Los rastros de la violencia

La tentación fácil es referirse a Refugiado como una película que trata la temática de género. Sin embargo, Lerman dice que no hizo una película de tema; prefiere hablar de dirección de actores, de la planificación de la puesta en escena, del montaje. En fin, nada más y nada menos que de cine.

Matías vuelve a su casa y, siguiendo una estela de muebles y objetos rotos, encuentra a su mamá tirada en el piso, lastimada. Ni bien Laura se pone en pie, los dos comienzan una carrera frenética guiada por el miedo: desde el off, el marido golpeador es un peligro cada vez más tangible que amenaza la calma ocasional de los perseguidos. Ningún lugar es seguro, ninguna estadía dura lo necesario, los vínculos se entablan tan rápido como se interrumpen; madre e hijo no pueden quedarse mucho tiempo en ninguna parte, viven en fuga. Una pensión, la casa materna, incluso un lúgubre refugio para mujeres en situación de riesgo; cada escenario los ve llegar e irse en apenas unas pocas escenas, siempre con la promesa un poco de incierta del reposo y la vuelta al hogar.

Sentado en un sillón de su oficina en Chacarita, Diego Lerman nos cuenta que Refugiado, su última película, surgió de un hecho que le tocó presenciar. “Un día llegué a la productora y había pasado algo; estaban los medios, había sangre, mucha sangre en el piso. Pregunté qué había pasado y unos movileros me contaron que un hombre se había disfrazado de viejo y le había disparado a su ex mujer delante de sus hijos, cuando ella los llevaba al colegio. Fueron como ocho tiros, no sé. Ella quedó hospitalizada pero salió, y al tipo terminaron metiéndolo preso”. El shock que le produjo fue tal que de ahí en más se puso a investigar durante más de un año: primero sobre el caso, después sobre el tema en general. Resulta que a la víctima le habían dicho que tenía que ir a un refugio, pero no lo hizo porque no pensaba que corría semejante peligro. Sobre su recorrido por algunos de esos refugios, el director cuenta que lo impresionó encontrarse con “un montón de mujeres escondidas, heridas. Refugiado fue un proyecto de mucho contacto con lo real: había que moverse, entrevistar a mujeres que estuvieron en los refugios, ir a los refugios, ver cómo funciona el sistema en estos casos, escuchar a gente especializada en la temática”. La investigación, entonces, empezó a generar un guion, aunque Lerman no estaba interesado en hacer una película sobre la problemática de violencia de género sino en retratar ese mundo y, en especial, narrar el viaje de una madre y un hijo. “Si bien hubo mucha investigación sobre la temática y mucho correlato con lo real y con lo cotidiano (es un genocidio diario, aparece un caso tras otro), esta no es una película de tema, nace de otro lado; no vi películas que hablen de lo mismo”. También ocurrió que, en proyecciones en otros países, mucha gente –si bien la película transcurre en Argentina– se identificaba plenamente con algunas de las acciones y situaciones.

A su vez, a la curiosidad frente a un tema desconocido para él y poco abordado por el cine se le sumaron, después de haber sido padre, las ganas de meterse con el universo de la infancia. “Me interesaba trabajar con chicos: desde dónde miran, qué es lo que perciben desde ese lugar que no llamaría ingenuo pero sí nuevo, donde todo es novedoso, todo es posible”. Pero la entrada a ese universo era también la apuesta más grande de la película. Al menos desde Truffaut, se sabe que filmar chicos puede ser una de las tareas más difíciles para un cineasta: lograr que un chico sea creíble frente a una cámara constituye quizás una de las alquimias más secretas del cine. “Quería trabajar con un nene, con alguien que no hubiera tenido una experiencia previa, con todo lo que eso significa: en una película, cuando un nene está muy controlado, es como que ves todo el acartonamiento”.

Con esos materiales entre manos, una de las estrategias que desplegó el director con su equipo fue la organización de un rodaje cronológico (es decir, las escenas se filman siguiendo el orden que presentan en el guion). También hubo un trabajo de casting muy grande y la labor de María Laura Berch, que tuvo un rol determinante en el enorme proceso que fue la búsqueda y la preparación de Sebastián Molinaro (Matías). Otra decisión fue la de ir a filmar sin un final definido de antemano: “La premisa era que el final apareciera en el rodaje. Había algo de la forma en que iba a terminar la historia que yo mismo no conocía, pero no porque no lo pudiese definir, sino porque quería que algo de la experiencia del rodaje se tradujera en el final. Había muchas zonas de búsqueda que en algún momento se definieron para algún lado. Quería vivir una experiencia incierta pero con determinados parámetros”.

En este punto, Lerman rescata la tarea de Julieta Díaz, quien, según dice, fue una aliada fundamental durante el proyecto y después en el rodaje. “El trabajo de Julieta es central en todo lo que se ve, pero también en todo lo que no se ve: me ayudó a conducir cada escena hacia donde queríamos que fueran, y se entregó mucho en relación con la investigación”. Antes del rodaje hubo una instancia de preparación en la que, junto con Berch, Julieta ayudó mucho en la elaboración del vínculo entre ella y Molinaro, pero también entre ellos dos y el propio Lerman, quien tenía la responsabilidad de guiarlos a través de un relato incómodo y por momentos bastante oscuro. El director incluso llegó a estar presente en muchas escenas a través de un sistema de audio en el que él hablaba y los actores incorporaban sobre la marcha lo que les decía; no estaba planeado, pero terminó siendo una importante herramienta de dirección.

Sobre cómo se encontró con Molinaro, quien finalmente sería el protagonista, y sobre la experiencia de dirigirlo, Lerman cuenta: “Hubo un casting de nenes más chicos, y después me di cuenta de que necesitaba otra edad, quería que el chico fuera más grande; Sebastián tenía siete años cuando filmamos. Lo que yo buscaba era naturalidad, cierta espontaneidad frente a la cámara. Eso era lo que me atraía de trabajar con un nene: la frescura y la imprevisibilidad”. El proceso de armado de la puesta en escena estuvo en función del joven actor y no al revés, ya que no querían obligarlo a entrar en un sistema de reglas rígidas sino dejar que se incorporara solo. Justamente, eso fue lo que Lerman vio en Molinaro cuando apareció e “hizo todo lo que no hay que hacer en un casting: primero no se ponía frente a la cámara, después se puso a saltar al lado de la silla donde yo estaba. Y de golpe dijo tres o cuatro cosas y percibí que tenía una enorme sensibilidad. Cuando intentamos hacer una escena con él le salió de una, y después nunca más pudimos repetirla. Sebastián tiene eso: es absolutamente espontáneo y natural, y el miedo que teníamos era que resultara muy difícil meterlo en una película”.

La cercanía con los personajes que propone Refugiado no se construye únicamente a través del guion: también la puesta en escena y la fotografía trabajan activamente para generar esa empatía con los protagonistas. “La idea era no producir una distancia respecto del mundo o los personajes. Queríamos una estética, un tipo de color y texturas que estuviesen cercanos a ellos, a su drama. Lejos de la estetización, lo que trabajamos con Wojciech Staron (DF) fue cierta crudeza y realismo, un lugar desde el cual mirar lo cotidiano. Lo que buscaba era transmitir lo que les pasaba a los personajes pero sin subrayarlo”. El director cuenta que, en relación con la puesta, el plan era que hubiera pocos planos pero muy preparados, que el ritmo fuera interno, que las escenas resultaran fluidas y que se recurriera poco al montaje. Además, desde hace algún tiempo, Lerman opta por diseñar la puesta directamente en el set: cuenta que, salvo por algunos planos muy puntuales (como uno que requería una grúa), se toma el tiempo necesario para planificar la puesta en el rodaje mismo, unas dos o tres horas por cada jornada.

“Me imagino mucho el tono de la película en un momento previo, cuando escribo; ese es para mí el gran laboratorio. Después, con los actores, no es que ensayamos las escenas mil veces, sino que las bordeamos. En función de lo que va a apareciendo, ese tono se va moldeando, de alguna manera. Sabía que había escenas que eran decisivas, y encima muchas son de toma única. En esos casos había que preparar mucho todo, porque se jugaba algo que era irrepetible”. Una de esas escenas es un punto de quiebre en el relato; se trata de la pelea que tiene Matías con Laura, cuando los dos vuelven a la casa rápidamente para buscar cosas e irse, y Matías quiere quedarse. Lerman cuenta que sabía desde un principio que tenía una sola oportunidad de filmarla. “La preparamos como tres horas; fuimos, lLa tiramos, y es la que quedó. Y después hice una más por seguridad. Eso también es algo que tiene el hecho de trabajar con nenes; los actores tienen incorporada la idea de la repetición y de guardar energía, pero los nenes son mucho más intuitivos: van hacia la escena y después, cuando entendieron el mecanismo, hay algo del orden de la mentira que se pone en primer plano. En las primeras tomas siempre está la novedad”.

Que el punto de vista de Refugiado sea, en buena medida, el de Matías tiene que ver no solo con la manera en que está contada la historia sino, a mayor escala, con la manera de mirar el mundo que tiene un chico de siete años: por ejemplo, en el hecho de que el refugio sea un lugar misterioso, cuyo funcionamiento se desconoce, pero también que se transforme en un espacio donde puede surgir el juego. La manera en la que circula la información acaba siendo central para la elaboración del punto de vista. “Finalmente, la película es un viaje de escape de una madre y su hijo, con un fuera de campo hostil y que da miedo, y en el que la violencia no aparece de manera explícita sino a través de sus rastros, de lo que esa violencia generó”.

 

Refugiado

Diego Lerman

Estreno: 23 de octubre

2014 / Argentina / 90 minutos

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