Luz negra

Conocido principalmente por De Caligari a Hitler y Teoría del cine, Kracauer es uno de los nombres más importantes que pensaron el cine. Sin embargo, poco se han leído sus críticas, reseñas y textos más pequeños. Ensayos sobre cine y cultura de masas reúne estos trabajos, complementarios de una obra que echó luz sobre un lenguaje difuso.

Ensayos sobre cine y cultura de masas

Sigfried Kracauer (Cuenco de Plata)

 

Abril de 1941, pleno desastre de la Segunda Guerra. Tras un extenso período de exilio en Francia, a la espera del papelerío adecuado y el dinero suficiente para trasladarse a Lisboa y embarcar en el transatlántico que lo llevaría a Nueva York, Siegfried Kracauer no tenía motivos para ser optimista. Tampoco podía prever la importante inscripción que comenzaría a forjar unos meses más tarde, en la historia de la teoría del cine. Por eso, antes de dejar atrás definitivamente Europa, mediante un carta le confesó a su amigo Theodor Adorno: “Es espantoso llegar como llegaremos: después de ocho años de una existencia que no merece el nombre de tal. Estoy más viejo, también por dentro. Llegaré como un hombre pobre, más pobre de lo que nunca he sido”. Hoy sabemos que los quince años que el crítico alemán pasó en Estados Unidos hasta su muerte en 1966 fueron los más fructíferos y luminosos de su carrera. Allí escribió sus dos libros fundamentales: De Caligari a Hitler: Una historia psicológica del cine alemán y Teoría del cine. Pero también fue en este momento que, con el refinamiento y agudeza de la mirada que afianza la distancia del expatriado, comenzó una serie de ensayos, críticas y reseñas para revistas como New Republic y Harper’s, y también para medios especializados como Film Culture o Partisan Review.

Son estos trabajos los que se compilan en Ensayos sobre cine y cultura de masas,una selección de artículos que adapta la versión publicada en inglés. Un fuerte posicionamiento hilvana la manera con que Kracauer aborda el objeto sobre el cual escribe. Ya sea que se trate de elaborar un perfil de Jean Vigo, analizar obras experimentales como la de Maya Deren o las comedias de Preston Sturges, la perspectiva del crítico cultural se hace presente como una invariable, vinculando los estilos personales con la situación política y social de la época. Los ecos de la Escuela de Frankfurt resuenan en estos escritos, pero sus apreciaciones no se resumen en ese anclaje teórico. Hay algo del orden de lo autobiográfico que se expresa en sus artículos, con las licencias escriturales que permiten un registro más cercano a lo periodístico, y que un estudio académico no consentiría. Esto se observa en “Por qué nuestro cine gustaba en Francia”,artículo en el que, a partir del “nosotros”, exhorta a un lector norteamericano en un guiño de clara empatía. Como si a través del ensayo, sumido en las posibilidades (¿lúdicas?) de la escritura, se pusiera en suspenso su condición de inmigrante y se afirmara a partir de una “subjetividad estadounidense”.

“En vez de salir volando hacia un paraíso desconocido, el pequeño Dumbo elige la riqueza y la seguridad y termina como la estrella mejor pagada del mismo director de circo que antes azotaba a su madre Jumbo. ¿Es que no existe una mejor resolución posible?”, se pregunta Kracauer en su debut como colaborador en The Nation,intuyendo un cine que funcionaría como portavoz de la ideología dominante. Allí despliega el tipo de pregunta conjetural que guiará el pulso de otros escritos. En ese carril le reclama al cine de la edad de oro el hecho de que fue emancipándose de a poco de la realidad empírica y elude cualquier tipo de denuncia del mundo presente. “En las películas de mentalidad realista de Hollywood –es decir, el corpus principal de nuestro cine–, la experiencia de la vida real brilla por su ausencia (…). Tal como están las cosas, el espectador promedio sabe más de la realidad de lo que le ofrece nuestro cine. Tendría que ser al revés”, afirmaba con cierta resignación en el bello texto “El espejo vuelto hacia la naturaleza”. Kracauer no concebía al universo del cine por fuera de la lógica del mundo. Sus textos despliegan, a partir de un lenguaje contundente y filoso, un ideario cinéfilo para explorar y cuestionar nuestra propia percepción de lo real. De su lectura no se sale con indiferencia.