la corona de espinas, con esa característica postura de la cabeza gacha, en señal de grandeza, humildad y amor infinito.

Pero Jesús no es, en realidad, tan grandioso ni incondicional. Su amor está mediado por una serie de pasos y reglas que hay que cumplimentar, entre ellos, obediencia y entrega. Vengo de una familia católica, fui a escuela católica y tuve catequesis todos los años de primario y secundario. El catolicismo (como todas las religiones, sospecho) es un listado de cosas que se pueden hacer y cosas que no, imperativos, órdenes, todas impartidas a través de la culpa cristiana. Imagínense para una nena insegura de 10 años con padres practicantes y controladores. La imagen de la remera y su correlato en la vida real se van tornando un tanto contradictorios.

Como también es contradictorio lo que ocurre con Hasta el último hombre (Mel Gibson, 2016). Si bien su ideología de tinte religioso puede ser más que reprochable (ya veremos por qué), Mel tiene muy en claro que la función primordial del cine es el entretenimiento, el gran espectáculo, enmarcado dentro de una narración clásica sólida sumamente disfrutable. Las secuencias de batalla insólitamente largas, el desfile de cuerpos desmembrados y tripas, el abanico de géneros que se suceden sin solución de continuidad (el melodrama clásico, la épica religiosa, el cine bélico, el terror, el gore, la comedia) hacen que la última del director de Corazón valiente sea un festín orgiástico con múltiples clímax.

Pero volvamos al tema ideológico.Hasta el último hombre pone de manifiesto un sistema perverso de reglas que se reproduce en tres niveles: el sistema familiar, el sistema militar y el sistema religioso, los tres con una característica definitoria: la endogamia, entendida como concepto social que supone el rechazo de miembros ajenos a un grupo en particular. Las consecuencias de cuestionar o romper con las reglas implican la exclusión del sistema, convertirse en un paria, que te echen de tu casa. Desmond, el protagonista (Andrew Garfield), es el centro de los tres sistemas que muestra la película. Por un lado, su familia de un área rural de Lynchburg, Virginia, donde él y su hermano pasan sus días junto a un padre alcohólico y traumado por la guerra y una madre compasiva y sumisa. Ambos deciden ir a la guerra como su padre a pelear por su país y, frente a la desaprobación, quedan enemistados con él. El pater familias regula y legisla la vida económica, social y laboral de todos los miembros del grupo y, frente a la más mínima disidencia, se genera la exclusión del sistema. La adolescencia suele ser la peor etapa en estos casos.

Eso nos lleva al segundo sistema: el ejército. Desmond se enlista no para luchar contra los japoneses y ganar la guerra sino para salvar vidas, para servir a su país como médico y no como combatiente. Haciendo uso de su derecho de “objetor de conciencia”, jura jamás tocar un arma, amparado bajo el quinto mandamiento católico, el tercer y más perverso de los sistemas. Esto le trae consecuencias varias dentro del ejército, otro régimen endogámico y jerárquico. Sus compañeros lo denigran y lo castigan. Sus superiores le exigen más y, finalmente, termina siendo sometido a un tribunal militar para poder continuar en el ejército, ya que para aprobar su entrenamiento debe pasar satisfactoriamente cada etapa, entre ellas, la destreza con armas de fuego.

Una vez más, Desmond es preso de los sistemas cerrados, claustrofóbicos, endogámicos. Así como el ejército no puede aceptar la disidencia, la religión tampoco puede aceptar pecadores, y él lo sabe y lo sostiene hasta las últimas consecuencias, aun cuando estas atenten contra su sueño de salvar vidas en el frente de batalla. Ni siquiera su esposa (una buena esposa católica devota), cuando le dice que deje su orgullo de lado y acepte llegar a un acuerdo, logra desarticular sus convicciones. Finalmente, son el padre y el ejército quienes se flexibilizan y terminan haciendo que pueda ir a la guerra como médico, sin tocar un arma. La religión, la más inflexible de todas. Jesús te ama. Siempre y cuando cumplas y obedezcas.

Y, en ese cumplimiento y obediencia, Desmond arriesga su vida incontables veces, en una suerte de llamada divina que lo impulsa, a lo Schindler con los judíos, a “salvar a uno más y a uno más y a uno más”. Siempre con humildad, entrega y devoción, sin quejas ni arrepentimientos, en nombre del Señor.

Pero ser un dios trae cola. Nuestro protagonista resiste cada uno de los embistes que le da la vida con estoicidad y entereza, sin jamás claudicar ni violentarse, firme en su postura católica, con la misma actitud y expresión del Jesús de mi remera, con la misma entrega y devoción, convirtiéndose así en una especie de mártir, de semidios, no solo desde lo narrativo sino también desde lo formal.

Así como pasaba con otro estreno de este año, Gilda, no me arrepiento de este amor, en el que el personaje de la cantante popular devenida en santa era retratada con un aura mítico-religiosa, lo mismo ocurre con nuestro querido Desmond, en muchas escenas mostrado con un halo santificador, o lavándose las heridas en un contrapicado épico en ralenti (más bien como el Jesús de la campaña de Ona Saez), o descendiendo de las alturas para ser tocado por sus fieles en actitud de reverencia, o haciendo una chilena con un par de granadas. A diferencia del piloto Sully (otra de hazañas épicas también estrenada este año), endiosado por el público por salvar vidas pero incapaz de hacerse cargo de semejante mote y retratado como un hombre común sobrepasado por las circunstancias (en Eastwood no hay idea de religiosidad sino de secularidad porque el sacrificio es parte de una cultura protestante del trabajo), Mel construye a su protagonista a imagen y semejanza del Jesús de Nazaret de su Pasión de Cristo.

Crecí en el seno de una familia endogámica y religiosa, con padres que se creyeron siempre personas buenas y generosas, respetuosas de los preceptos de la Iglesia, lo que se traduce como estrictos, conservadores y pacatos. Estrictos y conservadores porque, a la primera de cambio, me echaron de patitas a la calle. Pacatos en sus elecciones y en sus gustos, empezando por cómo querían que me vistiera. Odié siempre los regalos de Navidad porque sabía que mi mamá me había comprado ropa horrible de señora gorda en Chatelet o en Ted Bodin pensando en ella y jamás en mí. Un año, después de muchos reclamos, se la jugó y fue a Ona Saez. 

La remera de Jesús Te Ama ahora la uso para chivarla toda en el gimnasio, mientras hago abdominales entonando un himno de Korn:

“I hate you and you hate me
You know what, you know what?
It’s all in the family”

 

 

Hasta el último hombre

Mel Gibson

Estreno: 5 de enero de 2017

2016 / Australia - USA / 131 minutos

Diamond Films