Nota publicada en la edición impresa del número de enero/febrero de 2012.
En un contexto en el que ya no parecen sobrevivir demasiados tabúes, existe uno que, por cotidiano, pasa desapercibido: la maternidad. Que una mujer elija no ser madre aún despierta, para algunos, desconfianza; ni hablar de pensar (y mucho menos de enunciar) que la maternidad pueda tener un costado negativo. Es difícil encontrar retratada la discordia entre madre e hijo sin que de por medio haya algún señalamiento moralista. En ese sentido, Tenemos que hablar de Kevin se arriesga al construir una situación y unos personajes que pueden resultar hostiles a buena parte de su público.
La película no lo verbaliza –como no explicita muchas cosas-, pero queda claro que Eva no quiere ser madre, y que la llegada del pequeño Kevin representa una serie de molestias que lentamente parecen ir transformándose en traumas. Kevin es la personificación de todos los miedos que puede tener una madre; indiferente y cruel, es un psicópata en el sentido clínico del término, y esta condición se manifiesta desde su infancia y estalla en su adolescencia, cuando comete una masacre al estilo Columbine en su escuela.
Al decir esto no estamos anticipando mucho: la película va y viene en el tiempo, entre el presente de una Eva devastada y los saltos al pasado con los que intenta descifrar, de manera infructuosa, lo que pasó, y con la masacre como vórtice y agujero negro. Todo el relato –fragmentario, lleno de vaivenes y asociaciones libres- está filtrado por su subjetividad. En la piel de Tilda Swinton, Eva es un personaje fuerte y complejo: no es fácil juzgarla –Kevin es objetivamente perturbador- ni tampoco sentir empatía por ella, que oscila todo el tiempo entre la angustia y la claustrofobia de una vida que no parece haber escogido, y una frialdad que se ve reproducida al extremo en su vástago.
Tan lejos del minimalismo de Elephant, de Gus Van Sant, como de la denuncia sociológica de Michael Moore en Bowling for Columbine, Tenemos que hablar de Kevin es una barroca exploración psicológica que no se priva de ningún recurso a la hora de instalar al espectador en medio de un clima de permanente incomodidad: a partir del montaje, vertiginoso y discontinuo, los encuadres hipercalculados, la música de Jonny Greenwood, el trabajo cromático (con un uso recurrente del rojo furioso), y más, el film conduce al espectador de un estado a otro y construye una tensión creciente. Entre la efectividad y el efectismo, la película por momentos roza el exhibicionismo formal, y en otros golpea fuerte desde lo audiovisual, con armas legítimas.
El planteo inicial pierde un poco de fuerza al ir descubriendo que Kevin es poco menos que una encarnación del Mal. Es cierto que vemos lo acontecido desde los ojos de Eva, pero la oscuridad que emerge en los momentos más sugerentes (y también incómodos) del film, aquellos en que la hostilidad de Eva hacia Kevin (y viceversa) es más ambigua y difusa, hace lamentar que la película no haya profundizado esa línea y haya tomado un camino, si se quiere, más convencional.
Tenemos que hablar de Kevin es una película despareja, a la vez compleja y reduccionista, angustiante, perturbadora y molesta (en el buen y en el mal sentido). Pero hay en ella una fuerza innegable (responsabilidad, en parte, del sobresaliente trabajo de Tilda Swinton) que sacude al espectador con mejores o peores estrategias, según el caso, estrategias que habilitan la discusión, y que -finalmente y a pesar de todo- dejan una sensación amarga en el cuerpo.