Más grande que la vida

Desde La playa del amor (Adolfo Aristarain, 1979) hasta Nieve negra (Martín Hodara, 2017), sin dejar de lado su paso por la TV y el teatro, Ricardo Darín hizo de su cuerpo un molde elástico que tomó la forma de un sinfín de personajes. Aquellos que hoy en día son difíciles de imaginar sin su rostro y su color de voz. Sea con traje de abogado, falsificador, ingeniero, médico o ferretero, el actor de 60 años se ha convertido en el elegido del público y los directores. Lo único que le faltaba era ser elegido por el pueblo. Santiago Mitre saldó esa deuda convirtiéndolo en presidente en su nueva película: La cordillera.

Hijo de una pareja de actores, Ricardo Darín creció entre camarines y telones. Desde muy pequeño estuvo familiarizado con las cámaras, tanto que a los quince años debutó en cine con He nacido en la ribera, película de 1972. Esa aparición fue el punto de partida de lo que serían varios años de éxito en teatro, televisión y cine que lo consolidaron como uno de los actores más populares del país. Darín llevaba décadas siendo una estrella hasta que en el año 2000 su carrera tuvo un quiebre. A esta altura, detallar el recorrido profesional de Ricardo Darín puede sonar redundante pero su caso no deja de ser llamativo, incluso a la distancia, por la manera en que una película cambió para siempre su vida como actor y, seguramente, su vida en general. La referencia es, claro, para Nueve reinas. La primera película de Fabián Bielinsky evidenció, y seguramente terminó de potenciar, algo que hasta ese momento nadie había develado: Darín era algo más que un actor, Darín era un animal de cine.

Acompañando el impulso del llamado Nuevo Cine Argentino, Nueve reinas sintonizó con una época de expansión y renovación para la industria cinematográfica nacional. Con el cambio de siglo, las películas argentinas consiguieron una nueva identidad que cumplió la por entonces imposible misión de recuperar la consideración del público local, tanto del masivo como del más cinéfilo, mientras al mismo tiempo ganaban premios y reputación en los principales festivales internacionales. Con los años, a fuerza de su carácter profesional y su particular carisma, Darín se volvió el actor insignia de este nuevo paradigma protagonizando muchas de las películas imprescindibles del último cine argentino.

Repasar la filmografía de Ricardo Darín es trazar un recorrido por diferentes generaciones de importantes directores argentinos. Luego de trabajar, entre otros, con Adolfo Aristarain, Juan José Campanella, Pablo Trapero, Lucía Puenzo y Damián Szifron, la carrera de Darín conecta con una nueva camada de realizadores en La cordillera, el tercer largometraje de Santiago Mitre. Su personaje es el presidente argentino Hernán Blanco, un mandatario que alcanzó el poder vendiéndose como un hombre común y que llega a una cumbre presidencial en Chile como toda una incógnita, llevando varias cartas, tanto políticas como personales, escondidas bajo la manga. Como El estudiante, la ópera prima de Mitre, La cordillera es una película sobre la política que dota a su protagonista de diferentes dimensiones y que cifra su relato en la importancia de un “no”: así como Esteban Lamothe cierra El estudiante con una negativa, en una de las escenas definitivas de La cordillera, el presidente Blanco convence a sus colegas con un: “Escuchen qué lindo suena: no”. En un año electoral, y en el contexto de una época encendida por fuertes debates políticos, la presencia de Ricardo Darín como presidente de Argentina es tan cinematográficamente seductora como potencialmente polémica, por la resonancia que tuvieron sus declaraciones sobre el país en los últimos años. El actor, claro, tiene la espalda suficiente para hacerse cargo de lo que tenga que afrontar: “Llega un momento en el que por prevención decís: ¿y si me meto la lengua en el culo? Pero después me da bronca. ¿Por qué no puedo decir lo que pienso?”.

 

Santiago Mitre pensó al presidente Hernán Blanco siempre con vos como protagonista. ¿Hay una responsabilidad diferente cuando te proponen un papel que fue moldeado con tu imagen? ¿Cómo te llegó la propuesta para hacer La cordillera?

La cordillerame llegó por episodios. Primero Dolores me contó que Santiago estaba trabajando en una historia y que había pensado en mí, muy fuertemente, para el personaje del presidente. Cuando sabés que algo estuvo condicionado a tu imagen es un honor y también una gran responsabilidad. Pensás: “¿Qué pasa si no me gusta?”. Cuando alguien me dice eso me produce un efecto ambivalente. No me gusta sentir presión cuando leo por primera vez una historia porque prefiero estar desintoxicado para confiar en mi primera impresión, pero Santiago es un amigo, y cuando leí el guion me convenció de inmediato.

 

Estuviste muy involucrado y participaste activamente en la realización de la película. ¿Cómo fue el trabajo junto a Santiago Mitre?

Desde la génesis de la película se armó un mini equipo, sin el equipo técnico todavía, en el que Dolores, Santiago y yo comenzamos a fantasear y discutir algunas cosas. Cuando llegó la hora del trabajo, la preproducción, los ensayos y el rodaje, ya fue difícil separarlo. La cordillera nos demandó mucha energía porque sabíamos que era una historia compleja, con distintas capas de interpretación. Siempre estuvimos los tres muy enfocados. Muchas veces la tentación está en simplificar la información y yo soy de los que creen que está muy bien que el espectador trabaje la historia en su cabeza. La idea era no traicionarnos y siempre estuvimos midiendo ese tipo de cosas.

 

También participaste del montaje de la película.

Santiago fue muy abierto y generoso conmigo. Durante el montaje se armó una isla en su casa y, como vivimos cerca, cada tanto me llamaba y me decía: “Estamos con el editor viendo el combo de tal escena, ¿por qué no te venís y me decís qué te parece?”. Y a mí me encanta… Pero esto no es algo frecuente, tuvo que ver con nuestra amistad, nuestras proximidades e intereses en común, y con el enfoque que tuvimos con una historia que no era nada fácil.

 

Una de las propuestas de La cordillera es ingresar a la intimidad de la política.

Lo que plantea Santiago es meternos un cachito por el ojo de la cerradura para saber cómo hacen estos tipos con su intimidad y su vida familiar, que es algo que nunca tenemos en cuenta. Eso de “no me interesa si dormiste bien anoche o si tenés fiebre” ocurre también con todas las figuras públicas, vos como espectador querés tener lo que creés que merecés y no te interesa nada más. Me parece interesante ver esa dualidad acerca de cómo se maneja un tipo que tiene un rol público y que al mismo tiempo tiene que lidiar con los problemas de su casa. Santiago nos permite acceder a niveles a los que nunca tenemos acceso. ¿Cómo cocina las cosas esta gente? Cuando Trump se encuentra con Putin, ¿se cagarán a trompadas o se reirán de todos nosotros? Hay engranajes que desconocemos. ¡Somos tan infantiles! Porque creemos que es un tipo solo, Trump, Putin, Macrom, Macri. Siempre detrás hay equipos y muchas veces ellos son los últimos que son escuchados.

 

El presidente Hernán Blanco llega a la cumbre como una incógnita y tiene la tarea de darse a conocer y demostrar sus condiciones.

No cuenta con el respaldo de un partido político detrás y tiene algunos detractores que quieren comerle los cimientos. La historia arranca con una información, algo que dice un periodista: “Tenemos un presidente invisible”. La idea es ver cómo aparece en este escenario frente a tipos tan poderosos. Blanco arranca desde ahí, se encuentra en el inicio de la construcción del poder.

 

Tu personaje atraviesa un proceso que lo a estar al principio de la película rodeado y contenido por sus ayudantes y, a medida que avanza el relato, su imagen gana peso y lentamente queda solo.

¿Ves lo que son las interpretaciones? Estoy muy de acuerdo con esa idea. Hay una especie de despojo en Blanco, se va quitando gente de encima como si fueran capas de una cebolla.

 

De hecho, como última escala de ese proceso, en la escena crucial de la película a Blanco le piden que ingrese solo a una reunión y el tipo se hace cargo totalmente.

Yo fui uno de los que insistieron con que esa escena tenía que ser en inglés. A pesar de las complicaciones que eso trae. Es la aparición de los americanos, ¡tiene que ser en inglés! Incluso por cuestiones técnicas nos convenía mucho más. Además me gustaba eso de que nadie sepa que el tipo puede hacer lo que hace, para no contar tanto hasta el momento crucial, porque le otorga una capa más al personaje.

 

Es inevitable no asociar esa escena y tu encuentro con Christian Slater con ese pedido constante que te hacen acerca de trabajar en Hollywood. Parece que, como vos no vas para allá, te trajeron Hollywood a vos.

¡Claro! ¡Pensás “qué poder tiene Darín”! (Se ríe). Era raro que una película de habla hispana tuviera una escena en inglés. A mí me gustaba porque me parecía que tenía múltiples interpretaciones. Primero estaba bueno que el americano irrumpiera con su idioma. Es un cambio de registro. Segundo, me gustaba mucho la idea de mantener a Blanco como un tipo que no muestra todos sus naipes y siempre tiene guardado uno en la manga. Además la escena necesitaba un buen actor. Es muy difícil actuar en otro idioma y mucho más que resulte creíble y que se sienta que está diciendo por primera vez su discurso, que por otra parte era un choclo de varias páginas. A la gente de habla inglesa se le aflauta mucho la voz cuando habla en español, y ese actor iba a tener la escena en su espalda. Santiago me terminó diciendo: “¡Qué bueno que me rompiste las bolas con eso!”. Que el discurso haya sido en inglés ayudó a Christian Slater a hacer bien su trabajo, si tenía que hacerlo en español por fonética estábamos una semana.

 

Esa escena es un riesgo que toma la película.

Hay que escapar a los temores que a veces tenemos en el cine nacional. ¿Nunca se hizo? Bueno, hagámoslo por primera vez. A mí me parece que la escena fluye, que no hay nada que te salte. Por otra parte era interesante retratar que estos tipos, los funcionarios, en el mano a mano son otra cosa. Somos vos y yo, de última será tu palabra contra la mía. Todo eso también le sumaba dramatismo y peso a la situación de la escena.

 

Cuando parece que tiene planteado su conflicto principal, La cordillera cambia su registro con la aparición de Dolores Fonzi como la hija del presidente. Incluso tu personaje muestra otra faceta, se saca la investidura presidencial, aparece como padre.

Frente a lo que se viene, lo que él dice para traer a su hija es “no quiero que esté sola con este quilombo”. Yo creo que hace más referencia a lo que le puede ocurrir frente a la opinión pública, los medios y demás. Entonces esa decisión es totalmente verosímil: a pesar de estar en esa cumbre, no puede dejar a su hija sola, frente a la voracidad del afuera. Ahí la película va mutando.

 

Lo que pasa con tu personaje es que no experimenta una transformación sino que más bien el espectador es el que va descubriendo las diferentes facetas del presidente con el relato.

El espectador puede ser manipulado por cierta información que aportan algunos personajes; por ejemplo, la que trae la hija de él es altamente tóxica. Para serte totalmente honesto, yo no sé si estoy de acuerdo con lo que es el planteo promocional de la película porque creo que estamos regalando un aspecto. Entiendo las reglas del juego pero hay enigmas que se abren dentro de la película que deben ser resueltos por el espectador. Si vos me dejás servida una tendencia, un color del film, de alguna manera me estás cercenando algo que me corresponde. No me permitís disfrutar de los giros. Entiendo la necesidad de darle una sintonía a la historia pero me gusta la libertad que tiene el espectador de entender lo que quiera. Con lo que hace Blanco en el final de la película habrá gente que estará de acuerdo y otros totalmente en desacuerdo. Eso es muy loco, y me gustaría saber las razones, lo que cada uno puede argumentar.

 

Por tu presencia, teniendo en cuenta la repercusión que han tenido en el último tiempo tus declaraciones sobre el país, y por el contexto en el que se estrena La cordillera, en un año electoral y en una época de fuerte debate político…

Es un contexto especial, sí. Parece hasta oportunista la película, en el sentido en que lo decís.

 

Más que oportunista, con esos ingredientes, La cordillera puede ser, además de una película sobre la política, una película política. ¿Estás de acuerdo?

Sí, sin dudas. Va a ser polémica. Sobre todo en algunos aspectos, básicamente en la resolución. Eso va generar un debate, y en ese sentido sí va ser política, aunque todo es político. No va poder escaparle a ese axioma. El contexto es ineludible. Santiago dijo en una entrevista que a los argentinos no hay nada que nos movilice más que la política en Argentina, más que el fútbol: todos creemos que tenemos algo para decir. ¿Sabés quién es el presidente de Noruega, de Austria? Ellos no están en las tapas de los diarios porque hacen las cosas bien.

 

Con Érica Rivas llevás muchos años compartiendo escenario en Escenas de la vida conyugal,y en La cordillera ella tiene un personaje que tiene algo de esposa y también es maternal. ¿Funcionó de alguna manera en esta película todo ese conocimiento previo que hay entre ustedes?

El personaje de Érica es maternal, fraternal, es todo eso. Funcionó muy bien, te das cuenta de que las relaciones funcionan bien en los pequeños detalles. En una escena, cuando se tiene que ir, ella pasa y me toca el pelo de la nuca, y eso no estaba marcado en ningún lado. Eso funciona si hay conexión. Fue un trabajo formidable de Érica, de Dolores, de Pichón Román. Santiago les sacó provecho a todos, se preocupó por no coartarlos, y era complicado porque eran muchos personajes en danza. Entraban de a tres personajes por semana y todos intoxicaban un poco el argumento.

 

Tu carrera como actor de cine se disparó en un momento en que la manera de hacer películas comenzó a transformarse. ¿Sentís que los cambios que experimentó el cine en los últimos años, como la pérdida del fílmico y las nuevas formas de producción, afectaron el oficio de actor?

Todo está en movimiento permanente. Es raro. La aparición del digital otorgó ventajas y oportunidades y, como suele ocurrir, hay quienes usan esas oportunidades en su favor. La pérdida del celuloide, cosa que lamento profundamente porque hay algo ahí que no es igual a nada, cambió mucho las cosas. Abarató los costos pero también es cierto que, como ahora hay una tarjeta en lugar de latas y latas de celuloide, hay una cosa que detecté, que solo los viejos como yo pueden detectar, y es que la repetición de las tomas se convirtió en un vicio. Ya no tenés un productor que te coma los talones preguntando cuántas latas vas a usar. Personalmente viví situaciones (no en La cordillera) en las que se hacen veinticinco tomas de una escena, y la verdad que no hay forma de que vos mantengas el mismo caudal de energía aplicada a lo que se busca. Obvio que nos queremos encontrar con la mejor toma posible pero deberíamos volver a encontrar un equilibrio. Por lo general es de lo que más se quejan los actores. Desde la producción hay cosas que deberían reacomodarse; lo que antes se hacía en nueve semanas ahora se hace en cinco. Hay algo del tiempo de maduración que no es lo mismo. Ahora voy a hacer una película con Asghar Farhadi y por lo que me dijeron de sus rodajes quiero trabajar ya con él.

 

¿Por qué?

Lo tendré que confirmar pero me contaron que los planes de rodaje del tipo son largos porque lleva un tester diario para saber si los actores están cansados o si están pensando. Si ve que están cansados termina ahí y levanta todo hasta el día siguiente. No hay nada más importante que el pensamiento, ni siquiera su verbalización. Cuando le creés a alguien lo hacés por lo que está pensando, y el pensamiento se agota. ¿Y esto por qué no se va a contemplar en un rodaje? Lo que más aprendí de esta última etapa es a administrar la energía. Cuando lo entendí empecé a dormir la siesta, que es algo que nunca había hecho en mi vida. Cuando tengo un rato me pongo horizontal. Y la era digital se pasó de rosca, en ese sentido, al acortar los tiempos de rodaje; existe un tiempo natural de maduración que hay que respetar. Yo me invento tiempos en el medio, no te voy a contar cómo, pero lo hago. Es la resistencia, porque si no todo es muy perverso. Solo se dan cuenta cuando te morís o te enfermás. La gente cree que somos todos Greta Garbo. ¡Ojalá!

 

¿Cómo te llevás con las series? ¿Te interesa trabajar con ese formato?

Estoy viendo muchas series y me doy cuenta, porque de lo contrario sería un necio, de que hay algo en ese formato, en esa apuesta intensiva a contar una historia mediante capítulos. Me gustan las series cortas, eso sí. Si tenés una historia para venderme, ¿por qué me la vas a vender una vez si me la podés vender trece? Es más, te podés asegurar desde el primer capítulo que voy a ver todos. Es una buena medida que encierren a un pool de guionistas para que saquen una buena historia. Yo me caigo de culo y me saco el sombrero con algunas series. Big Little Lies y The Night of me encantaron. Me gustó algo de Black Mirror, también. Sigo lo que ven mi hija, mi mujer y el Chino. Estuvimos mirando la de esta piba americana que es una genia, divina… ¡Girls! Y ahora estoy con Please Like Me. Me encantaría hacer una buena serie, tengo algunas propuestas, pero estoy rompiendo mucho las bolas sobre qué historia vamos a contar. En las series tenés que tener buenos personajes sí o sí, porque si en un capítulo baja la tensión la única defensa son los personajes y que haya chispa.

 

Desde el éxito de Nueve reinas, se dio con vos un caso particular, único, de consenso entre el reconocimiento popular y el apoyo de la crítica. Es algo muy difícil de lograr, y más en el cine argentino. ¿Cómo te sentís en ese lugar?

En su momento lo que mucha gente decía de Nueve reinas era: “No parece argentina”, “Es de factura americana”, “¿Viste que acá se puede?”. Fabián era un gran admirador del cine norteamericano de los setenta, y esa película fue su devolución. Nueve reinas se nutría de la naturalidad y eso ayudó mucho a los actores. Yo creo esa película nos hizo muy bien en muchos sentidos, no solo a mí. Con la crítica algo ocurrió. No sé si haciéndome un favor, pero me pasó que estrenaba una película con un personaje importante y en las críticas me seguían de largo como si no me sirviera de nada lo que me devuelven. Uno aprende de la crítica. Si estás haciendo una crítica pormenorizada de la película, si te ocupás de la dirección, la iluminación, ¿por qué me pasás de largo? ¿Por qué me salteás? En un momento la crítica me abandonó.

 

¿Por qué pensás que ocurrió eso?

Yo creo que se cansaron, entonces optaron por: “Y bueno, a Darín ya lo conocés”. Sonaba a eso, y una crítica tiene que ser mucho más. Estás desmenuzando un paquete, con la difícil tarea de no contar una película. Muchas veces la crítica es muy nutritiva, te sirve para modificar algo, para cambiar. Una vez uno dijo: “¡Darín va a hacer de otro abogado!”. Lo que no dijo es que habían sido tres y todos los hice distintos. Con poco, no es que me saqué un diente, que es la salida más fácil y el atajo. Siempre necesitás que te digan algo. Cuando te ponen en un lugar en el que ya no necesitás una crítica es un abandono. Para bien o para mal, porque uno intenta hacer cosas distintas. Yo difícilmente vuelvo a ver una película en la que trabajé, prefiero ver cosas que no vi. Es bueno que te digan si te está saliendo, si estás mejorando, porque nuestro laburo básicamente es para los demás.