Marca de agua

Con A la sombra de las mujeres llega, nuevamente, una película de Philippe Garrel a las salas locales. Pero lo que hoy puede verse del tardíamente celebrado director parece una estampa de lo que supo ser su cine vital. Sin embargo, la autoría de este artista solitario sigue siendo, tanto en lo positivo como en lo negativo, inocultable.

“El cine es ahora una parte de nuestra memoria. Es un intento de reconstruir nuestras memorias imperfectas. En ese sentido puede ser ficción. No creo que el arte represente la historia, creo que es una parte de ella. Incluso, a veces, cuando es falso y mitológico”. Philippe Garrel

 

Se podría pensar que la obra de Philippe Garrel es difícil de ubicar dentro de la historia del cine francés y hay algo de cierto en esta idea; como ocurre con todos los realizadores solitarios, es preferible ubicarlos en el tiempo. Philippe Garrel nació el 6 de abril de 1948 en el seno de una familia de artistas. Su padre es el actor Maurice Garrel, a quien se lo puede ver en cientos de títulos, entre ellos Adieu Philippine (1962), de Jacques Rozier; La piel dulce (1964), de François Truffaut, y su última actuación: Un été brûlant (2011), en la que fue dirigido por su hijo.

Su carrera como realizador comenzó con el cortometraje Les Enfants Désaccordés(1964), título que marcaría su debut a la temprana edad de 16 años. Las influencias del joven director, como la época lo indica, no eran otros que Jean-Luc Godard, François Truffaut y la Nouvelle Vague, ese movimiento que cambió para siempre la historia del cine y sin el cual sería muy raro pensar en la obra de directores como Garrel u, otro solitario, Jean Eustache (1938/1981). Ambos son directores que nacieron o comenzaron su carrera un poco tarde como para formar parte de aquel grupo, pero supieron acompañar y firmar el certificado de defunción (La mamá y la puta, 1973) de aquel movimiento. A pesar de los diez años de edad que los separaban, tanto Eustache como Garrel dejaron una marca profunda en el cine de la década del 70. Ambos autores supieron realizar películas profundas y dolorosamente personales, que en muchos casos no eran otra cosa que personales biografías (no muy) disfrazadas. Una manera de entender –y relacionar– la vida (bohemia e intelectual) y el arte, hoy en día ya perdida. Eustache se suicidó en 1981, y dejó una obra tan breve como poderosa. Garrel continuaría su variada filmografía hasta la actualidad.

El agitado 1968 encontró al joven Garrel muy activo. Realizó cuatro largometrajes; el primero, Le Révélateur, dirigido bajo los efectos del LSD y filmado en un hermoso blanco y negro y sin sonido. Participó también (aunque no fue acreditado) en el mítico Cinétracts y realizó el hasta hace poco perdido Actua 1, un corto con imágenes del Mayo del 68 parisino, que por suerte pudimos ver en la pasada edición del Bafici. La revolución estaba en las calles, y el cine también. Eran, ni hace falta aclararlo, otras épocas.

En 1969 ocurrió un hecho que cambiaría la vida (y la obra, valga la redundancia) de Garrel. Con la excusa (o motivo) de pedirle una canción para su película La Lit de la vierge (1971) conoció a la cantante Nico, quien se transformaría en su pareja, musa y colaboradora durante los siguientes diez años. A pesar (y a causa) de que es más reconocida como cantante, la obra de Nico como actriz atraviesa la historia del cine moderno; desde su breve participación en La dolce vita (1960), de Federico Fellini, pasando por Warhol y su factoría en Chelsea Girls (1964), hasta el cine de Garrel. Incluso se la puede ver en Diaries, Notes and Sketches (1969), de Jonas Mekas. La relación entre Nico y Garrel dejó grandes películas: La Cicatrice Intérieure (1972), primera actuación de la cantante, Voyage au jardin des morts (1978), Le Berceau de cristal (1976), Un ange passe (1975) y una historia de amor convulsionada por los tiempos y las drogas. En 1991, a tres años de la muerte de Nico, Garrel exorcizó el fantasma de su amada dedicándole la película J’entends plus la guitare (bellísimo título: Ya no escucho la guitarra). Y fue a partir de esta época cuando su cine empezó a agotarse de tanta autorreferencia. Sus historias de intelectuales atravesados por amores imposibles y dolores existenciales parecen pertenecer a otra época. Ya no se trata de experiencias vitales, sino de recuerdos fantasmales de épocas, y personas, pertenecientes a un pasado que ya quedaba muy atrás. Como el título de una de sus películas, su cine se fue transformando, de a poco, en un viaje al jardín de los muertos.

Esta etapa de su carrera, como corresponde, es el momento en que se lo empezó a reconocer. Premios en festivales y esas cosas. Es cierto que su carrera lo ameritaba, pero no tanto así su presente. La década de los dos mil lo recibió con uno de los puntos más bajos de su carrera. Sauvage innocence (2001) es una historia en la que el rodaje de una película (el cine) se cruza con el tráfico de heroína. La película por momentos parece una parodia del cine de Garrel y, por otros, una repetición de sus pasadas obsesiones. No era el problema la ausencia de algo nuevo, sino la forma en la que el pasado era repetido.

Luego de tomarse unos años –cuatro, para ser más precisos–, Garrel realizó su película más inesperada y, de alguna manera (a pesar de lo personal del tema), ajena a su filmografía. Les Amants Réguliers (2005) es una especie de biopic que cuenta el antes y el después del Mayo parisino de 1968. La película comparte con Los soñadores (2003), de Bernardo Bertolucci, no solo la época en la que se sitúa, sino también uno de sus protagonistas: el bello y talentoso Louis Garrel, quien, como su nombre lo indica, no es otro que el hijo de Philippe. El círculo, obviamente, se cierra. No era la primera vez que padre e hijo trabajaban juntos: ya en el año 1989 habían colaborado en la película Les Baisers de secours, en la que también aparecía como actriz la realizadora Brigitte Sy, madre de Louis y esposa, en ese entonces, de Philippe. En esta película, obviamente, todo quedaba en familia, ya que hasta el mismo Philippe Garrel actuaba: interpretaba a un director enfrentado a los problemas familiares que conlleva la preparación de un rodaje.

Les Amants Réguliers es tan buena como convencional. Una carta de amor de Garrel al joven que supo ser y a unas épocas en las que vivió, disfrutó y, valga la repetición, fue joven. Lo mejor de la película, además de la fotografía en blanco y negro del talentosísimo William Lubtchansky (a falta de Raoul Coutard), es la actuación del joven Louis Garrel, quien demuestra que su participación –y posterior carrera– se debe a su talento y no, como suele ocurrir por estas tierras, a la portación de un apellido famoso.

El encuentro familiar (y de un álter ego) pareció despertar nuevos bríos en la obra de Garrel. La colaboración paterno/filial se extendió en tres notables películas, en las que el director volvió a sus obsesiones pasadas, pero esta vez con un talento y aplomo que poco tienen para envidiarles a sus obras de la juventud. El amor, la obsesión, la locura y los fantasmas en la fantástica (en todo sentido) La Frontière de l’aube (2008); los celos y las relaciones de pareja (de artistas, para colmo) en Un été brûlant (2011); y los celos (de nuevo) y las responsabilidades familiares en La Jalousie (2013). Una trilogía insuperable a partir de la cual Garrel demostraba que podía ir más allá y evitar las repeticiones que, a veces, lo llevaron al borde de la parodia.

Los inescrutables designios de la distribución local nos indican que la nueva película de Garrel será estrenada en nuestro país. A la sombra de las mujeres (2015) tuvo su estreno mundial en el pasado Festival de Cannes en la Quincena de los Realizadores. La crítica la recibió con el entusiasmo y el respeto que se les dedica a las leyendas. Ese es el lugar que ocupa Garrel en el cine francés de hoy. Sin embargo, A la sombra de las mujeres es una película, si no fallida, menor. El universo recreado vuelve a ser el mismo (en el primer plano vemos al protagonista, un realizador de documentales, comiendo una baguette), pero esta vez las intenciones parecen ser diferentes. De nuevo vuelven a estar presentes las relaciones sentimentales difíciles, el arte como motor de la vida de los protagonistas y el blanco y negro brillante de sus imágenes. Sin embargo, a diferencia de toda su obra anterior, se trata de una película liviana, casi una comedia que deja de lado el eterno sentido trágico de la vida en la obra del director. Incluso su final, entre risas y abrazos, parece provenir de otro autor. En los créditos aparece un nombre ajeno al universo de Garrel: el guionista profesional (en la peor acepción de la palabra) Jean-Claude Carrière. Echémosle a él, entonces, la culpa de los problemas de esta película.

De todas maneras, sería injusto juzgar la carrera de Garrel por una sola película. Por otro lado, su obra (incluso en estas épocas en las que se supone que todo está al alcance de la mano o del mouse) es de difícil acceso, sobre todo sus primeras películas. Lo mejor es volver al pasado y reclamar esa vieja consiga de la Nouvelle Vague y los jóvenes cahieristas que nos dice que la peor película de un autor siempre será mejor que la obra de un director profesional y rutinario. Si alguien, en la actualidad, representa la figura del autor (con sus pros y contras), ese es sin dudas el Sr. Philippe Garrel.

 

Destacado:

Luego de su paso por el Festival de Cannes, la crítica recibió A la sombra de las mujeres con el entusiasmo y el respeto que se les dedica a las leyendas: ese es el lugar que ocupa Garrel en el cine francés de hoy.

 

A la sombra de las mujeres

Philippe Garrel

Estreno: 14 de abril

2015 / Francia - Suiza / 73 minutos

CDI Films