La narración de la Historia

Basada en un libro y en el testimonio del miembro retirado de la CIA Tony Mendez, la incómoda Argo narra el rescate de seis diplomáticos estadounidenses ocurrido durante la crisis de los rehenes de Irán, en 1979.
John Goodman, Alan Arkin y Affleck, los pilares de Argo.

 

Nota publicada en la edición impresa del número de octubre de 2012.

 

El tercer largo de Ben Affleck pone un pie en la Historia y otro en el drama, cuenta un hecho real pero se toma licencias, la Historia es un material para su propia historia. Solo leer la premisa alcanza para reconocerle al director su capacidad para no quedarse quieto, para colocarse (sin necesidad, probablemente) en lugares incómodos. Ben Affleck pasó de filmar dos películas impecables, fundamentales, cuyo eje era el barrio, a meterse de lleno en una crisis internacional que sucede hace treinta años. El cambio es enorme, aunque la elección tampoco debería sorprender demasiado después de ver Atracción peligrosa, su inmensa y ambiciosa segunda película: allí se lo notaba demasiado seguro de sí mismo, los límites del barrio y de la transposición literaria ya no podrían contenerlo por mucho tiempo.

Entonces, Ben Affleck es un director intrépido, que elige y busca posiciones nuevas, lugares inéditos desde los cuales contar y mostrar. Eso explica que Argo sea, a su vez, una película incómoda. Esa incomodidad surge, por ejemplo, de una visión anacrónica, romántica del cine: en el universo de Argo (o sea, en el nuestro de hace tres décadas) el cinematógrafo es una máquina fantástica capaz de crear ficciones para salvar el mundo. No hay películas actuales que propongan eso sin recurrir al comentario nostálgico (Hugo, El artista; ninguna transcurre en un tiempo histórico, sino emotivo). Argo, en cambio,lo hace con humor, con gracia, no cree en la nostalgia fácil (moneda corriente en nuestros días), sino en la vitalidad del pasado, y defiende el poder creador del cine en una época caracterizada por la desconfianza hacia las imágenes.

El rescate real se hizo mediante una acción conjunta entre el embajador canadiense en Irán y la CIA, la estrategia fue inventar un rodaje ficticio de una película de ciencia-ficción clase B para organizar el escape de los rehenes bajo la identidad de técnicos y realizadores. La idea es más disparatada que un relato de ficción, pero la incomodidad no es fruto de las intenciones de Affleck, sino del devenir histórico, aunque él aprovecha estos materiales al máximo: su película hace hincapié en la preparación del falso rodaje que, para tener éxito y no ser descubierto, debe parecer perfectamente plausible a las autoridades iraníes. El relato se distiende, la “producción” empieza a copar el relato y la crisis internacional, o sea, la parte seria y grave de la película, por un momento es olvidada en favor del descaro, los problemas presupuestarios y el cinismo de los dos productores (los verdaderos pilares del film de Affleck: los geniales Alan Arkin y John Goodman).

Cuando la trama es ganada por el suspenso, cuando la suerte de los rehenes es puesta en duda (Argo es como Titanic: saber cómo terminó el suceso real no perjudica el interés), el director muestra un buen pulso para los diálogos rápidos y para construir tensión a partir de la rutina cotidiana de los personajes. Pero también exhibe una mirada un poco inocente sobre la política: la CIA es una agencia benévola que solo peca, a veces, de burocrática e incapaz; al calor de la revolución, el pueblo iraní aparece como una turba asesina de la que, salvo por un personaje desencantado, no asoma nada cálido ni remotamente humano. El final, celebratorio y solemne, arruina un poco la lucidez general del tono más bien cómico y alucinado que había sumado la narración del rodaje ficticio. En el texto anterior se dice que el Ben Affleck director aprende rápido, que es un alumno aventajado de la mejor tradición del cine estadounidense: Argo, aunque sea una película aceptable, deja ver sus primeros traspiés. Ben Affleck también se equivoca, pero vale la pena seguirle el rastro de cerca.