La isla misteriosa

Con su particular estilo brutal, Nicanor Loreti, el director que llevó Kryptonita a la pantalla grande, se anima a develar el misterio que se esconde tras la extraña coincidencia entre los músicos que se quitaron la vida cuando cumplieron 27 años, con un elenco de estrellas provenientes de distintos mundos.

En la disyuntiva entre estudiar cine o abogacía prevaleció el séptimo arte. Y menos mal. El cineasta Nicanor Loreti, ávido en películas que encarnan ciencia ficción y narrativa enfundada en mundos absurdos, acaba de terminar su último trabajo, 27, el club de los malditos, que será estrenado el 4 de enero del año próximo. Un famoso cantante punk, interpretado por El Polaco, se tira por la ventana y en ese mismísimo momento es filmado por una de sus fans (Sofía Gala): a partir de ahí empieza la trama por saber qué más pasó en ese ¿suicidio?, y se asoma el personaje de Lombardo (Capusotto) para tratar de destrabar el enigma. En el medio de todo eso la vida cotidiana y las miserias de un mundo que no tiene piedad, bajo la mirada rupturista de Loreti.

 

¿En qué momento te sentiste interpelado por el cine como vehículo para contar historias?

Todo data de cuando era muy pequeño. A los cinco años, mi viejo me llevaba a ver El regreso del Jedi, y ahí ya empecé a tener algo medio innato de acordarme datos tipo actores o directores. Los reconocía mientras miraba las películas. Además me había hecho fanático de Star Wars y miraba mucho Sábados de superacción, algo clásico de mi generación. Y ahí fue donde vi Dune, de David Lynch, y me abrió a otros horizontes. Era una especie de Star Wars pero más oscura. En la primaria ya había empezado a barajar la posibilidad de estudiar cine, aunque todavía estaba entre dos cosas: o estudiaba para abogado, como mi hermano mayor, o cine.

 

¿En tus historias encontrás lazos que puedan tener que ver con momentos de tu vida?

Hay algo que empecé a notar: cuando hago películas, excepto Socios por accidente (que la escribió otro y nos contrataron), tienen cosas autobiográficas. Cuando hicimos Diablo terminó siendo como una historia de la familia de Nico (Galvano) y mía, mezclada con los elementos de acción. Me doy cuenta de que me interesa contar una historia de cómo se arma una familia, incluso afuera de la familia, y cómo los lazos de sangre tiran igual. Es algo que pasa en Diablo y en Kryptonita también. Aunque era una adaptación, más allá de que la novela de Leo Oyola ya es autobiográfica, nosotros le sumamos otras cosas como que el médico tuviera su propia familia pero estando separado. Siempre está el tema de la familia y la amistad. Trato de crear personajes con los que me gustaría pasar un rato.

 

En esta película también se establecen núcleos que trazan la cartografía de una familia despareja o esos atisbos de oscuridad que llevan inscriptos ciertos personajes, como los de Diego Capusotto y Sofía Gala.

Desde la primera versión el personaje de Lombardo (que interpreta Capusotto) estaba un poco delineado como un policía border adicto a agarrarse a trompadas, alcohólico. Originalmente el guion no funcionaba demasiado porque era más ATP, una historia careta. Hasta que me di cuenta de que el personaje de la chica, que en la primera versión del guion era más como una groupie descocada, tenía una oscuridad y algo más parecido al personaje de Capusotto. Algo así como una punk que podías encontrarte en la puerta de Cemento. Entonces, volviendo a la idea de familia, otra vez se da una relación entre ellos, que tiene una pata fuerte en eso de la familia. Ellos se hicieron muy amigos apenas se conocieron. Les gusta el mismo tipo de música: bandas oscurísimas de los 60 y 70. Y como actores tienen muchos puntos en común, no solo esa cosa de oscuridad que hay debajo del sentido del humor de los dos, también transmiten una humanidad enorme. Hay un par de escenas de ellos en la comisaria, en las que Lombardo le dice si no quiere llamar a la familia. Se da algo casi tierno entre los dos.

 

¿Cómo surgió la idea de narrar nuevamente esas muertes que ya habían quedado en el imaginario del mito urbano y agregar músicos que no forman parte de ese Club de los 27?

En la versión original, que es de 2007, la película trataba sobre un músico, que es el que interpreta El Polaco y que moría a los veintisiete años. Era una historia más conspirativa y menos absurda. Tenía más que ver con sellos discográficos y conspiraciones, pero no tenía un villano muy claro, por eso se me ocurrió que el malo podía ser un tipo que tuviera algo de resentimiento porque el propio mundo del arte tiene esas cosas de que uno envidia al otro. Ahí lo vinculé con la responsabilidad de todos los asesinatos que aparecen en la película y jugué con el fantástico con todos estos personajes, y apareció el que colecciona a los muertos a la edad de 27, por ejemplo. Por eso cuando le propuse a Alex Cox escribir las muertes de los rockeros famosos, me preguntó, dentro de su idiosincrasia punk, por qué no deconstruíamos la historia. Me acuerdo de que a partir de ahí, cuando tuvimos la primera charla de la película con Sofía Gala, me dijo que los fanáticos del rock iban a crucificarme por no incorporar algunos músicos. En resumen, nos olvidamos de la historia real y empezamos a jugar con eso.

 

¿Qué aportó que el personaje de Capusotto fuera uno de los protagonistas centrales y por qué la decisión de que fuera él?

En verdad lo que me pasó con Capusotto, al igual que con Willy Toledo (que hace de Morrison), es que son actores que pueden hacer cualquier género. A Diego lo ponés a hacer un drama súper intimista y va a ser algo espectacular. Quería que la película tuviera un anclaje en cierta cosa realista dentro el absurdo, y a Capusotto lo ves y te da alguien que tuvo vida y calle. No es un actor perfectito de película y es lo que quería. Este personaje es algo diferente de lo que suele hacer, porque lo que me había pasado en Kryptonita es que muchos me decían: “bueno, está buenísimo lo que hace pero no deja de ser un personaje clásico para Capusotto”. En cambio acá hay otra cosa, se conjuga cierta ternura con una oscuridad que sabe ser verosímil.

 

¿Qué tipo de cine es el que encontrás mayormente en tus películas?

Me gusta mucho el cine de género. Ciencia ficción, artes marciales tirando al bizarro. Las películas que más me gustaron siempre fueron las de terror, y todavía no hice ninguna, pero ese lado siempre me fue tirando y soy amigo de un montón de directores de películas de terror. Me siento muy identificado con muchos directores que van por ahí. Siempre trato de hacer las películas que me gustaría ver; trato de que sea lo más cercana posible a lo que disfrutaría como espectador. Después me sale o no.

 

Tengo entendido que tu relación con Oyola empezó a partir de una reseña de Diablo que hizo para la revista Rolling Stone, la cual tenés enmarcada. ¿Cómo se dio después llegar a trabajar con el autor de Kryptonita?

Él había hecho una reseña de Diablo en Rolling Stone y había entendido todo sobre la película. Al tiempo que salió Kryptonita lo votaron libro del año en una encuesta de Eterna Cadencia. Cuando leí de qué se trataba dije: este es para mí. Me gusta el escritor y era muy fanático de los cómics. Todo se originó con Kryptonita, pero después de aquella reseña ya me quedó algo que nos iba a unir.

 

Con tanta producción de cine nacional que hay, se podría hablar de que el paradigma con los espectadores cambió un poco respecto de su consumo. ¿Cómo ves ese cambio desde tu lugar de director?

En los últimos 15 años un poco se rompió la barrera de que el cine argentino no está bueno. Ese prejuicio me parece que se mantiene en ciertos estratos sociales, que es el mismo que se va a quejar de que Carmen Barbieri se hizo una cirugía. Me acuerdo de que, cuando salió Kryptonita,mucha gente se quejaba y decía: “bueno, para hacer esto, lo hacen mejor afuera”. Eso se puede decir de los políticos o de los futbolistas que no meten goles, o que sí los meten pero no son los suficientes. O sea, ese tipo de espectador no sirve en ningún caso. El troll se queja de todo en la vida. Desde la mujer del otro hasta la película que sea. Más allá de eso, hay gente que mira mucho cine argentino, y yo soy uno de ellos. Creo que el problema, más bien, es de distribución, pero no tiene que ver con que el público no vaya al cine. Si las películas estuvieran bien distribuidas, la gente iría. Si vos tuvieras una política de cine proteccionista como tienen otros países, quizás esa industria hubiera podido crecer y la duración en cartelera sería del tiempo que corresponde.

 

27, el club de los malditos

De Nicanor Loreti

2017 / Argentina

Estreno: 4 de enero (Energía Entusiasta)