Marea alta

Una vez más, la cita obligada de la primavera cinéfila está en Mar del Plata. Con competencias cargadísimas, retrospectivas nacionales e internacionales, focos, invitados de lujo, clásicos y riesgosas novedades, la ciudad de los lobos marinos nunca estuvo más feliz. Todo lo que no podés perderte del festival que esperamos todo el año.

Competencia Internacional

Poder latino

Por Diego Maté

La gran estrella de esta Competencia Internacional, nutrida sobre todo en películas latinoamericanas y españolas, probablemente sea El club, ganadora del Oso de Plata en Berlín, que cuenta cómo el retiro de unos curas refugiados en una casa de la Boca chilena se altera con la llegada de un nuevo integrante. La dinámica del grupo, responsables de abusos en el pasado, genera fricciones hasta llevar a todos al límite. Larraín, que con cada nuevo opus aborda momentos y temas traumáticos de la historia de Chile, esta vez parece un poco menos inclinado hacia el efectismo y el subrayado que en otras ocasiones. De religión también habla la uruguaya El apóstata: la película de Federico Veiroj acompaña a un personaje que renuncia a su fe y ve cambiar su vida. Ubicada en las antípodas de El club, El apóstata observa alucinada la cotidianeidad de su protagonista sin buscar ninguna clase de certeza.

La presencia argentina en la sección se resume en dos películas. Tras el experimento de No somos animales, Agresti prueba suerte con un pequeño relato de aliento clásico en Mecánica popular. Dos suicidas, un editor y una escritora desesperada por ser publicada, hablan y discuten sobre lo que significa escribir, la lectura y la vida, en el escenario de una editorial en decadencia que alguna vez se especializó en libros de filosofía y psicología.

Del registro intimista y ambiguo de Madres de los dioses, Pablo Agüero pasa con Eva no duerme a la narración más ambiciosa de un hecho oscuro de la Argentina reciente: el derrotero de los restos de Evita. Con la presencia de un perturbador Denis Lavant, el director parece más interesado en la exploración poética de un clima funerario antes que en los rigores del relato histórico. Más preocupada por la reconstrucción histórica se muestra la española La isla del viento, de Manuel Menchón, que narra el exilio de Miguel de Unamuno durante la dictadura de Primo de Rivera. El relato comienza con un Unamuno anciano y vencido que apoya a Franco, y que habrá de buscar fuerzas en el recuerdo de su estadía forzada en la isla canaria de Fuerteventura para resistir en el presente.

Descontando La isla del viento, el seleccionado latino se completa con dos largos más. El abrazo de la serpiente, tercera película del colombiano Ciro Guerra, transcurre en la selva amazónica de Vaupés. Surgido a partir de los diarios de viaje de dos exploradores, el relato ficcionaliza el encuentro con un chamán retirado que habrá de ayudar al protagonista a buscar una planta que “enseña a soñar”. Mediante un exquisito blanco y negro, Guerra retrata un mundo en desaparición asediado por el colonialismo europeo. Ya en la actualidad, Sergio Oksman cuenta en O futebol el reencuentro de un padre y un hijo que tiene el Mundial de Brasil como telón de fondo. Dentro de un auto, con calma y serenidad, la película mide la distancia que separa a uno del otro y los rodea con los sonidos insistentes y confusos de un partido de fútbol que se juega en un remoto fuera de campo.

La reducida presencia francesa está representada por una sola película: El precio de un hombre (La Loi du marché), de Stéphane Brizé, un cuento moral acerca de la debacle económica de Europa, viene de llevarse el premio al Mejor Actor en Cannes (para Vincent Lindon) y parece replicar el cine social de los hermanos Dardenne. Por su parte, Koza es una suerte de extraña relectura checo-eslovaca de Rocky en clave contemplativa que observa aquellos momentos cotidianos que el cine de boxeo suele relegar: la película desborda su relato y crea un universo áspero y hasta un poco absurdo.

A diferencia del tono femenino e intimista que caracterizaba a Starlet, el estadounidense Sean Baker despliega en Tangerine un relato convulso y en falsete acerca de dos prostitutas trans, filmado solamente con tres iPhones 5S. Contra cualquier pronóstico, esa economía técnica no produce un tono documental sino una farsa histérica y trepidante. Finalmente, la canadiense Remember viene de capa caída desde su estreno en Sundance. La película de Atom Egoyan cuenta nada menos que con la presencia de Christopher Plummer, Martin Landau, Bruno Ganz y Jürgen Prochnow, pero la gran mayoría de las críticas coinciden en que el director desaprovecha tanto a su reparto como la historia de una venganza a lo Memento que peligra por culpa de una memoria dañada.

 

Competencia Nacional

El espejo de nosotros

Por Hernán Panessi

Lejos del fragor del rimbombo mediático, la Competencia Argentina remite a la mejor tradición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: bueno y variado. Después del año de Su realidad, de Mariano Galperín, lo que alguna vez fue un sueño hoy es sentencia: las chispas de esta programación alumbran más de lo que liman.

Desde ahí, el (ya) histórico José Celestino Campusano (que vino, lucho, peleó y ganó casi siempre) entrega El arrullo de la araña y, con ella, la experiencia –siempre descarnada– surgida a través del novedoso Cluster Audiovisual de la Provincia de Buenos Aires. En la selección figura la road movie Camino a la Paz, de Francisco Varone, que pide pista con Rodrigo De la Serna y el flaco Ernesto Suárez como faroles. Por ahí, Como funcionan casi todas las cosas, de Fernando Salem, apuesta sus fichas (mucha atención a este elenco) con una historia de reencuentros y sueños rotos. Los cuerpos dóciles, de Alfredo García Kalb, se entromete en el trabajo profesional de un abogado penalista y se hace una pregunta intrincada: ¿cómo opera el sistema judicial argentino? Post Locarno, El movimiento, de Benjamín Naishtat, intenta deducirle –menuda tarea– la cadena genética a Aguirre, la ira de Dios, de Werner Herzog. Después del bombazo de San Sebastián, Paula, de Eugenio Canevari, fascina –a su ritmo, de paisajes bucólicos y planos boscosos– con una temática de época: piba se embaraza de “alguien”, quiere abortar, no tiene plata ni condiciones. También asoma un nombre-gancho sin par: Pequeño diccionario ilustrado de la electricidad, de Carolina Rimini y Gustavo Galuppo, una de terror gótico pintada de documental de divulgación científica.

No es extraño que esta competencia juegue a sacar una fotografía de lo que viene pasando con el cine local y su relación con los festivales. Así, entonces, con un pulso personal y mirando con respeto a las selecciones de los clase A del mundo, Mardel sigue sorprendiendo. Acá no hay viejo ni nuevo cine: hay cine argentino. Por caso, el desafío para futuras ediciones es radicalizar una identidad que nos comprometa por fuera de esta temporada. Un espejo que nos refleje y perpetúe más allá de los circuitos festivaleros. Y, en su composición más íntima, hacerse cargo de este cine significa, asimismo, aseverar que los caminos siguen convergiendo y bifurcándose: por alguna razón –saludable pero imposible de descifrar– continúa vital el timing cansino en el mismo espacio-tiempo en el que las historias que fluyen como río ganan cada vez más terreno.

 

Competencia Latinoamericana

Apátridas

Por Eduardo Benítez

Hay una recurrencia destacable en la Competencia Latinoamericana de esta edición: los directores de la mayoría de las películas seleccionadas eligen no filmar su entorno, su lugar de origen o de residencia. Abordan situaciones que les resultan al menos distantes espacial y temporalmente y, por qué no, extrañas. Algunos son exiliados (forzados y voluntarios) y recurren al ejercicio de la memoria para pensar cierta conflictividad de su país de origen. Otros; extranjeros que anclan la temática de sus obras en países donde no son nativos.

Uno de los hitos más interesantes de la competencia pertenece a este último grupo: con Santa Teresa y otras historias, el dominicano Nelson Carlo de los Santos se apoya en la novela de Roberto Bolaño 2666 para generar un ensayo fílmico que reflexiona sobre la violencia de género en Puebla, México. También el guatemalteco Julio Hernández Cordón (director de Las marimbas del infierno, 2010) elige México como marco de su ficción Te prometo anarquía, relato de amor tempestuoso sobre dos jóvenes skaters que se dedican a traficar sangre y se ven envueltos en una trama de narcos que los excede por completo. Marcia Tambutti Allende, responsable de otro de los platos fuertes, Allende mi abuelo Allende, vive en México pero decide volver al Chile de su infancia tras su exilio para reconstruir una imagen íntima de su abuelo, en un documental conmovedor que transforma una historia que podríamos sospechar insustancial en un cuento extraordinario. Un perfil de Salvador Allende en su faceta familiar y cotidiana, que deja de lado la mitificación “de postal” de su figura.

 

BSO (Hora Cero)

Alzan su voz

Por Aldo Montaño

De tan firme e inoxidable, la comunión entre películas y música se volvió una pieza infaltable de cualquier festival de cine. Desde su sección Hora Cero, el de Mar del Plata ofrece este año un menú bien rockero.

Recorriendo de punta a punta la historia del heavy metal argentino, hurgando en sus orígenes y pensando su futuro, Sucio y desprolijo se sostiene a través de los relatos de ex integrantes de bandas como V8, Hermética y Horcas, entre otras, que desembocan en el homenaje a Pappo y la celebración de la figura de Ricardo Iorio. Por su parte, Desacato a la autoridad: Relatos de punks en Argentina 1983-1988 es la segunda entrega del proyecto dirigido por Tomás Makaji y Patricia Pietrafesa que reconstruye la historia de este movimiento deteniéndose en su esencia no tanto musical sino más bien ideológica: la afinidad con el anarquismo, los fanzines y el punk como forma de vida son algunos de los tópicos de este documental que, como Sucio y desprolijo, encuentra como punto de partida el contexto post dictadura en nuestro país.

También como el recorte de un lugar y una época, B-Movie: Lust & Sound in West-Berlin 1979-1989 muestra cómo Mark Reeder, atraído por bandas como Kraftwerk y Neu!, cambió Manchester por Berlín para encontrarse (y documentar absolutamente todo con su cámara) con la efervescencia cultural de una ciudad partida en dos. Las performances artísticas resultan tan protagonistas como los enfrentamientos con la policía en esta película enérgica y festiva que fue presentada en la última Berlinale.

Volviendo a Argentina, Lexter, la última ola muestra el contacto que un joven estudiante de radio establece con un mítico conductor que cree que todo lo bueno ya está muerto, con quien, como Seth Rogen con Sandler en Funny People, se relaciona para aprender y termina por conocer sus fantasmas. Por último, Entre dos luces es el resultado de un exhaustivo seguimiento a Suárez (banda que supo liderar Rosario Bléfari en los noventa, momento en el cual era definida como “rock alternativo”) durante sus ensayos, sus viajes y sus intensos shows en vivo. Confundiendo los tiempos de ocio con los de trabajo, este diario de viaje termina siendo a la vez el fiel retrato de una época: por la textura de sus imágenes en VHS, los mensajes escuchados en el contestador y la confección de las artes de tapa: para armar las portadas de sus discos, podemos ver a los músicos recortar fotocopias y pegarlas con plasticola.

Jerónimo Rodríguez (coproductor de La princesa de Francia, de Matías Piñeiro) vive en Nueva York y también decide volver a Chile para rodar Rastreador de estatuas,docuficción en la queel disparador es un film de Joaquim Jordá. Allí ve una estatua de un neurólogo portugués (el impulsor de la lobotomía) que reenvía al narrador en off a sus conversaciones con su padre acerca de un busto similar emplazado en algún parque de Santiago. De esa manera comienza un viaje en que los recuerdos personales se funden con el derrotero a través de la historia de un país. Con Tiempo suspendido sucede algo similar. Enfocada en la historia de su abuela (quien padecía de demencia senil en sus últimos años y había sufrido la desaparición de sus tres hijos en la dictadura militar del 76), Natalia Bruschtein produce en su lugar de residencia, México, un documental en el que entrelaza una reflexión sobre la memoria biológica y la memoria histórica.

En algunos de estos films visitamos la mirada enrarecida de quien llega a su país de origen luego de varios años. En otros, la observación curiosa y la nutrida frescura que solo puede proporcionar el hecho de ser un simple foráneo. Un corpus de películas que gestionan verdaderas poéticas de la repatriación y el desarraigo. 

 

Hollywood sin Censura

La pantalla desnuda

Por Amadeo Gandolfo

Antes de 1934, cuando el zar del cine Joseph Breen logró finalmente poner en práctica efectiva el Código de Producción de Films de Hollywood, creado en 1922, la industria tenía una relación bastante laxa y liberal con los materiales que exhibía. Por un lado, como una respuesta a su propia condición libertina, perfectamente descripta in extenso por Kenneth Anger en Hollywood Babilonia. Por otra parte, por la actitud disipada que permeó a los años 20 en su totalidad. Pero lentamente las fuerzas del conservadurismo se ciñeron sobre la Ciudad Plateada. Un poco por el miedo a una censura mayor por parte del gobierno federal (la misma excusa que se empleó en el cómic en los años 50 para imponer su propio y draconiano código de autocensura), y otro poco por un motivo que hoy en día nos suena extraño: se temía que el ascenso del cine sonoro, con su mayor realismo y apelación a la sensualidad de los sentidos, provocase una crisis moral en “los niños”. El código tenía una impronta fuertemente católica que impedía, entre otras cosas, mostrar desnudez, tráfico de drogas, insultos y lenguaje obsceno y burlarse del clero y las instituciones de otros países. Durante más de dos décadas dominó aquello que podía mostrarse.

En esta retrospectiva, sin embargo, la atención está enfocada justamente en aquello que se perdió. Y lo que sorprende, más que los signos de quiebre, son los signos de continuidad. Porque muchas de las películas exhibidas portan las marcas de aquello que vendría después, solo que vestidas con otros ropajes, más vulgares, más plebeyos, más cocoliches. Así, tenemos películas como El arrabal de Raoul Walsh, que parece una escritura de Gangs of New York en clave vaudeville y con el tono de las tiras de prensa de Richard Outcault (The Yellow Kid, Buster Brown) de principios de siglo. O la fantástica 20000 años en Sing Sing (Michael Curtiz), película de redención carcelaria con momentos dignos del expresionismo alemán. O Polvorilla (Victor Fleming), que preanuncia el género de las comedias screwball pero con un subtono manipulador y oscuro. Y eso no es todo: pueden contemplar a Clara Bow como una joven de vida disipada que se entrega a los placeres del baile y del beso a hombres desconocidos en The Wild Party (Dorothy Arzner), o seguir la historia de un joven sin antecedentes que termina matando a un hombre por culpa de las malas compañías en ¿Son estos nuestros hijos? (Wesley Ruggles), que demuestra que la preocupación por la decadencia de las nuevas generaciones viene de lejos.

Todas estas películas muestran un Hollywood que ya conocía sus trucos pero era un poco más gamberro, un poco más irresponsable, un poco más real y humano, menos acartonado que lo que vendría después. Hollywood en su adolescencia.

 

Nuevos Autores

Zona de promesas

Por Sol Santoro

Si ir por los autores consagrados es una apuesta segura, una doble y mucho más arriesgada es ir por esos nombres mucho más nuevos, frescos, recién estrenados que han dado un patadón inicial tal fuerte que suben de un tranco largo varios escalones en el camino del cine con firma. Allí está Kun-jae Jang (Sleepless Night, proyectada en Mar del Plata 2012) con A Midsummer’s Fantasia, una historia que se divide en dos en una suerte de espejo deformante, donde todo cambia dependiendo de qué lado del lente se mire. También desde Corea del Sur llega On Board, de Won-tae Seo, un corto de imagen cautivadora, donde el traspaso ya no es solo entre realidades o ficciones sino también entre la pintura, el cine y la fotografía que se funden una y mil veces. 

De la más corta pasamos a la kilométrica Homeland (Iraq Year Zero), de Abbas Fahdel, cuyos 334 minutos se convierten en un pequeño puñado de horas comparado con el pesadísimo volumen de la realidad que tiene frente a sí misma. Si el 11 de septiembre marcó un antes y un después por doquier, Irak no es (ni por lejos) una zona que pueda escapar a aquello y, aquí, cada una de las historias individuales deshoja un poco más toda esa carga que se hace carne y vida cotidiana.

Otro de los nombres que se repiten en esta edición es Ben Rivers (A Spell to Ward off the Darkness, exhibida en 28° Festival), que llega con su A Distant Episode;al ver allí el sello de Lux, entendemos inmediatamente que esto es algo sobre lo que vale la pena poner el ojo. No hay palabras ni explicaciones en este trabajo que recorre de una manera diferente el trasfondo del quehacer cinematográfico. Rivers presenta también The Sky Trembles and the Earth Is Afraid and the Two Eyes Are Not Brothers, un título larguísimo que no necesariamente describe todo lo que sucede en la película. Basado en Un episodio distante,de Paul Bowles, y en algunos relatos de Mohamed Mrabet, el film sigue ni más ni menos que a un cineasta que, en dos partes bien delineadas, funde rodaje con un inesperado detrás de escena.

La sección –que se completa con Videofilia (y otros síndromes virales), Amama, Necktie Youth, The Automatic Hate, H. y Yo, él y Raquel– propone idas y vueltas de todo tipo en un terreno en el que todavía, y en el mejor de los casos, tenemos muchísimo por descubrir.

 

Revisiones Nacionales

Rutas argentinas hasta el comienzo

Por Griselda Soriano

Solemos correr por los festivales de cine siempre atentos a lo nuevo, expectantes ante la posibilidad de descubrir la próxima gran revelación (revelación que, seamos sinceros, no se produce tantas veces como uno quisiera). Pero los buenos festivales (y el Festival de Mar del Plata se cuenta, afortunadamente, entre ellos) saben que invitar a sus espectadores a redescubrir la historia es contribuir a cuidar uno de los más preciados caminos de la cinefilia: el amor por el cine del pasado. En un país en que la historia del cine ha sido tantas veces descuidada, este esfuerzo es doblemente valioso. En ese contexto, las revisiones nacionales del Festival de Mar del Plata son siempre una fuente de alegría y de sorpresas, en la que vale la pena sumergirse. Porque en la historia, les garantizamos, también ocurren las revelaciones.

La extensa lista de este año es variada y más que interesante, con mucho pero mucho para descubrir y para volver a ver como corresponde: en una sala, en pantalla grande. Mencionamos tan solo algunas de sus propuestas: homenajes a grandes realizadores argentinos de filmografías tan distintas como Luis César Amadori, Ralph Pappier, Humberto Ríos o Hugo del Carril (de quien podremos ver Esta tierra es mía y La calesita, completando así la retrospectiva que el Festival le dedicó hace un tiempo); películas malditas del cine argentino como Pobres habrá siempre, de Carlos Borcosque; una retrospectiva de cine publicitario recuperado (1966-1986); joyitas del primer Nuevo Cine Argentino como Los venerables todos, de Manuel Antin, o el mediometraje Noche terrible, de ese extraordinario director (nunca lo suficientemente valorado) que es Rodolfo Kuhn; rarezas como Mundo extraño, de Franz Eichhorn, con sus aventuras amazónicas; Palo y hueso, de Nicolás Sarquís, hija ficcional de la Escuela Documental de Santa Fe, entre muchas otras. Además, en el marco del Programa de Recuperación del Patrimonio Audiovisual, podremos volver a ver una serie de películas de tres directores fundamentales para la historia del cine político-social en Latinoamérica: Fernando Birri, Gerardo Vallejo y Raimundo Gleyzer. Las posibilidades son muchas, cada espectador puede inventar su propio recorrido, y aquí, les aseguramos, no hay riesgo de equivocarse.

Como decíamos en un comienzo, muchas –demasiadas– veces, en medio del vértigo de los festivales de cine, olvidamos algo que todo buen cinéfilo sabe: para construir el futuro, hay que mirar el pasado. Esta es una buena oportunidad para recordarlo.