La dulce amistad

Diez años después de haber estrenado Gente de Roma, Ettore Scola vuelve a la dirección con Qué extraño llamarse Federico, contrapunto afectivo entre dos grandes del cine italiano marcado por un tinte melancólico irreparable.

Nota publicada en HC #150.

Qué extraño llamarse Federicoaborda diversos tramos en el curso de la amistad entre Ettore Scola y Federico Fellini. El director de Una jornada particular le rinde homenaje a su amigo tratando de evitar caer en un biograficismo enciclopedista, con una película que se asume como pastiche en su manera de apropiarse de los recursos estilísticos más heterogéneos. La película –que surgió en 2013 en conmemoración del vigésimo aniversario del fallecimiento de Fellini– recupera varios hechos en los que se puede ver a ambos artistas compartiendo sus días en la redacción de Marco Aurelio, la revista satírica en la que comenzaron como caricaturistas cuando eran adolescentes. Un gran trayecto de Qué extraño… se focaliza en esos años pre y post fascismo de esplendor, de estímulo y aprendizaje, con el escenario de Roma como entretelón y motor creativo, donde ambas personalidades dejarían el universo del fumetto para pasar al detrás de cámara. Una de las evocaciones importantes de la película es la de Marcelo Mastroianni, actor elegido por Fellini a partir de un atributo particular: tener una cara “absolutamente común”. Tanto el director de La dolce vitta como el de La familia trabajarían con él, aunque cada uno de manera muy disímil, como se encarga de expresar el film de forma constante. Fellini, Scola y Mastroianni conforman un verdadero trío de aventuras que es delineado en una escena en la que los tres disfrutan de una tertulia alrededor de una mesa en el entorno de un mar simulado, a partir de una dirección de arte resueltamente kitsch.

La película procede por saturación de recursos. Un prólogo en voz en off recita un poema en español (de Federico García Lorca) que abre paso a un narrador omnisciente, y este, a su vez, enhebra un relato expandido en viñetas. Por momentos la película se sitúa en una matriz ficcional en la que se recrean ambientes y situaciones: Fellini y Scola pasean en auto y errabundean a través de la nocturnidad de Roma a la caza de personajes que sirvan para nutrir de anécdotas sus películas. Pero en otros tramos se enraíza como un falso documental, o aporta algún material de archivo. Hay que destacar que la existencia de un relator que habla a cámara explicitando la artificiosidad fílmica e introduciéndonos a los distintos momentos episódicos genera una plétora formal que enturbia la fluidez de las acciones. Más que a una distancia crítica ante la recreación dramática de experiencias que lo tuvieron a él mismo como protagonista, con este procedimiento Scola accede a una dispersión de elementos que no logran combinarse del todo.

Aquí se opta por una poética del desborde, un relato fragmentario, un collage con gestos circenses, impresiones tendientes a la exageración de una huella felliniana indudable, como si la maquinaria estilística del homenajeado hubiera fagocitado la imaginación en acto del alumno Scola. La crónica afectiva entre dos grandes directores del cine italiano del siglo XX sirve como disparador para revisar los lazos transitivos de un estilo de época y su relación con el presente, así como para repensar la herencia autorista frente al riesgo de caer en “el retorno de lo mismo” o en la autorreferencia nostálgica.

 

Qué extraño llamarse Federico

Ettore Scola

Estreno: 4 de septiembre

2013 / Italia / 90 minutos

Zeta Films