La irrupción del deseo

Dos miradas sobre Deshora, la ópera prima de Bárbara Sarasola-Day que se estrenará en las salas el jueves 6 de febrero y que ya pasó por el Bafici y por el Festival de Berlín en 2013.

La ópera prima de Bárbara Sarasola-Day tiene todo lo necesario para convertirse en uno de los estrenos argentinos del año. Como Villegas, Deshora consigue esa complicada alquimia entre calidad técnica, elegancia formal y pulso narrativo. Si la historia de un matrimonio en crisis que se ve minado desde afuera por la llegada de un extraño (en este caso, un primo) puede sonar familiar y hasta previsible, la directora logra que la tensión entre los personajes nunca decaiga y que la trama siempre resulte atrapante. El mundo del campo y su día a día, que incluye el desensillar un caballo hasta la cosecha de tabaco, apuntalan el relato y le imprimen una carnadura poco común a los personajes, que parecen vivos y creíbles, siempre humanos. Cuando la intriga amenaza con develarse, la película realiza un giro impensado que habrá de verse replicado, con todo su nervio y brusquedad, en el final. Diego Maté

 

Deshora parte de aquel viejo tópico del extraño que llega para trastocarlo todo: tras salir de una clínica de rehabilitación, Joaquín (interpretado por el colombiano Alejandro Buitrago; el film es una coproducción argentino-colombiano-noruega) es obligado por su madre a pasar una temporada en una remota plantación de tabaco salteña, en la que viven su prima y su marido. Un poco sin querer, un poco a conciencia, Joaquín va articulando un triángulo (no del todo) amoroso de vértices cambiantes. Y poniendo en evidencia la crisis que atraviesa la pareja, juntos y por separado.

Estos conflictos, nunca del todo explicitados, aludidos la mayor parte del tiempo de maneras elípticas, funcionan como estudio sobre el deseo, a la vez que develan los modos de relación y los juegos de poder que rigen el universo conservador y machista en que transcurre la historia, un mundo de represión y violencia.

No sabemos casi nada del protagonista, y en esto estamos prácticamente en igualdad de condiciones con los otros dos personajes; Joaquín permanece durante buena parte del film como un peligro y un misterio. Pero a medida que la historia avanza va cobrando corporalidad cuando el riesgo también se vuelve contra él. La película va construyendo un clima cada vez más siniestro; la indeterminación de la amenaza, una amenaza que pende sobre los tres protagonistas y parece irradiarse desde cada una de las esquinas de ese triángulo es lo más interesante de la propuesta. Griselda Soriano