Mi Herzog favorito

Sumado a la entrevista exclusiva al director de Fitzcarraldo, la crónica de su masterclass en el Festival 4+1 en Río de Janeiro, sus mejores diez enseñanzas y un texto de Pablo Trapero, todo publicado en el imperdible número de diciembre de la revista, compartimos con los lectores virtuales tres textos de nuestros redactores en el que eligen sus películas preferidas.

Nota publicada en la edición impresa del número de diciembre de 2012.

 

El niño inquieto

Por Eduardo D. Benítez*

Hay un puñado de películas de Werner Herzog que trato de rever con periodicidad. Las miro -no sin cierta perplejidad- para constatar que sí, que el director de Fitzcarraldo nació en el siglo equivocado. Porque hay cierto anacronismo en su modo de encarar el hecho cinematográfico, como si fuera un novelista de aventuras imposibles, como si Jonathan Swift o Herman Melville se hubieran salteado un par de centurias  para -con la tecnología disponible- filmar montañas, volcanes, tribus desconocidas o tomar panorámicas de algunas porciones inhóspitas del globo. Me gusta pensar a Herzog como un niño inquieto, un boy scout de alta intensidad, socarrón e irónico, cuya aventura fundante y movilizadora (la de viajar para conocer y la del proceso de filmación que siempre está al límite de tener el costo más alto: la vida) se traduce en: filmar para descubrir, hallar algún fragmento del mundo jamás develado en imágenes. Es el Herzog que se presenta como un personaje épico retratando a los buzos en la inmensidad subacuática de la Antártida en Encuentros en el fin del mundo, el que se manda en globo aerostático en la selva de la Guayana cumpliendo el sueño de Julio Verne en The White Diamond, el que encuentra un paraje interplanetario después de la batalla en Lessons of darkness, el que viaja miles de años internándose en las cuevas de Chauvet en La cueva de los sueños olvidados, el capítulo más nuevo de mi corpus personal. Allí, los poderes de la naturaleza son desafiados no como muchos dicen -emparentando a Herzog con el romanticismo alemán- para hallar una cierta pureza espiritual y mística por medio de esas imágenes inexploradas; si no para delinear al mundo como algo mucho más basal, cercano y omnipotente de lo que lo imaginábamos. 

*No Diego Maté, como erróneamente fue publicado en la edición impresa del número de diciembre.

 

Pink flamingos

Por Diego Maté

Resulta que una vez Werner Herzog, el cazador de imágenes nuevas y salvajes, uno de los pilares del Nuevo Cine Alemán, el director que se interna hasta lo más profundo e inhóspito de la naturaleza, se fue a filmar a Estados Unidos y para Estados Unidos. De esas películas, que son seis (hay un par más si contamos las coproducciones) se puede decir de todo: que resultan extrañas, desquiciadas, respetuosas, amargas, lúcidas, rigurosas, cómicas (Herzog, cuando quiere, demuestra ser un gran comediante que se disfraza de documentalista serio), pero nunca acomodaticias, complacientes o políticamente correctas. De los temas, personajes y paisajes múltiples que pueblan esas películas, hay una sola cosa que permanece firme, uniéndolas silenciosamente: los animales. Sí, los animales están en todas, y a veces cumplen un papel fundamental, desde las iguanas (antológicas, para el recuerdo) que inventa la mente febril y desequilibrada de Nicolas Cage en Un maldito policía en Nueva Orleans, hasta las ardillas que casi atropella con un carrito de golf el cura cuyo testimonio abre Into the Abyss. Las ardillas no están, son parte de una anécdota, pero igual funcionan de varias maneras: como signo de la divinidad, como memento mori amable y peludo, como señal que advierte sobre el sentido sinuoso de la película que está empezando. Todo eso y quizás alguna otra cosa hace Herzog en unos pocos segundos con unas ardillas que ni siquiera se muestran, ¡en un documental sobre la pena de muerte que transcurre en Texas! Pero hay más: están, por ejemplo, los flamencos rosa de jardín que Michael Shannon toma como rehenes en My Son, my Son, What Have Ye Done después de matar a su madre a lo Orestes (un detalle curioso: el personaje enloquece en el río Urubamba en Perú, no por nada el mismo que visitó el director para filmar Aguirre… y Fitzcarraldo); ni hablar de los osos asesinos y devoradores de personas de Grizzly Man. Pero nada supera a los pingüinos de Encuentros en el fin del mundo(ni siquiera los de Madagascar): allí, en una región perdida de la Antártida, Herzog conversa con un ¿pingüinólogo? ermitaño acerca de la posibilidad de la locura en esos animales. El estudioso confirma las sospechas del director, mientras que un pingüino solitario, sin explicación alguna, huye en dirección a las montañas y lejos del agua hacia una muerte segura. Esa imagen debe ser una de las más misteriosas que jamás haya dado el cine de nuestro director alemán preferido.

 

 

Sueño contigo

Por Griselda Soriano

No se dejen engañar: nunca tomen a Herzog como un cineasta realista. En sus películas, la realidad –sea lo que sea- se va corriendo de a poco hasta transformarse en algo que podríamos estar soñando. Ahí están los campos sembrados de molinos de Señales de vida, o el barco encallado en un árbol cuando la expedición de Aguirre pasa el punto de no retorno. Ahí están, también, esos viajes alucinantes que son Fata Morgana y Lecciones en la oscuridad, cuyos paisajes desérticos, de una materialidad violenta, se vuelven surreales al pasar a través del ojo del cine. Podríamos dedicar este texto a citar una extensa lista de ejemplos. Ya lo decía el mismo Herzog en (oh, casualidad) El peso de los sueños, documental de Les Blank sobre el rodaje de Fitzcarraldo: quizás un cineasta no sea más que aquel capaz de articular esas cosas que, en el fondo, todos soñamos.

Tal vez por eso –aunque paradójicamente dice que no sueña por las noches- está tan interesado en los sueños ajenos. ¿Qué sueña un condenado a muerte? ¿Y los peces? En medio de un documental, Herzog puede detenerse a poner en escena una pesadilla. Porque de sueños también está hecho el hombre y, entonces, cómo no iban a estar hechos de sueños los documentales.

Pero en sus films también hay lugar para lo que soñamos cuando estamos despiertos. El cine de Herzog está lleno de soñadores (reales y de ficción), aunque muchas veces sus sueños los conduzcan al fracaso. Y sosteniéndolos a todos está el personaje más fascinante de sus películas: el mismo Herzog, el que subió barcos por montañas, voló en globo sobre una catarata, se sumergió en las profundidades de la Tierra para buscar el origen del alma. Pero también el que se comió un zapato para alentar a un colega a terminar su película. El que (citamos otra vez El peso de los sueños) sintetiza el sentir de todos sus personajes con un: “si abandono este proyecto sería un hombre sin sueños, y no me gustaría vivir así”. Y se mete en el barro hasta la cintura, y nos hace sentir muy chiquitos a los que alguna vez nos dimos por vencidos. Sí: en ese barco, en ese globo, en esa expedición, van los sueños de todos. Y gracias a él los que persiguen lo imposible estarán siempre un poco menos solos.