Más bella que bestia

La ópera prima de Jonas Alexander Arnby –director de arte de, entre otras películas, Bailarina en la oscuridad– encuentra sus mejores momentos en los vínculos entre sus personajes, y los peores en esa obstinación de querer convertir al terror en cine respetable y de calidad.

El mar que golpea sobre la arena, las hojas húmedas de los árboles, los interiores de las casas vacías, los amaneceres portuarios, los prados solitarios; todo se nubla como por una maldición en la secuencia de títulos de Cuando despierta la bestia. Los encuadres pictóricos de un pueblo costero escandinavo van tiñéndose de a uno de la oscuridad de las nubes que se ciernen sobre ellos. Como si John Carpenter se hubiese vuelto arty, el principio de esta película podría ser, también, un poco La niebla. Como en esa película de Carpenter, en la de Jonas Alexander Arnby también hay un cierre al final que remite al principio, una especie de dispositivo marco que le da a la historia de la lobizona Marie un tono de cuento tradicional, aunque acá está mucho más disimulado. Carpenter si quería decir algo lo decía, si quería mostrar algo lo mostraba (como decía Godard que había que hacer), mientras que Arnby, bueno, Arnby viene de haber sido director de arte de Bailarina en la oscuridad.

Lo artístico de Arnby se nota demasiado, como si no le alcanzara con la historia que tiene entre manos, como si pensara que el terror fuese poco para sus capacidades. Pero el dominio de los géneros y las tradiciones, tanto cinematográficas como literarias, es bastante más difícil de lo que suelen imaginar los directores que piensan que el cine es arte y que lo artístico es sinónimo de solemne, frío, distante. Si pensamos en lo mejor del cine de terror cuando se busca artísticamente vamos a encontrar la Drácula de Coppola, que es puro desborde de pasión y erotismo, o las primeras películas de Argento, totalmente excedidas. Los dos directores de apellidos italianos tenían claro que los géneros estaban de su lado, como un punto de partida para después trabajar lo que les interesara estética y temáticamente. El terror era un apoyo, un espacio con reglas hechas para romperse. Pero Arnby hace lo contrario: encorseta el género dentro de sus reglas de asepsia y buen gusto, porque tiene miedo de fallar en la medida y prefiere arriesgar poco para perder poco y ganar nada. Para hacer una película de terror, Arnby parece ser demasiado temeroso.

Por supuesto que nada es tan malo como suena y el enojo es más con ese estilo de hacer cine que con la obra en sí, y en un sentido la bronca hasta puede ser porque Cuando despierta la bestia no es tan mala y realmente podría haber sido mucho mejor. Dicen que no se hace esto, que no se debe pensar en la película que no fue sino en la que es, pero es más interesante la otra. Pensemos, entonces, en lo que sí hay. Pueblo chico, opresivo, donde todos sus habitantes, incluida Marie, viven de la pesca; la madre de Marie, enferma, sin poder hablar y en silla de ruedas por una enfermedad que no se sabe cuál es pero que parece estar relacionada con la licantropía de Marie; la transformación progresiva de Marie, física y mental, y su crecimiento también sexual; la discriminación y el abuso por parte de sus compañeros de trabajo; el nacimiento de una relación amorosa. Todos estos elementos, sumados a la liberación de Marie, al hartazgo, no pueden hacer otra cosa que confluir en un estallido de pasiones encontradas, de frustraciones de todo tipo, de cariños y enojos con su familia, de contradicciones sin salida. Y esto último lo intenta Arnby, pero no le sale. Hay una clásica matanza al final, pero está filmada sin ganas, como si esa fuese la parte de terror menos importante cuando en realidad ahí se jugarían todas las presiones que el personaje de Marie acumula durante toda la película; era la parte del movimiento, es decir, del cine. A Arnby, seguramente por su experiencia como director de arte, le salen bien; les pone ganas a los planos estáticos como pinturas, pero se le complica filmar el movimiento. El sexo y la muerte se muestran desapasionadamente, como si, en lugar de un lobo, dentro del cuerpo de Marie habitara un oso dormilón.

Sin embargo, con todo lo que puede faltarle a la película, Arnby supo encontrar algo de ternura en ese final con un cielo que se despeja lentamente. En plena huida, despertándose como si fuera de una mala pesadilla, Marie llama a Daniel, quien está a su lado, incondicional, y él le da la mano, le dice que está con ella. Las manos son importantes en Cuando despierta la bestia: se las dan Marie y su madre, la madre de Marie y Daniel, y así se reconocen y se solidarizan. Arnby encuentra en la piedad hacia Marie, en el “sos hermosa” que le dice el padre y en ese final en el que Marie y Daniel saben que pase lo que pase se tendrán el uno al otro, lo mejor de la película. Quizás le hacía falta tener él mismo con su película la entrega que Daniel tenía para con Marie y ser menos mezquino con los riesgos, pero, aunque no sea suficiente, tampoco es poco empezar por querer a sus personajes. Si lo pensamos en comparación con los castigos que Von Trier (a quien el pobre de Arnby debe haber tenido que tolerar) le hizo sufrir a Björk en Bailarina en la oscuridad, es un paso gigante.

 

Cuando despierta la bestia

Jonas Alexander Arnby

Estreno: 03 de marzo

2014 / Dinamarca / 84 minutos

CDI Films