Lost in translation

Julia Solomonoff, cineasta argentina residente en Nueva York, se despacha con Nadie nos mira, una fábula sobre la identidad, la inmigración y el desarraigo. ¿Qué sigue haciendo allá? ¿Por qué se siente mejor que nunca?

Nicolás Lenke es un actor que conoció los bríos de la fama pero ahora habita un lugar que no es el suyo. Y, como los problemas van con uno, arrastra consigo algunas historias de sus pampas que no puede resolver. Ni tiene con qué. Tampoco tiene con quién. Nadie nos mira es el relato de la otredad: de cómo un argentino intenta recomponer su vida lejos de casa, de sus cosas, de su entorno y de quien fue. Siendo él, siendo otro. En otro lugar, con otra gente. Ahí, esa Nueva York imponente, elegante y aspiracional es el escenario que abraza, fagocita y expulsa. Por eso, aquel vaivén lo pone en una foto aún más grande: su propio devenir es el de muchos inmigrantes en los Estados Unidos. “Hay una criminalización permanente del inmigrante y también una mirada muy estrecha de qué es el inmigrante”, apura la directora Julia Solomonoff.

Después de Hermanas y El último verano de la Boyita, Solomonoff se destaca con una ficción íntima que recorre con sutileza ciertos pasajes de angustia y soledad y que, sin caer en la nostalgia ni en los llantos, redimensiona las distancias. Cambia la geografía, no cambia la piel. Protagonizada por Guillermo Pfening (ganador del premio a Mejor Actor en el Festival de Tribeca), Nadie nos mira se yergue como un film de resignación, de oportunidades, de sueños que no son tales, de dramáticas aventuras por corroborar que hay un destino para cada uno de nosotros, pero que también podemos incidir para torcerlo o enderezarlo. “Creo que estoy más joven y más libre que nunca. El último verano… me sacó el miedo y me ayudó a encontrar un lenguaje más personal y más poético”, reflexiona la cineasta rosarina. “En esta película me la jugué un poco más”.

 

¿Por qué decidiste filmar en los Estados Unidos?

Esta es una historia de Nueva York. Los personajes, las estaciones, las locaciones son muy específicas de lo que es vivir en esta ciudad, que es muy diferente del resto de Estados Unidos. Es el lugar con mayor concentración de nacionalidades, idiomas, etnicidades del mundo… por eso es tan relevante la película hoy en Nueva York, y por eso fue tan bien recibida durante Tribeca. El 40% de los habitantes de Nueva York son extranjeros, lo que hace que el tema de la inmigración y la identidad resuene con mucha más fuerza allí.

 

¿Desde hace cuánto y por qué vivís en Estados Unidos?

Me vine en el ‘95 con una beca Fulbright para hacer una Maestría en Cine en Columbia University, Nueva York. En el 2001 regresé a Argentina. Llegué con mucha necesidad de reconectar con mi lugar y con Latinoamérica en general, y sucedió algo muy poderoso. Al mes de llegar, en medio de la crisis, recibí un llamado para trabajar en un proyecto que cambio mi vida: Diarios de motocicleta. Fui la primera “empleada” de la película. Fueron casi dos años de empaparme de historias, lugares, personajes latinoamericanos. Al terminarla, con Vanessa Ragone, mi compañera de la ENERC, retomamos el proyecto que la crisis había interrumpido. Ya era 2003 y Hermanaspodía vislumbrarse como una realidad. Walter Salles se sumó como coproductor: ahí también hay algo del choque cultural entre lo latino y lo norteamericano. Unos años después hice El último verano de la Boyitay una serie de documentales para Canal Encuentro. Me convocaron de Columbia University para dar clases de dirección y así regrese a Nueva York. Ahora estoy dando clases en la NYU. Son más de veinte años de vivir entre dos idiomas, dos culturas, a veces es muy energizante y a veces una se siente “lost in translation”. Más allá de lo bueno que pueda ser mi inglés, siempre hay sutilezas (o, a veces, grandes diferencias culturales) que no se pueden traducir o explicar. De eso habla la película. De cómo hacer una película en Nueva York sin perder la mirada ni el lenguaje propio. Sin seguir fórmulas ni recetas ajenas.

 

¿La historia que contás tiene algún anclaje real? ¿Esos personajes existen?

Todo. O casi todo. Son experiencias, observaciones, sentimientos reales… es la película más personal que he hecho. Pero lo raro es que a la salida del cine se me acercaba mucha gente a decirme: “¡Esa es mi historia!”. O “¡Yo soy Nico!” (el protagonista). Pero imagino que eso sucede cuando uno cuenta algo honestamente: mucha gente se ve reflejada.

 

¿Cómo fue la experiencia de estrenar en Tribeca?

Impresionante. Nosotros queríamos estrenar en Tribeca porque es una película que nace de Nueva York y el primer dinero que recibió la película fue un Premio de Desarrollo, en 2013. Sabíamos que la película tenía una conexión especial con la ciudad de Nueva York y nos impresiono cómo, sin presupuesto de publicidad ni nada, se corrió la voz y estuvieron agotadas las entradas el primer día que salieron a la venta.

 

¿Estás pendiente de los premios? ¿Cuánto creés que te suman esos reconocimientos?

Los premios suman visibilidad. Por supuesto que es una gran alegría recibirlos, y sí, te dan una sensación de reconocimiento y validación. Pero también hay películas que a mí me encantan y no son reconocidas con premios y otras en las que siento que la especulación por el premio es muy obvia y calculada.

 

¿Qué buscás que suceda con tu cine?

Que conmueva. Que cuestione. Que acerque mundos que parecen lejanos o ajenos. Lo más importante que puede producir el cine es la empatía, sobre todo la empatía por personajes no convencionales. Cada vez que me cuestiono el valor del cine en un mundo tan excedido de imágenes, mi razón para seguir es esa: no la belleza de las imágenes, no la fábrica de sueños ni el entretenimiento ni la reproducción de mitos ya archivencidos ni el puto camino del héroe, sino la destilación lenta y paciente de empatía.

 

¿La película fue filmada antes de la presidencia de Trump?

Sí, obvio. La filmamos en 2015. La escena inicial en el parque –en la que un papá llama al 911 y las niñeras salen corriendo por miedo a ser detenidas– la habíamos rodado pero en montaje la eliminamos porque nos parecía excesiva. En febrero de 2017, la película ya estaba “cerrada” (en proceso de post de sonido y color) y empezaron a pasar cosas muy graves, como las detenciones, la paranoia. De golpe, esa escena se volvió relevante de nuevo. Sentí la urgencia de recuperarla, ya que no solo enmarca la época en la que vivimos sino también la situación particular de Nico como inmigrante “blanco”, que puede navegar situaciones que las niñeras no atraviesan.

 

¿Cómo articulás tu trabajo de docente con el de cineasta?

Doy clases de enero a mayo y de septiembre a diciembre. El resto del año es mío para escribir, producir el trabajo de otros, filmar. Al principio dudé un poco, temía que trabajar como profesora me impediría seguir mi carrera como directora. Hoy no lo veo así. Lo que más valoro de mi experiencia como profesora y como productora es poder ser testigo de los procesos creativos de los demás, de las maneras diversas de afrontar una narración. Siento que aprendo mucho de acompañarlos en sus procesos, y a la vez les doy devoluciones que les son útiles. Lo más apasionante de dar clases en NYU o Columbia es que son posgrados muy selectivos, con gente de todo el mundo muy capacitada. Muchos llegan becados, a veces sin haber tocado una cámara y a veces con un largo que ya ha hecho un circuito de festivales pero sienten que quieren fortalecer su escritura o desarrollar sus “músculos”, sus estrategias de dirección.

 

¿Cómo te decidiste por el protagónico de Guillermo Pfening?

Escribí a Nico pensando en él. Durante dos, casi tres años y varias encarnaciones de guion, nos reunimos, conversamos, probamos cosas. Guille tiene una mezcla de masculinidad, picardía y ternura que me resulta muy atractiva. Los dos somos chicos del interior: Marcos Juárez y Rosario. Eso te da una manera de mirar el mundo. Eso decían de Manuel Puig, que había vivido en Roma, París, Nueva York y Río pero seguía mirando el mundo desde Villegas. Hay algo de Puig escondido en el corazón de esta película.

 

¿Qué les dirías a aquellos jóvenes entusiastas que sueñan con viajar a los Estados Unidos para tratar de meterse en el mundo audiovisual?

Si les interesa Hollywood no tengo nada que decirles porque es un mundo que desconozco. En Argentina, en toda Latinoamérica, hoy se hace mucho y muy buen cine. Y es crucial defender nuestras leyes y al INCAA, que posibilitan no solo fondos y financiación sino marcos de coproducción y de intercambios internacionales. Mucha gente no sabe lo que eso vale y lo da por sentado, pero cuando salen a un país como Estados Unidos entienden la desprotección y la alienación de una economía puramente de mercado. Si les interesa la experiencia de viajar, aprender, absorber, destruir el ego y descubrir quiénes son, una temporada en Nueva York o en cualquier lugar ancho y ajeno, que los obligue a fuerza de fascinación y crueldad a empezar de cero, es una buena experiencia. He visto mucha gente que se aferra a Nueva York como a una idea de éxito, como si el solo hecho de vivir allí tuviera un valor especial. Gente que se queda “afuera” por miedo a volver con las manos vacías o porque igualan el regreso con el fracaso y, en realidad, se terminan perdiendo algo muy valioso, sacrificando demasiado por el miedo a ese regreso.

 

Nadie nos mira

De Julia Solomonoff

2017 / Argentina / 98’

Estreno: 18 de mayo (Primer Plano)