Mirar como espera

Dejando espacios en blanco y narrando con la tranquilidad de quien sabe a dónde se dirige su película, Celina Murga apunta su lente sobre la adolescencia y la familia –con un fuerte acento en lo masculino– y nos regala los brillantes debuts actorales en cine de Alián Devetac y Daniel Veronese.

Adelanto del número 145 de Haciendo Cine, que estará a la venta a partir de este viernes.

El cuarto largometraje de Celina Murga no solo marca la vuelta, luego de seis años, de esta directora a la ficción, sino que además está producido por Martin Scorsese, quien –se sabe– en 2008 eligió a Murga como protegida en el programa de mentores de Rolex. La tercera orilla además es el primer trabajo de escritura conjunta entre la entrerriana y Gabriel Medina (director de Los paranoicos y La araña vampiro), cuyo toque puede notarse en varios momentos de esta película tan centrada en sus personajes masculinos.

Esta historia trata sobre el joven Nicolás (Alián Devetac) y sobre su familia: su hermana, su hermano, su madre y su padre, Jorge (el espectacular Daniel Veronese, debutante en cine), quien tiene dos familias paralelas. Ambas aceptadas, ambas reconocidas, ambas frecuentadas por ese padre, pero nunca ambas en el mismo escalón. Porque, claro, Jorge vive con un solo grupo familiar, que no es el de la madre y los hermanos de Nico. Jorge elige dónde vivir y cómo vivir, y esa elección determina y moldea la forma de vida (y, en este caso, también las comodidades) del protagonista.

Hay una escena de La tercera orilla en la que Jorge llega a la casa de la madre de Nicolás, entra y piensa que no hay nadie. Su hijo está, pero se esconde. Solamente lo observa. Y ve a Jorge dejarles de regalo un LCD y luego tomar agua del pico de la botella que está en la heladera. Está claro que Jorge se siente un poco dueño de esa casa; se mueve a gusto, parece cómodo. Nicolás lo ve sentirse así y no puede sacarle los ojos de encima. Su padre no pertenece a ese lugar y, como un animal que registra a su presa, Nicolás está al acecho. Sin embargo, él se limita a observar.

Ahí comienza la auténtica historia de esta película, que es aquella que pasa en la mirada de Alián Devetac y su increíble personaje. Esos ojos –los mejores protagonistas y narradores de todo este relato– atraviesan la película, y cargan con un peso narrativo y simbólico fuera de serie. Murga sabe filmarlos, sin abusar del primer plano, sin explotarlos hasta el hartazgo, sin dejarse tentar por su belleza o su elocuencia, sino simplemente dándoles un lugar en esta película que es la expresión de una mirada y varias: la de Nicolás, que vive esta historia; la de Alián Devetac, que actúa hasta con las pestañas; la de Celina Murga, esa directora que observa la adolescencia y observa la familia ahora con ojos mucho más teñidos de una masculinidad que destapa violencia, machismo, ternura y compañerismo a la vez.

Nico observa con los ojos, con el cuerpo, y Murga observa con su cámara. Ambos nos muestran que ese padre no es un dictador ni un desgraciado, sino simplemente un tipo algo desagradable, que tiene dos familias paralelas, “blanqueadas”, aceptadas por sus integrantes (no con felicidad pero aceptadas al fin). Devetac es un actor (¿un no actor?) paciente, y esa gran virtud le regala aire a la película y le imprime un determinado ritmo. Todo lo que no dice este relato lo sugiere la mirada de Nico, que es protagonista, línea narrativa, componente estético y puesta en escena al mismo tiempo.

La tercera orillatrabaja fuertemente con la categoría de limbo, de ese espacio indefinido (o de espera) entre cosas, entre estados. Nicolás es ese limbo, sus hermanos también lo son. Porque ellos son los hijos de Jorge, pero nunca le dicen papá. Porque son su familia pero a la vez no son su familia. Porque van al mismo colegio privado al que va su medio hermano (colegio que seguro el padre les paga) pero viven en una casa con comodidades, estilos y espacios muy diferentes de aquella en la que viven Jorge, su mujer y su hijo. De hecho, Nicolás visita esa casa cuando ellos no están. Entra sin permiso, se mete en la pileta, se seca en medio del comedor y corre a esconderse debajo de la cama cuando los escucha llegar. Ese no es su espacio, pero necesita invadirlo de algún modo para sentirse parte de él, para afirmar que no quiere ser parte de él. Para elegir ser todavía ese medio que está donde no está su padre.

Murga trabaja la mencionada categoría en los distintos niveles en que se mueve el relato: ella nunca termina de definir cuál es la relación entre los chicos, o entre los chicos y Jorge. Lo deducimos, lo intuimos, creemos saberlo. Pero nunca nos enteramos de si la gente sabe que Nico es hijo de Jorge; tampoco sabemos si su mujer oficial los acepta. Las categorías se mezclan, y las personas que ocupan esas categorías se derriten, porque Murga justamente no quiere encasillarlas. La directora deja espacios en blanco, filma y narra con la tranquilidad de quien sabe hacia dónde se encamina su trabajo, porque está segura de que esos huecos no desesperan sino que desafían al espectador. El cine de esta entrerriana siempre se caracteriza por eso, por plantear espacios donde transitar libremente (y eso vale para director, personajes, historia, espectador). De hecho, su ópera prima, Ana y los otros, es una especie de ensayo físico de esa libertad que requiere explorarse, recuperarse y, por momentos, hasta perderse para volver a funcionar.

Esta vez es la mirada de Devetac la que encarna ese movimiento narrativo que tanto caracteriza a Murga. Los ojos de Nicolás son lo único que atraviesa ese mencionado limbo, lo único que une aquellas partes que lo rodean, y construyen una especie de puente entre todo lo que vamos viendo. Porque Murga deja huecos pero nunca nos deja solos. Por eso nos regala a este protagonista que, muy al contrario de lo que se planteó en varias críticas sobre esta película, no es un adolescente al que “le cuesta caer” o que “aguanta y explota”, sino más bien es un tipo que elige cuándo, que elige un momento. Entonces, a lo largo de toda la película, Nicolás va teniendo conquistas. Las primeras son en su casa. Las que le siguen son en el colegio. Y ya las últimas son por los pagos de su padre (de hecho, en una de las escenas finales vemos a este chico ocupar el lugar del padre en el vals de la fiesta de quince de su hermana). Nicolás va conquistando espacios, va ganando terreno. Pero él nunca aguanta, él siempre elige. Y elige esperar. Solo cuando sus ojos le sangran de dolor y de tristeza, entonces elige que es tiempo de que su mirada ya sirva para otra cosa.

 

La tercera orilla

Celina Murga

Estreno: 13 de marzo

2014 / Argentina / 92 minutos

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