Los largos caminos del corto en la Argentina

La gran cosecha de cortos argentinos en 2011 continúa este año con el agregado de una mayor visibilidad: una pre selección a los Oscar de la mano de Zaramella, mayor presencia en Cannes y nuevas posibilidades de exhibición, a las que se suma el creciente apoyo de la televisión. Motivaciones y expectativas de una nueva y heterodoxa camada de cortometrajistas argentinos.
El traje, bellísimo filme de Luna Paiva y Agostina Gálvez.

Nota publicada en la edición impresa del número de junio de 2012.

 

Como cualquier mapa hecho a mano alzada, que puede variar según el grado de observación y el pulso de su cartógrafo, lo que sigue es sólo uno entre muchos recorridos posibles, una serie de notas sueltas que expresan una mirada acotada, subjetiva y esperanzada sobre el estado de los cortometrajes filmados en los últimos años en la Argentina. Lo que acá se dice se ve confrontado, a su vez, con las opiniones de los autores de diez de las obras más sobresalientes de 2011, que se exhibieron juntas en un ciclo gratuito en la Biblioteca Nacional. Ellos –y muchos otros- son responsables de una tendencia creciente de renovación y consolidación del formato en el país.

 

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Es indudable que desde hace algunos años el género se encuentra en franco crecimiento, tanto en materia de cantidad como de calidad técnica y artística. Así se percibe, por ejemplo, cuando uno tiene la posibilidad de apreciar la diversidad estética y la lucidez de los temas propuestos por muchos de los 59 cortos que participaron en las competencias y muestras de la última edición del BAFICI. 

Esta tendencia se observa en el éxito de las escuelas de cine, verdaderos focos de producción y pensamiento de miles de futuros directores, y la multiplicación de espacios pensados para el fomento y la difusión del género, como las Jornadas Uncipar en Villa Gesell; o el concurso federal La Noche del Cortometraje (que distingue al mejor entre todos los cortos premiados en distintos festivales del país); o las competencias y muestras de otros festivales y espacios como Mar del Plata, Río Negro, Fesaalp, Festi-Freak, Marfici, Oberá, Inusual, Rojo Sangre, Flavia y muchísimos tantos otros.

El cortometraje argentino tuvo una gran cosecha durante 2011. Todos los géneros, las estéticas y los modos de producción han estado presentes en una abundante y heterodoxa camada. Desde films complejos y ambiciosos que apuestan a lo grande, hasta modestos cortometrajes donde una idea potente y original echa por tierra la necesidad de un gran presupuesto. Lo bueno del corto es ser un formato que desafía al cineasta porque le ofrece total libertad para expresarse en menos de 30 minutos.

La marea creativa alentada por las características propias del formato siguió creciendo durante lo que va del año y promete no detenerse.  El traje, bellísimo filme de Luna Paiva y Agostina Gálvez, Pude ver un puma, experiencia surreal de Teddy Williams que estuvo recientemente en Cannes, Oaxaca Tohoku, documental experimental de Pablo Mazzolo, La casa, de Paola Michaels, y Noelia, de la actriz María Alché, son sólo algunos de los trabajos exhibidos en el último BAFICI que así lo demuestran.

Las razones del crecimiento de los espacios dedicados al cortometraje (que se está extendiendo con fuerza a internet y a la televisión, en canales como INCAA TV, I-Sat, Encuentro, Canal (á) y el Canal de la Ciudad), y del movimiento de flujo y reflujo creativo que éstos provocan, pueden intuirse en una combinación de procesos simultáneos y confluyentes.

Entre ellos figura la continuidad de una política de fomento expresada a través del INCAA y sus Historias Breves, la multiplicación de miradas y reflexiones sobre el cine en ámbitos académicos, el interés cada vez más grande de los festivales por el formato, la democratización que supone el acceso directo a cámaras y software de edición y, especialmente, la actitud apasionada de miles de realizadores que avanzan con sus proyectos con grandes ideas y lo poco que tienen a su alcance.

 

 

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Existe actualmente una variedad de propuestas personales, en lo narrativo y en lo estético, un alto nivel en la realización y una gama de posibilidades de producción que va de lo artesanal e íntimo a lo masivo e industrial. Así quedó plasmado durante el ciclo gratuito “10Cortos10. Cosecha 2011”, que se realizó en la Biblioteca Nacional y que fue organizado por La Nave de los Sueños y los que suscriben esta nota.

En ese sentido, son bienvenidas las opiniones de los propios realizadores, ya que en ellas podría rastrearse –directa o indirectamente- el origen de esta corriente de energía. ¿Qué piensan, por ejemplo, del cortometraje como formato con peso propio? ¿Qué desafíos narrativos les propone? ¿Qué posibilidades expresivas les ofrece?

A Juan Pablo Zaramella, director de Luminaris, preseleccionado para el Oscar y ganador de los premios del Público y Fipresci en Annecy 2011, le atrae el hecho de “tener que transmitir algo en poco tiempo, de ser conciso e ir al grano en la narración con una duración limitada. Hacer cortos, además de ser un gran ejercicio, es abordar un género que en sí mismo tiene un valor enorme”, afirma este especialista en animación, que ya había sorprendido con El guante y Viaje a Marte.

Para Natural Arpajou, guionista y directora de Lo que haría, que ganó en Mar del Plata, La Noche del Cortometraje y el reciente Uncipar, “hoy por hoy cualquier persona con algo que contar puede agarrar una cámara y hacer una película corta. Es decir que el formato democratiza el cine. No necesitás de grandes sumas para expresarte. El corto te desafía a sintetizar, y eso requiere de un ejercicio de ingenio y administración de los recursos muy interesante”.

“El corto es el primer balbuceo visual con el que experimentamos; haber atravesado una vida de experiencias te lleva a revisitarlo y redescubrirlo. Y es ahí donde te das cuenta cuán poco necesitás para contar cosas enormes”, opina Pedro Cristiani, director de Deus Irae, otro de los filmes que integraron la muestra en la Biblioteca Nacional. Y añade: “Su mayor riqueza es su duración. Esos personajes, esas situaciones que estamos espiando, en realidad pertenecen a una historia más grande que viene de un antes y que continuará después, pero que por un capricho espacio-temporal podemos espiarla durante ese pequeño lapso”.

Si el filme de Cristiani –que muestra el impactante proceso de exorcismo de una joven poseída por el demonio- es un claro ejemplo de una gran producción donde se nota una inversión acertada de los recursos y efectos especiales, Vine solo, de Martín Boggiano, representa un estilo de obras mucho más económicas, de corte artesanal e íntimo, donde un autor suele asumir todos los roles y, además de dirigir, escribe el guión, produce, dibuja, fotografía, edita y hasta genera su propio sonido. 

“Está bueno hacer cortos que se pueden llevar a cabo sin tanta inversión. Eso te da más espacio para probar cosas, equivocarte y aprender”, afirma Boggiano, y agrega: “Me gusta que los cortos cierren y me cuenten un cuento.  Casi cualquier cosa creo que es digna de ser filmada si realmente el realizador está convencido”.  A pesar de las diferentes maneras de encarar sus producciones, el pensamiento de Boggiano parece coincidir con el de Cristiani, porque él también piensa que “todo es digno de ser filmado. Lo que lo vuelve único es simplemente la mirada del cuentacuentos. Pero lo que vuelve conmovedor a un tema no es la anécdota que lo rodea ni el tecnicismo, sino la exposición, la honestidad con la que está contado”.

La honestidad y el impulso íntimo de abordar un tema o narrar una historia parecen importantes también para Vladimir Durán, director de Soy tan feliz, corto que compitió por la Palma de Oro en Cannes 2011. Para él, lo atractivo surge “cuando hay una sensación de verdad y de autenticidad en lo que se ve. Cuando percibo una visión del mundo que no se podría transmitir racionalmente”, dice el cineasta, para quien “lo único importante a la hora de filmar o de apreciar cine como espectador es que sienta en mí o en el autor un impulso auténtico de contar algo. Que haya un altísimo grado de verdad personal”.

Las motivaciones de Alex Piperno parecen ser otras. El director del misterioso La inviolabilidad del domicilio se basa en el hombre que aparece empuñando un hacha en la puerta de su casa, que participó de la Semana de la Crítica en Cannes 2011, elige el espacio del corto por “la posibilidad de no tener que hacerme cargo de una totalidad”.

“Un largometraje es casi siempre el despliegue de una coherencia, de un proyecto de normalidad, que necesita sostenerse en una duración y que para eso tiene que inventarse una estrategia; estableciendo relaciones causales, instalando un orden y poniéndolo en riesgo o lo que sea”, explica con agudeza, y agrega: “Un corto no tiene tiempo para estructurar un relato. Se limita a presentar un acontecimiento. Es más bien una intuición, una posibilidad de mundo que perfectamente podría no funcionar”.

Para El Niño Rodríguez, autor del genial Ni una sola palabra de amor, un filme realizado en base a la cinta encontradade un contestador automático, las razones que lo acercaron al corto son “la proximidad y la inmediatez. De pensar un corto a realizarlo pueden pasar pocos días. No sé si me interesaría algo que se demora mucho tiempo”.

En tanto, Ariel López V y Mariano Benayon, codirectores del filme de animación Zombirama, ganador del Buenos Aires Rojo Sangre 2011, coinciden en que “el formato cortometraje es muy interesante porque se puede desarrollar, en pocos minutos, ideas fuertes y contundentes. En general los cortos están hechos de entusiastas charlas hasta altas horas de la noche, bocetos en una servilleta, tazas de café, perseverancia, poca plata y esfuerzo; esto los hace únicos y frescos como un helado Tucán”.

Otros cortos exhibidos en la Biblioteca Nacional son Untiteled5, de la actriz y realizadora Belén Blanco, quien asegura que “la duración de eso que me gusta contar nunca me lo he planteado como característica distintiva”, porque su interés está en “la posibilidad de comunicar, de acercarte a eso que está intacto en algún lugar tuyo, de explorar a un otro, una existencia, que es, en el mejor de los casos, un retrato de una época, o de lo que uno percibe de una época”.

Por último, el director de Cubo mágico, Juan Baranchuk, que recibió un premio especial del jurado en Moscú, dice que le gustan las historias cortas y “la posibilidad expresiva, de experimentación y juego, que da el cortometraje. Siento también al corto como una forma de desarrollar y ejercitar el lenguaje propio… y como un camino hacia el largometraje”.