La reconstrucción

Se estrena La Paz, séptimo largometraje del siempre inquieto director y dramaturgo cordobés Santiago Loza. Dos miradas sobre la ganadora de la competencia argentina del último Bafici.

Los gags esporádicos y levemente extraterrestres de La Paz, la película ganadora del Bafici pasado, la convierten en lo más parecido a una comedia dentro del universo de Santiago Loza. El director de Extraño y La invención de la carne filma con rigor y elegancia la historia de un joven recién salido de un psiquiátrico que no logra interesarse por nada. Los encuadres medios se alternan rítmicamente con los primeros planos, y Loza consigue algo fuera de lo común: enrarecer el clima de la historia pero sin que eso vaya en desmedro del cariño por los personajes. La Paz, ciudad natal de Sonia, la mucama boliviana de la casa, funciona como un punto de fuga que pone entre paréntesis el espacio de la historia: hay otros mundos posibles más allá de la desorientación y los medicamentos que ahogan al protagonista. El relato libera un poco de tensión con el personaje luminoso de la abuela, la tilinguería amable de la madre o los rituales iniciáticos propiciados por el padre. Entre otros prodigios, el director logra que su protagonista se quiebre en plano mientras maneja una moto; son pocos los cineastas capaces de lograr semejante virtuosismo. Diego Maté (Nota publicada en el #136 de Haciendo Cine).

 

Por esas casualidades que solo se perciben en los festivales, el punto de partida de La Paz tiene algún que otro punto en común con Deshora: la última película de Santiago Loza se abre con la salida de Liso (Lisandro Rodríguez) de un hospital psiquiátrico luego de una internación. Pero ahí terminan las similitudes: Liso, cuyos problemas nunca serán del todo explicitados, regresa a casa de sus padres, una familia de clase alta cuyo desmembramiento se va percibiendo de manera sutil. La película va abriendo pequeñas líneas de conflicto de maneras más o menos implícitas (como, por ejemplo, a través del hecho de que los padres casi no comparten escenas). Y va acompañando al protagonista en su intento por encontrar un lugar en ese afuera con el que no parece poder reconectarse: ni su familia, ni sus amores, ni sus deseos parecen tener el peso suficiente como para sacarlo de la oscuridad que lo rodea.

Pero lo más interesante del film, como suele ocurrir con frecuencia en la obra de Loza –tanto en el cine como en el teatro–, son sus personajes femeninos. Loza y sus excelentes actrices construyen a los personajes con sutileza, les añaden capas que los complejizan y los separan de los estereotipos sociales en los que fácilmente podrían haber quedado encasillados. Por un lado está su madre, una sobreprotectora mujer de clase alta que no sabe cómo aliviar el dolor de su hijo. Por el otro, los únicos dos personajes con los que Liso parece lograr conectarse: su adorable abuela y Sonia, la empleada boliviana que trabaja en la casa, otra madre en conflicto (aunque uno totalmente distinto) cuya relación con Liso brinda los momentos más bellos del film. Sonia también será quien, sin saberlo, vaya abriendo un camino posible para un personaje que parece no tener salida; un movimiento que la película acompaña encaminando el relato hacia un desenlace más clásico que, tras un estallido, se pregunta por la posibilidades de reconciliación, con uno mismo y con los otros. Griselda Soriano (Nota publicada en el #134 de Haciendo Cine).

La Paz se estrena en las siguientes salas:
Village Recoleta, Gaumont, Arteplex Belgrano, BAMA, Cosmos.