La fuerza de la voluntad

Ellos te eligen expone cómo dos madres adoptivas desarrollan una vocación de servicio para luchar contra la desinformación y soledad con las que son destratados los postulantes a adoptar. Hablamos con Mario Levit, su director. El documental aún puede verse en el Gaumont.

Ya en Los chicos invisibles trabajaste sobre este tema. ¿Por qué te interesa puntualmente? ¿Tenés pensado seguir trabajándolo en próximos proyectos?

Es habitual que lleguen a la productora decenas de proyectos con el fin de evaluar sus posibilidades de producción. En 2010 una amiga me hizo llegar una ficción que trataba un caso particular de adopción. Considerando que lo que ella contaba en ese tratamiento era de menor interés que lo que ella había vivido como experiencia personal, decidí investigar sobre la temática. Esa fue la puerta de entrada para que el tema, originalmente una investigación para luego escribir el guion, comenzara a interesarme. Para que esto sucediera, fue clave el encuentro que tuve con los actores institucionales que trabajan en adopción: efectores de la justicia, servicios locales, servicios zonales y los equipos de los Hogares. Con ellos descubrí la pasión del trabajo hacia el otro, su compromiso batallante por los derechos básicos de la niñez. Inmediatamente percibí que en cuanto a adopción existía un discurso instalado entre los adultos que llegaban a esta instancia con la idea del bebé (un niño de hasta 3 años). Mientras, en los Hogares, la mayoría de los chicos ya habían pasado su segunda infancia. De allí surgió la idea de hacer un documental, Los chicos invisibles, que intentara explicar a la sociedad la importancia de considerar la voluntad adoptiva hacia estos niños.

Con Ellos te eligen, en ese gran universo que es la adopción, decidí enfocarlo a las problemáticas administrativas y legales que implica la adopción, el trabajo que realizan los efectores y el aporte espontáneo, y sin ningún tipo de apoyo estatal ni privado, que hacen los grupos autogestionados en todo el país. Pero desde un punto de vista original: desarrollando la tesis de que la adopción no surge para satisfacer el deseo de los adultos, sino el de contemplar los derechos del niño. Y claro que sí, ya estoy preparando una docuficción, voy por la cuarta versión del guion, cuyo tema abordará la problemática que viven los trabajadores sociales cuando se encuentran ante situaciones de niñez vulnerada.

 

¿Cómo fueron los distintos períodos de la realización del documental?

Hubo uno muy marcado por la investigación, cuyo punto más curioso fue confrontar que lo que iba aprendiendo de la temática, aunque sean conocimientos elementales, era casi desconocido para buena parte de la sociedad. Incluso dentro del universo de personas que habían comenzado a tener entrevistas para postularse como pretensos adoptantes. Leía todo lo que hubiera sobre el tema y comencé a participar en todos los encuentros provinciales y nacionales que tenían como eje el tema de adopción. Con Los chicos invisibles, que había tenido tanta aceptación por los adultos que estaban pasando o habían pasado por el proceso adoptivo, comencé a viajar por todo el país. El documental acompañaba a las Lauris, creadoras de la asociación civil “Ser Familia x Adopción”, en el recorrido que realizan por todo el país, propiciando la creación, o bien fortaleciendo a las existentes, de grupos autogestionados. Ellas llevaban el documental como muestra de una de las temáticas que más preocupaban: el tiempo y el trato recibido de los chicos institucionalizados. Y estos encuentros, con las particularidades de cada zona, iban armando una trenza de conflictos, deseos, imaginarios y defectos operativos y legales, que consideré que eran un buen punto a desarrollar. Durante 18 meses se fueron dando viajes a Neuquén, Mendoza, La Pampa, Rosario, Córdoba, Bahía Blanca, Junín, San Nicolás, Chubut y Río Negro. Eran viajes armados para llegar por la noche a la ciudad; al día siguiente se llevaba a cabo la jornada provincial y volvíamos al otro día. Yo anotaba las problemáticas que se exponían en cada lugar y, cuando terminaba la jornada, armaba una puesta en la casa de una de las organizadoras en donde planteaba un diálogo “medio guionado”, para que cada una expusiera sintéticamente los tópicos que había anotado. Era impresionante ver el grado de compromiso y energía que exponían en esos diálogos, pues no se notaba el cansancio de la jornada que había transcurrido.

Debo decir que el rodaje en sí, si no contamos los traslados, fueron solamente 10 jornadas. Y la cantidad de testimonios grabados no superó las 10 horas de material bruto. Cantidad que Andrés Tambornino, el editor, consideraba muy por debajo de la media para documentales. Y originó el susto inicial de no creer que se pudiera sacar un largometraje con tan poco material. Una vez que acordamos que la escasez de material se debía a que yo había preguionado cada escena, él ayudó a construir una narrativa que nos llevara de un tópico a otro, sin que se rompiera la estructura de un viaje de encuentros.

Otra experiencia fue trabajar con el sonidista y músico Javier Ruiz. Me propuso armar el diseño de sonido y la banda sonora él solo. Eso nos permitió elaborar una banda sonora que complementa la ausencia de los destinatarios únicos y fundamentales de la temática que aborda este documental: el sistema que permite o dificulta defender el derecho de los niños.

 

¿Cómo fue el trabajo con las Lauris? 

Como dicen en la peli, una es paja y la otra es fuego. Son imparables, infatigables y con una decidida vocación de servicio. Si bien hubo una empatía inmediata, había un camino que tuvimos que recorrer juntos hasta llegar a proponerles que fueran ellas las que sirvieran de punto de referencia para exponer las temáticas que yo consideraba como puntos críticos en el circuito de la adopción. Fue importante también que se armara un equipo de rodaje que de a poco las Lauris fueran confiando para que, al momento de grabar, no se sintieran observadas. Estuvimos con Henry Rodríguez Ortiz como cámara y foto haciendo malabares para grabar todas las instancias de las charlas (a veces eran cuatro personas dialogando) con una sola cámara. Martín Vaisman, inquieto y curioso por la temática, realizaba el sonido directo como quien escucha atentamente una conversación y haciendo que el boom pareciera una prenda más, quizás un poco exótica, pero nunca molesta. Javier González Tuñón fue asistente de cámara y, con su apariencia de niño ausente, estaba siempre en el lugar adecuado para sacarnos una sonrisa.

 

¿Siempre tuviste esa idea de tomar el punto de vista del niño que necesita también tener una familia, más allá de los adultos que quieren tener hijos? 

Siempre no. Antes de comenzar a investigar yo suponía que la adopción era: adultos bondadosos y caritativos que deseaban dar todo su amor a un niño que no era querido por su familia biológica. Error enorme que de a poco se fue derrumbando apenas inicié las investigaciones. Me ayudó mucho reconocer mis prejuicios y el origen de esos supuestos. Al no ocultarlos, me posibilitó confrontarlos con el paradigma de que la adopción debe ser entendida como una, solo una de las posibilidades de hacer valer los derechos del niño a tener una familia y no explicarla como una posibilidad de satisfacer el deseo de ser padre a un adulto.

 

¿Cómo está el tema de la adopción actualmente en el país?

A partir del cambio de paradigma que se ha registrado en el último tiempo, con el eje puesto en los niños y adolescentes institucionalizados cuyo derecho a vivir y crecer en el marco de una familia está vulnerado, el Instituto de la Adopción ha cambiado favorablemente. Se trata de un cambio en la mirada: los niños son sujetos de derechos, y hacia ellos, su historia y particularidades, los operadores jurídicos y estatales deben orientar su trabajo para, una vez declarada la situación jurídica de adoptabilidad, encontrarles la familia más adecuada conforme a sus necesidades. El desafío radica en cómo los operadores pueden articular lo que ya está contemplado legalmente para que los tiempos de institucionalización de los niños sean más cortos; en cómo lograr equipos que trabajen de manera verdaderamente interdisciplinaria y con protocolos articulados entre los efectores jurídicos y los operadores estatales, y en el mayor grado de especialización de unos y otros que requiere cada vez más este tema, en términos de formación.