La mirada invisible

Assayas lo hizo de nuevo. El otro lado del éxito, con Juliette Binoche y Kristen Stewart, recuerda a su gran Irma Vep por tratar otra vez los temas de la representación. Y ese tópico también es compartido con la recientemente premiada Birdman, aunque su tratamiento parecer ser opuesto.

Si hubiera que buscar un rasgo que defina por completo el cine de Olivier Assayas, uno solo, habría que señalar su manera personalísima de mirar y de dirigir sus historias. En sus películas, la cámara suele barrer el espacio y a los actores con una libertad pocas veces vista, y sus relatos nunca resultan forzados; es como si los guiones dejaran que la narración crezca y avance por sí sola. En manos de Assayas, el cine se invisibiliza hasta que casi tenemos la sensación de que eso que ocurre en las imágenes no es muy distinto de lo que pasa alrededor de nosotros; las películas borran sus límites y se confunden con lo que hay por fuera de la pantalla. Cualquier arte demanda una ingeniería compleja, y más todavía aquel que cubre sus huellas y logra convencernos de su autenticidad: Assayas hace el mejor cine sin que nos demos cuenta. Y si encima ese cine habla de una filmación o de la puesta de una obra de teatro –o sea, de la representación– y no resulta falso o impostado, estamos ante un verdadero prodigio.

El otro lado del éxito (título feo y engañoso con el que se estrena Clouds of Sils Maria) cuenta la historia de Maria Enders, una actriz que supo ganarse una reputación hace décadas en la obra Maloja Snake, de Wilhelm Melchior, la cual narra la relación enfermiza de una joven asistente con una empresaria que termina suicidándose. Tras la muerte súbita de Melchior, Maria, que había interpretado a la asistente, recibe la oferta de protagonizar nuevamente Maloja Snake, esta vez en el papel de la empresaria. Sus reparos son más o menos comprensibles: el ofrecimiento del papel certifica el paso inexorable del tiempo y, en la obra, la pérdida de la juventud aparece asociada a la fragilidad emocional; de la joven poderosa que interpretó en su momento, capaz de conquistarlo todo, Maria pasaría a convertirse en la mujer madura que es manipulada y utilizada por su secretaria. Para colmo, para su supervivencia cotidiana Maria cuenta con el trabajo de su propia asistente, Valentine, una chica lindísima e inteligente que parece ponerle bastante más empeño a su profesión que a su vida sentimental (gran actuación de Kristen Stewart). El parecido entre el dilema de la obra y la situación de Maria con Valentine está a flor de piel, no hay que ponerse a buscarlo: la película enuncia con claridad el solapamiento de conflictos para que el espectador y los críticos no gasten tiempo y energías en hablar de cajas chinas y no se pierdan cosas importantes.

La relación entre Maria y Valentine exhibe los signos de una cordial cotidianeidad: las dos se respetan, saben qué le preocupa a la otra y cómo llegar a ella, se entienden casi sin esfuerzo y se toleran lo más que pueden. Al igual que en Las horas del verano o Clean, acá también Assayas es capaz de hacer asomar sutilmente las pequeñas fisuras que agrietan los vínculos humanos; el conflicto aparece tan gradualmente que es fácil olvidar que se está frente a un relato tradicional. Es que, en sus guiones, el director suele prestarle mucha menos atención a la eficacia narrativa que a los rasgos de los personajes y a la materia misma de la que están hechas sus criaturas. Mientras la trama avanza y la tensión entre las protagonistas parece dibujarse cada vez con más nitidez, la película va explorando la personalidad de cada una a partir de pequeños gestos, de comentarios al pasar y de momentos casi insignificantes que adquieren un brillo inesperado. Además de con las inseguridades y los arranques de divismo de Maria –por lejos lo más ruidoso del personaje–, la cámara parece embelesada con su caminar, con la manera entre satisfecha y distraída en que Juliette Binoche bambolea las caderas; hay en ese andar una displicencia mayúscula que no se sabe bien a quién pertenece, si a Maria o a la actriz, y que la película captura fugazmente, con la disposición furtiva que demandan las cosas hermosas que están condenadas a desaparecer. Por otra parte, Juliette Binoche debe ser una de las pocas actrices en el mundo capaces de agregar esa intensidad sin perderse en la cuestión de la autorreferencialidad (quizás ayude el hecho de haber tenido papeles similares antes: en Código desconocido, de Haneke, hace de una actriz que trabaja en una película sobre un secuestro; en Copia certificada, a su vez, el cambio “meta” que se produce sobre la mitad de la historia pide una singular elasticidad interpretativa. A fin de cuentas, puede ser que la Binoche sea una suerte de especialista en esto de actuar en más de una historia a la vez. Assayas, por su parte, ya había dirigido Irma Vep).

La inteligencia de El otro lado del éxito se aprecia bastante mejor si se la piensa como parte de un sistema que comparte con Birdman, otra película que habla de la representación, y que viene de arrasar en los Oscar. La última de Iñárritu también cuenta los avatares de la puesta de una obra pero, si el mexicano está seguro de ver la maldad y el cinismo como cifras únicas de su cine, Assayas renuncia a cualquier clase de certeza y trata de explorar las zonas más misteriosas de su universo. Solo así puede conseguir una escena impresionante como la de la siesta en la montaña, cuando las dos protagonistas, después de haber caminado mucho, discutir y bañarse en un lago, se quedan dormidas y se despiertan cuando está oscureciendo. La diferencia entre Iñárritu y Assayas no radica en la visión del mundo que ambos tienen (ser misántropo nunca hizo a nadie mejor o peor director), sino en la manera en que se acercan a sus materiales: el cine de Assayas, con su notoria voluntad de ver más allá de la narración y de no emitir ninguna clase de sanción, consigue un ancho cinematográfico que las películas de Iñárritu, siempre ocupadas en confirmar una tesis precocida sobre la sociedad, nunca podrían alcanzar. Tan así es que toda la tesis de Birdman acerca del cine de superhéroes es desmantelada en apenas un diálogo de El otro lado del éxito: aquel que tiene lugar cuando las protagonistas discuten sobre una película de ciencia ficción que acaban de ver y Valentine se enoja con la seguidilla de lugares comunes intelectualoides que le espeta Maria, y que no son muy distintos de los argumentos sobre el género que Iñárritu deposita en la molesta voz en off de su película.

Para seguir con las comparaciones, hay que decir que Birdman está construida a base de largos planos secuencia que parecen señalar todo el tiempo su propio virtuosismo; el estilo se hace visible, la película busca impresionar al público apelando a una mera destreza técnica: en manos de Iñárritu, el cine es apenas una acrobacia vistosa. En cambio, Assayas es dueño de un estilo libre pero discreto, capaz de imprimir tanto dinamismo como reposo: la puesta se adapta increíblemente a cada situación sin que la mano del director se haga evidente (un ejemplo notable de esa capacidad está en Después de mayo, en la que Assayas puede manejar escenas de intensidades disímiles –desde una persecución hasta la separación de una pareja– siempre recurriendo a un mismo registro audiovisual). Hay algo de anfibio en el cine del francés que lo vuelve un espécimen singular dentro del panorama de la contemporaneidad, como si sus imágenes estuvieran aptas para soportar toda clase de historias tanto como para escrutar el mundo y sus habitantes en sus pliegues más recónditos. El otro lado del éxito, al igual que el resto del cine de Assayas, nos dice que hay belleza en los lugares menos pensados y nos enseña a buscarla; pocos directores son tan generosos.

 

El otro lado del éxito

Olivier Assayas

Estreno: 11 de junio

2014 / Francia - Estados Unidos / 124 minutos

Alfa Films