La iglesia, la cancha y el prostíbulo

“Me pareció interesante que esos tres lugares que construyen nuestra identidad estén peleando por un mismo espacio y que ese espacio sea una pequeña sede con techo de chapa”, dice Alicia Cano, la directora de El Bella Vista, una de las revelaciones de la Competencia Latinoamericana.
Entre técnicos, la directora de El bella vista, Alicia Cano.

El Bella Vista, que participa en la Competencia Latinoamericana, ha sido para muchos de nosotros una grata revelación en el festival de Mar del Plata. Su directora, Alicia Cano, nos cuenta con la habitual calidez uruguaya, algunas cosas sobre esta película documental (pero dramatizada por sus propios protagonistas) sobre un pequeño local que pasa de ser sede deportiva a prostíbulo, y de prostíbulo a iglesia.

 

¿Cómo surgió la producción de El Bella Vista?

Me enteré por una noticia en el diario que decía “Un prostíbulo es ahora lugar de rezos. Vecinos estaban hartos de tantos gritos y decidieron hacer de la casa de citas, la casa de Dios”. Me pareció bastante interesante y tendenciosa la noticia, entonces decidí investigar, y ahí me enteré que el prostíbulo era en realidad de travestis, y que antes de eso había sido un club de fútbol. Yo vengo de Salto, que es un lugar similar, y los tres lugares donde descargar las fantasías y las pasiones siempre fueron la iglesia, la cancha y el prostíbulo. Me pareció interesante que esos tres lugares que construyen nuestra identidad estén peleando por un mismo espacio y que ese espacio sea una pequeña sede con techo de chapa.

 

¿Por qué decidiste utilizar este formato de documental ficcionalizado?

Esto en realidad se dio durante la misma investigación. Cuando iba a conversar con los protagonistas de la historia, veía que después de un rato de conversar se cansaban y se desmotivaban, porque son personas que se vinculan mucho desde lo físico y no tanto desde el habla. Por eso a menudo representaban las situaciones, en vez de contarlas. Entonces me pareció lo mejor adoptar esta forma, para que se sintieran cómodos. Por otro lado, me pareció un dispositivo interesante para apelar a la memoria emotiva de lo que les había pasado.

 

¿Hubo algún trabajo de guión o fue pura improvisación?

No, no había guión, sino que era más bien “¿Dónde sucedió tal cosa? Bueno, vamos allá y mostrame cómo fue”. Entonces ubicaba la cámara y ellos actuaban. La escena en la que el Patón organiza una puesta en escena para contar cómo recuperó el club frente al juez fue realmente así, aunque la primera vez él interpretó a todos los personajes.

 

¿Por qué decidiste incluir las tomas en las que los personajes se tientan mientras interpretan e interrumpen la escena?

Mi idea no era disimular la puesta en escena. Es decir, eso fue un método de trabajo y para mí tenía el mismo valor el momento en que actuaban y el momento en que la actuación se desdoblaba y devenía documental. Yo nunca les dije qué decir y fue interesante ver cómo ellos mismos se vinculaban en ese juego de pasado y presente, recreando lo que sintieron, mezclado con lo que sentían en el momento. Además quería recordarle al espectador que es un documental, que son ellos mismos, que no es una ficción.

 

Algo que me gustó de la película es que no se planta de manera burlona o acusatoria frente a nadie. 

Sí, la idea era pensar más allá de buenos y malos, y entender que cada uno tiene sus razones, tratar de ir a la historia e incluso ir a lo que puede chocar, como el machismo y la hipocresía. Tratar de buscar cómo piensa ese macho, ¿no? Pensar quién construye realmente ese personaje odioso y machista. Porque cuando Patón, el macho del pueblo, habla de la muerte del hijo y dice “yo, como el machito, mis mierdas las iba a tirar lejos” reconoce que al machito le duele ser machito. Él también está preso de lo que construimos como sociedad.

 

La película ya se exhibió en muchos festivales. ¿Qué le queda de aquí en más?

Todavía vamos a pasarla en algunos otros festivales, como el de La Habana y Gotemburgo, y el año que viene la estrenaremos en Uruguay.