Las diabólicas

“El corazón nos late a un ritmo parecido”, dice Piñeiro sobre sus actrices. Con infinita gracia, lucidez y talento, vienen iluminando la pantalla desde la ópera prima del director.
María Villar, Agustina Muñoz y Romina Paula, en Viola.

Nota publicada en la edición impresa del número de agosto de 2013.

Hay chicas Bond, hay chicas Almodóvar. Y también hay chicas Piñeiro. Se las puede encontrar por la ciudad, corriendo misteriosamente de un lado a otro, con alguna misión secreta que solo ellas conocen. Golpean nuestras puertas para entregar CD copiados a domicilio o se introducen silenciosamente en casas de antigüedades para vender piezas robadas de un museo; María Villar es la chica piñeireana por excelencia, la que borda la trama de las cuatro películas del director. Pero todas mienten, y de vez en cuando el saldo de sus artimañas es un hombre robado.

También pueden ser vistas en una quinta al costado de la ruta, donde tejen una complejísima red de romances cruzados (y compartidos) hasta que una de ellas, Helena (la gran Romina Paula), termina con todo cuando se va de la casa para enfrentar su destino último: la reconociliación final de los linajes de Sarmiento y Rosas. Pero antes, Helena y Mónica (María Villar) habían pergeñado un sofisticado juego de intrigas en el que todos los habitantes de la casa pasaban a conformar un simple engranaje más. Al menos hasta que, debido a la traición de Mónica, el engaño no sólo no se disipa sino que se vuelve sobre sí mismo y complica hasta límites impensados.

A veces pueden ser reconocidas cuando ocupan un espacio a la distancia y fingen estar haciendo otra cosa, como si no tuvieran nada que ver con lo que está pasando. Son las chicas que observan, menos visibles que las conspiradoras pero igualmente importantes. Se trata de un rol cumplido, entre otras, por Julia Martínez Rubio, que en El hombre robado compone a una ex novia a la que las protagonistas se cruzan intermitentemente, casi por azar entre los senderos del Parque Thays, como si fuera parte de la flora del lugar (en Rosalinda, en cambio, Rubio rodeará a los personajes misteriosamente desde un bote)

 Por último, para descubrirlas, un rasgo insoslayable: es probable que, de dar con ellas, se las pueda ver leyendo en voz alta artículos o notas del diario personal de Sarmiento y discutiendo los motivos del autor, todo de manera divertida y sin ningún ánimo de pretensión histórica o de seriedad. Desde hace dos películas es factible encontrarlas ensayando obras de Shakespeare, diciendo sus líneas sin gravedad y arrancando de los textos shakespereanos la belleza y la vitalidad que todas y cada una de las adaptaciones al cine olvidaron sistemáticamente. Además de la Villar y la Paula, podría ser avistada Agustina Muñoz poniéndole el cuerpo a las palabras y despojándolas de cualquier carga dramática hasta que de ellas no queda más que la belleza del sonido y de la repetición. Pero sobre todo, con Sarmiento y Shakespeare o sin ellos, siempre estarán preocupadas por asuntos del corazón, de ellas y de otros, siempre discutiendo los pequeños y ambigüos rituales que atañen al amor.

Si llegara a encontrarlas, no lo dude: prepárese para pasar a integrar una complicada máquina de manipulación, ser un espectador casual de ensayos improvisados que ocurren en cualquier lugar (preferentemente durante una tarde de sol al aire libre), y convertirse en el hombre con más suerte del mundo.

Por ese palpitar

Dice Piñeiro: “En esta serie de Shakespeare las actrices son el punto de partida. Son la razón por la cual empecé a hacer cada una de estas películas. Yo las conocí yendo a ver las obras, o por medio de amigos, y se armó como una cotidianeidad. No es que nos veamos todos los días ni mucho menos, pero yo a veces siento que el corazón nos late a un ritmo parecido. Es gente que encuentro muy talentosa e inteligente y que me ayuda a mejorarme. Yo ofrezco un guión que está escrito y dirigido para ellas, pero al mismo tiempo ellas me iluminan cosas que yo no me había esperado. Considero que lo que ellas pueden llegar a decir de lo que yo les estoy proponiendo va a hacer que la cosa sea mejor (ellas y ellos, porque en estas dos películas las mujeres son el eje central, pero en la próxima va a ser un hombre). Me asocio y me gusta estar cerca de gente que puede ayudar a que en el diálogo la cosa mejore”.

 En la edición de agosto de Haciendo Cine se puede leer, además, una extensa entrevista a Matías Piñeiro.

Y acá, la reseña de Viola que hizo Griselda Soriano en su cobertura del Festival de Berlín 2013.