Los límites del control

Habiendo hecho de la reclusión del guionista un espectáculo, Charlie Kaufman no tenía otro destino que el de dirigir. Después de la grave Synecdoche, New York, con Anomalisa el autor vuelve a exhibir sus habilidosos recursos y a olvidarse de lo que quería contar, convirtiéndose otra vez en una víctima de su propia telaraña.

Es un verdadero mérito que, en estas épocas en las que los guionistas emigraron hacia la pantalla chica para transformarse en “creadores” de series televisivas, Charlie Kaufman insista con el cine. O, mejor dicho, realizó el camino contrario, ya que, como indica su biografía, la televisión fue su primer trabajo. Aunque, a decir verdad, el gran logro de Kaufman fue el de instalar su nombre como marca de fábrica siendo guionista. Una fábrica personal (y atendida por su dueño) dedicada a crear historias a priori imposibles de ser filmadas pero que, en la mayoría de los casos, se transformaron en películas, incluso exitosas, como lo demuestra el Oscar que ganó por Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), premio compartido con el director Michel Gondry y con el ignoto Pierre Bismuth. Sin embargo, así son las historias de ascenso y caída (o viceversa) en Hollywood, y las aspiraciones del guionista lo llevaron hacia el logro máximo que cualquier persona relacionada con el cine –según parece– aspira alcanzar, al menos en Estados Unidos: transformarse en director de cine. Synecdoche, New York - Todas las vidas, mi vida (2008) fue una película tan ambiciosa como fallida.

A diferencia de en sus guiones anteriores, aquí el humor fue suplantado por la solemnidad. La depresión, la angustia y la ansiedad de los personajes seguían estando presentes, pero esta vez esos rasgos no eran utilizados desde el humor, sino como pesadas marcas autorales que nos indicaban, una y otra vez, que estábamos en presencia de algo importante. El protagonismo del finado Philip Seymour Hoffman no hizo más que agregarle angustia a una película asfixiante, depresiva y de una tristeza que parece cubrirlo todo. Synecdoche… fracasó en términos tanto económicos como artísticos. Paradójicamente, es el destino de la megalomanía uno de los temas de la película. Como un mago que repite sus trucos, aun los más espectaculares, la obra de Kaufman parecía caer en un vacío o, peor aún, girar en falso. Aunque esto en verdad ya había ocurrido con El ladrón de orquídeas (2002), película terminal en la que el autor clausuraba con mucho (demasiado) ingenio el concepto de guion y sus diferentes usos y aplicaciones, y creaba, finalmente, una oda celebratoria a los guionistas y su trabajo.

Pero volvamos al presente. Luego de una ausencia de siete años, Kaufman vuelve al cine. Anomalisa nace como un proyecto con el músico Carter Burwell (algo llamado Theater of the New Ear) y es la historia más lineal de las escritas hasta ahora por su autor. Que sus protagonistas sean muñecos animados es un dato más. Si en la obra del director los hilos de la narración siempre estuvieron a la vista como parte de los recursos narrativos, ¿por qué no llevar esto al extremo (hacerlo literal, el chiste favorito de Kaufman) y darles el protagonismo a unos parientes de los títeres que tan hábilmente manejaba el personaje interpretado por John Cusack en ¿Quieres ser John Malkovich? (1999)? Sin embargo, la particularidad de esta decisión desaparece cuando se enfrenta con su trama. Una historia típica de la literatura norteamericana y su realismo sucio. Y también de su equivalente cinematográfico, ese cine independiente que suele ser el 90% de la programación de festivales como Sundance o SWSX. Casi un Raymond Carver con toques disparatados (a Kaufman le interesa ser original, no el surrealismo, algo que desbarataría su controlado y exhibicionista ingenio). Una historia que se asemeja demasiado (dios mío) a Belleza americana (1999), aquella película en la que un exitoso empresario caía en desgracia por culpa de un aburrimiento leído como existencialismo (y de una espectacular Lolita interpretada por Mena Suvari, todo sea dicho).

El protagonista de Anomalisa es Michael Stone, exitoso autor de un libro motivacional para vendedores titulado How May I Help You Help Them?, quien, gracias a un viaje que realiza para una lectura de su obra, pasará una noche en un hotel (esas secuencias que muestran rutinas hoteleras son lo mejor de la película), se encontrará con un viejo amor trunco y posteriormente con Lisa, una vendedora que le mostrará la posibilidad de que exista un amor tan verdadero como breve. Lisa, quien dará el título a la película, es el típico personaje creado por las fantasías masculinas, una mujer diferente oculta debajo de una supuesta normalidad. Alguien simple que echará un poco de luz a las angustias del atribulado protagonista (de paso, como indica el manual del cine indie norteamericano, una canción popular creará un momento “epifánico” entre ellos) pero, sin embargo, los encantos de Lisa no serán suficientes para cambiar su, al fin de cuentas, perfecta vida. Stone volverá a su familia y todo seguirá su curso. Aunque, como parece indicar esa extraña muñeca japonesa que atraviesa la trama, algo ha ocurrido. Ese objeto, que puede tener algún significado o solo ser un capricho más de un hábil guionista, es el tipo de recursos que marcan el límite de cierto cine que, al querer dar cuenta del comportamiento humano, no hace otra cosa que jugar con muñequitos.

 

Anomalisa

Charlie Kaufman y Duke Johnson

Estreno: 4 de febrero

2015 / Estados Unidos / 90 minutos

UIP