Mi primera vez

Después de una larga carrera como productor, Sebastián Perillo se animó a dirigir Amateur, su ópera prima. Con referencias al género –desde Hitchcock hasta el giallo, pasando por Emilio Vieyra–, la película hace honor a su título y parece un sueño cumplido y orgulloso de quien finalmente lo hizo.

En su ópera prima, Sebastián Perillo deja clarísima su voracidad cinéfila en una película que alude democráticamente y sin distinciones de género tanto al olimpo como al inframundo del canon del cine mundial y nacional. La película combina grandes actores y excelencia técnica con la pasión e imprevisibilidad del cine de género más guerrillero. Con ecos de Hitchcock, pero también del giallo italiano, recupera ese placer de la mirada casi perverso que tiene su clímax en una incendiaria escena de sexo, de esas que hace años no se veían en la pantalla grande.
 

Tenés mucha experiencia en producción, pero Amateur es tu ópera prima. ¿Cómo surgió el proyecto? ¿Era una cuenta pendiente?

Yo soy re cinéfilo, he mirado muchas películas toda mi vida. Estudié cine y empecé como meritorio a fines de los noventa, después fui asistente, locacionista; hice todo el caminito, fui avanzando y después empecé a hacer más producción ejecutiva o dirección de producción. En un momento me encontré con que estaba en una posición en la que podía elegir proyectos y me gustaba la idea. En esa época todavía no estaba tan presente la idea de los géneros como se instaló después de El secreto de sus ojos. Yo tenía ganas de hacer ese tipo de cine, estaba buscando proyectos y, en un momento, en un hueco, dije: “¿Qué pasa si en el medio de esta búsqueda de proyectos hago yo uno de los que quisiera hacer?”. Entonces empecé a juntarme con Lucila Ruiz, que es guionista y amiga mía, y nos pareció que era interesante agarrar un suspenso súper clásico hitchcockiano, porque era lo que faltaba en ese momento en el cine acá. Terminamos el guion, armé el proyecto y, mientras, seguía produciendo otras películas. Como yo era el director más fácil de relegar, me iba pateando, y así pasaron varios años. Si bien a mí me parecía que estaba bien, mis socios y el resto de la gente no le daban mucha importancia al proyecto. Entonces un día, casualmente, conocí a un tipo que tenía un hotel y que me dijo: “Che, ¿tenés algún proyecto que transcurra en el edificio en un hotel?”. Entonces le conté la idea y le gustó mucho: “Hagámosla, yo pongo la guita”, me dijo. Así la empezamos a armar seriamente con socios amigos míos de producción, contando con que iba a estar esa plata. Finalmente la plata nunca estuvo, pero para cuando el tipo se bajó ya había entusiasmado a mis socios y ya estábamos encarando el proyecto. Después fue un montón de suerte, porque justo pegué muy buenos actores, que era el aspecto en que más inseguro me sentía. Si bien ser un productor me ayudó a conocer mejor lo que es ser director, a la hora de estar dirigiendo mi propia película mi temor era ese. Tuve suerte porque los cuatro protagonistas son actores con mucha experiencia y eso me sirvió mucho, casi no ensayamos. Cuando hablé con ellos entendimos bien cómo eran los personajes. Lo disfruté mucho porque fue casi como tomarme unas vacaciones; de golpe yo era el mimado y no aquel al que le reclamaban todos, al que puteaban cuando no había plata.

 

Amateur está llena de referencias cinéfilas, como los nombres de los personajes (Manuel Romero, Saslavsky, Martín Suárez) o las películas que miran los personajes. ¿Por qué decidiste incluirlas?

Como era mi primer proyecto, me pareció simpático meter los elementos que me quemaron la cabeza cuando era chico, porque todas esas películas las vi cuando tenía 10 u 11 años: en la tele había un ciclo a la tarde que pasaba películas clásicas argentinas. Todas las tardes estaba en mi casa y veía esas películas que me impactaron, como La muerte camina en la lluvia, Los muchachos de antes no usaban arsénico o Sangre de vírgenes, películas que me mostraba mi papá y que por ahí eran medio raras, porque no eran aptas para todo público. Entonces, cuando tuve la idea de debutar escribiendo un guion, empecé a tomar todos los elementos casi como una especie de manifiesto de incluir todo lo que me llevó a hacer cine. Me propuse arrancar con mi amateurismo, tomándolo como concepto para la película. Cuando te gusta el cine y ves alguna película que te copa, tenés ganas de mostrarla, y ese es el espíritu de por qué aparecieron esas películas.

 

Lo particular es que muchas de esas referencias son del cine nacional, e incluso de personas o películas no tan prestigiosas.

Hace unos años fui jefe de la última película de Emilio Vieyra, entonces lo conocí a él y a su mundo. Si bien es un personaje por momentos hasta nefasto en la historia del cine argentino, porque andaba coqueteando con la dictadura, cuando yo lo conocí era un viejo de 85 años que estaba haciendo un policial muy bizarro llamado Cargo de conciencia. Ahí me regaló una copia de Sangre de vírgenes porque yo le conté que la había visto de chico y me regaló unos pósters de la época más bizarra de él, que es la que me interesa. Entonces de repente me encontré en un mundo distinto, escuchando de primera mano un montón de anécdotas, porque también actuaban Ricardo Bauleo, el Facha Martel, y había un equipo técnico de gente de 70 años para arriba que Vieyra convocó de nuevo para hacer una última película. Tipos que ya estaban retiradísimos; uno trabajaba como remisero, el otro en la aduana, era un delirio.

 

Quizás era mejor hacer un documental sobre eso que una película en sí.

¡No sé cómo no me di cuenta! Tenía un par de amigos a los que les gustaba Vieyra, tendría que haberles dicho que agarraran una cámara y se vinieran porque ahí había algo espectacular. Yo era el pendejo que hacía el nexo con la actualidad, necesitaban a un pibe que supiera dónde conseguir las cosas de producción; eran todos muy mayores y no entendían el funcionamiento del cine actual. La experiencia estuvo espectacular, también me marcó mucho para pensar este proyecto propio. Me parece que la forma en que hacían esas películas tenía otro valor; estamos hablando de los sesenta. Me contaban que las filmaban en tres días, en 35 mm, y las doblaban los fines de semana tomando whisky. Eso también es parte del cine, tiene que ver con rebuscarse para hacer las películas “a pesar de”. Me parece atractivo ese tipo de cine –no solo el de Vieyra– que hoy no está tan a mano pero que tuvo su público; en su momento fueron películas exitosas. A Ricardo Bauleo también lo conocí personalmente y me sentí como Ed Wood con Bela Lugosi: iba a visitarlo a la Casa del Teatro y me contaba cosas espectaculares. De hecho mi idea era que trabajara en la película, pero después falleció.

 

Volviendo a la película, ¿cuál fue tu intención al hacerla?

La idea fue agarrar el género e ir bien por ahí, hacer una clásica película de suspenso pero darle más giros de lo habitual. Es lo que yo entiendo como cine divertido, ese es el objetivo. Que la película sea atrapante y que llegue un momento en que digas: “Bueno, acá puede pasar cualquier cosa”.

 

¿Te parece que ese es un riesgo que puede correr un género extremo, y quizás no tanto un género clásico?

Exacto, llega un momento en que también está bueno darle un par de vueltas de tuerca porque si no el esqueleto de género se ve demasiado, se le notan mucho los hilos. Si bien queríamos que se cumplieran ciertas normas del cine de género, pensamos en darle unas vueltas para que el espectador no sienta que está viendo algo que ya vio, cuestión complicada cuando hacés una película de género. Pero tampoco quería sarparme; no quería hacer una película con sordidez, no quería pasarme de la raya porque, si bien tiene sus chorros de sangre, la película no pasa por ahí. De hecho los momentos sangrientos están un poco exagerados para que al espectador le parezca hasta un poco irreal. También se laburó mucho el tema de las locaciones. Me preocupé mucho por eso, porque la película no podía ser costumbrista, tenía que ser muy estética para evitar que el espectador se horrorizara de más.

 

¿La música también va en ese sentido?

La música también fue muy difícil de pensar; yo no quería caer en Bernard Herrmann porque ya era el colmo del cover. Necesitábamos buscar algo que le diera elegancia pero también que fuera extraño y, como la película es medio retro, necesitábamos que la llevara un poco más a esa época. Entonces buscamos por el lado electrónico, sin perder los colchones de cuerdas, que son típicos del género. La película ya tenía muchos elementos del cine hitchcockiano y depalmiano, y quería alejarme de eso musicalmente, entonces me parecía que si se la encargaba a un músico de películas seguramente iba a ir más por ese lado. Por eso probé con alguien diferente como Darío Ramos Maldonado, que nunca había hecho una película profesionalmente pero conocía mucha música de cine.

 

Si bien, como vos decías, el cine de género tiene una mayor presencia dentro del cine nacional, no sé si eso tiene correlato en el público.

Es que está la sensación de que el cine nacional es masivo, pero no lo es tanto; la realidad es que, de las 150 películas que salen por año, debe haber tres o cuatro que la gente conoce, que mi vieja conoce. Hay algo que todavía no terminamos de comprender (y te lo digo sobre todo como productor) en lo que son las tácticas de lanzamiento. Y también, no sé si es por negligencia de la industria o qué, uno hace las películas por hacerlas. Uno se ceba, filma, le pone pilas a la idea, y después en el momento de estrenarla está en bolas; le resulta muy difícil porque no tiene la estructura para lanzarla fuerte. Hay una falencia ahí, en cómo se piensa un proyecto entero. Deberíamos pensarlo desde cero: así como uno piensa que va a necesitar determinada guita para filmar la película, también debería pensar en cuánta guita va a necesitar para lanzarla, para que funcione a escala. Y eso me parece que es un pendiente del cine, de la producción.

 

Amateur

De Sebastián Perillo

2016 / Argentina / 97’

Estreno: 24 de noviembre (Primer Plano)