Moldear la forma de las nubes

Luego de cosechar con Medianeras un público fanático que no discriminó idiomas ni fronteras, Gustavo Taretto estrena Las insoladas, su segunda película, que repite el ejercicio de reversionar un cortometraje propio.

Tal como lo hacía Medianeras, Las insoladas refleja la obsesión que siente Gustavo Taretto por la identidad arquitectónica de Buenos Aires, de la competencia estética de los edificios hasta la membrana plateada que funciona como un paisaje brillante cuando los turistas vuelan sobre la ciudad de escenarios contradictorios. Con tono de comedia, Gustavo Taretto viaja en el tiempo para sacudir el polvo de los años 90, aquella época en la que la sociedad se dividía entre las personas que soplaban el espantasuegras y hacían girar las matracas mientras bailaban el carnaval carioca y las que simplemente observaban desde una ventana como espectadores de una fiesta sin volumen. El director nos invita a espiar el universo femenino bajo el sol ardiente, a través de charlas infinitas entre seis actrices que se instalan en una terraza desde destinos muy diferentes para que seamos testigos de una insolación que atraviesa la piel como consecuencia de una obsesión que está a 6901 kilómetros de distancia. Taretto se puso la malla para desnudar, en esta entrevista, los detalles del nacimiento y el proceso del proyecto para lograr, finalmente, el bronceado soñado.

 

Las insoladasiba a ser tu ópera prima, pero finalmente fue Medianeras. ¿Qué te impidió reversionar el cortometraje de Las insoladas en aquel entonces?

Confié en la visión de los productores. Yo quería hacer las dos películas, y Rizoma también quería, pero Hernán Musaluppi me convenció de que no lo hiciera. Ya ni recuerdo cuál era su argumento, porque esto fue como en 2007. Él pensaba que era mejor hacer primero Medianeras y después Las insoladas. Yo quería estrenarlas en orden cronológico, pero él me debe haber dado un argumento muy convincente para que no se hiciera así, porque me convenció. Yo soy un director bastante paciente; no me apuro para hacer las cosas. Dejo que fluyan y creo que en algún momento se van a concretar.

 

En una entrevista dijiste que cuando filmaste Medianeras, el largometraje, lo hiciste en completa libertad. Con Las insoladas ya tenías un entrenamiento previo. ¿Cómo viviste tu segunda experiencia en filmar un largometraje? ¿Cuánto duraron el rodaje y la preproducción de la película?

La experiencia fue igual que con Medianeras, porque hay algo que está en el espíritu que, en mi caso, coincide con el espíritu de Rizoma, la productora principal de la película (más allá de que hay productores asociados). A mí me gusta que la película esté por delante de todo, por delante de todos los objetivos. Entonces, sí, se hizo con absoluta libertad. Después hubo que hacerla con toda la humanidad que me fue posible, porque el rodaje era arduo; por ahí yo me habría quedado dos semanas más filmando la película, porque hay cosas que me hubiese gustado probar. Lo que sí costó con Las insoladas es que todos los engranajes coincidieran para hacer la película; al ser seis actrices, era difícil desde el lado productivo. Fue una película compleja, porque no es lo mismo hacer una escena con dos actores que con seis; los errores y los aciertos se multiplican. De hecho, la película se pospuso un año: estaba cerrada como para hacerla el verano anterior. Y, además, cada postergación de Las insoladas era de verano a verano, porque siempre mantuvimos la decisión de que la película fuera rodada en las condiciones en las que se filmó: con sol real. Pero la hice, y estoy muy orgulloso del resultado y del proceso. Creo que la adversidad en la que hicimos la película nos unió, nos hizo un grupo. Yo siempre decía que nosotros nos estábamos convirtiendo en las insoladas mientras hacíamos la película. Teníamos los mismos obstáculos y el mismo deseo de llegar al final que tienen las chicas; entonces hubo como una simbiosis entre el equipo técnico y artístico y lo que pasaba en la ficción.

 

Las actrices del largometraje no son las mismas que las del cortometraje. ¿Cómo fue el casting de las actrices? ¿Reescribiste la película pensando en ellas o las actrices se adaptaron al guion terminado?

El cortometraje es de 2001. Hasta que se filmó la película pasaron doce años, con lo cual las actrices del cortometraje quedaban fuera del rango de edad para protagonizar el largometraje. El proceso de selección fue, en principio, intuitivo. A mí me gustaba hacer una especie de experimento formando un elenco con actrices de diferentes características. Cuando le contaba a alguien cómo iba a ser el elenco lo desconcertaba, por esta idea de mezclar actrices que vienen de lugares distintos. Me parece que es algo que busqué intuitivamente, pero después le encontré una explicación: yo no quería trabajar con un equipo que ya estuviera formado, quería construir un equipo. Por eso busqué actrices que fueran muy distintas entre sí y, además, como es una película que de principio a fin se sostiene pura y exclusivamente en esos seis personajes, quería que fueran muy diferentes desde el primer punto del origen del proyecto. Hubo diferentes momentos; hay actrices a las que les ofrecí el guion porque ya se me aparecían en el momento de la escritura, como Carla Peterson o Violeta Urtizberea. También hicimos un proceso de casting no muy abierto: armamos una lista muy acotada de actrices que yo tenía ganas de conocer, y la verdad es que han venido muchas más de las que yo podía llamar. De esa selección salieron Marina Bellati y Elisa Carricajo. El caso de Luisana Lopilato fue muy distinto; es una historia medio personal por la cual yo puse los ojos en ella: durante el proceso de la enfermedad de mi viejo (tenía un cáncer terminal), él miraba el programa Casados con hijos y se reía. Por un lado se moría, pero por el otro se reía. Y yo lo vi todos los días durante el tiempo en que lo acompañé en el proceso de su muerte, y ahí fue cuando empecé a fijarme en Luisana; hacía cosas muy impresionantes, tiene un enorme potencial. Era muy chica en esa serie, yo no la conocía, y una vez, conversando con Érica Rivas, su compañera de elenco del programa, me habló maravillas sobre ella durante veinte minutos sin parar, desde su potencial hasta su compañerismo. Érica me hizo el vínculo, nos encontramos un par de veces, hicimos unos ensayos y yo quedé encantado. Su personaje no encajaba con ninguno de los cinco que tenía escritos en el guion, y yo quería que ella estuviera, así que le escribí un personaje nuevo para que apareciera la sexta insolada. Uno de los personajes que más nos estaba costando encontrar, a casi dos meses de empezar a filmar, era el de Sol, y ahí fue cuando apareció Maricel Álvarez. Hicimos un ensayo en su casa, y a mí me gustó mucho lo que hizo. Cerré los ojos, visualicé a las seis juntas y tomé la decisión de hacer la película sin haber realizado una prueba entre ellas seis.

 

El largometraje Medianeras no se corría casi nada de los ejes del corto, más allá de algunos cambios como consecuencia de la extensión del metraje. ¿Cuánta fidelidad tiene el largo Las insoladas con el corto? ¿Para vos fue un proceso de reescritura o considerás que es una película nueva?

Yo siempre lo comparo con el trabajo de un pintor. Un pintor siempre pinta a una modelo, a una casa o a un paisaje; supongo que es una manera de ir encontrándolo. Para mí el corto y el largo son géneros totalmente distintos, los tomo como escribir un cuento o una novela. Pienso que hay ideas que a veces merecen ser contadas como un cortometraje, y a veces merecen ser contadas como un largometraje. Pero hay ideas que merecen ser contadas de las dos maneras, y esas son las que me pongo a investigar; a mí me estimula ese desafío. El largo Las insoladas no es tan parecido al corto. De hecho, diría que solo se parecen en que son chicas que toman sol en una terraza y tienen un sueño que se convierte en una obsesión. Pero en el tono, en la estética, en el tipo de humor, no los veo para nada parecidos. El largo está construido con cierta artificialidad, todo está más manipulado, desde la puesta de cámara hasta la ubicación de las chicas, la elección de los colores, el tono de piel. El corto era más realista. Lo que me importaba, en el caso del largometraje, era que lo único realista que tuviera la película fueran las emociones por las que pasan los personajes y no tanto la manera de verlas.

 

¿Trabajaste con el mismo equipo técnico de Medianeras o lo modificaste?

El equipo es exactamente el mismo, porque siempre trabajé con el mismo equipo. A mí me gusta escribir y dirigir; los cortos los produje yo, pero eso significa que puse la plata, nada más. Cada uno de los cortos tuvo un jefe de producción, porque yo soy una persona completamente desordenada y dispersa como para llevar adelante ese rol. Y ahí la dirección de arte la hice porque se la había ofrecido a tres directoras de arte y a todas se les complicaba. Además, eso es lo que hago cuando trabajo como creativo publicitario. En el largometraje no fue así; yo tengo un equipo con el que trabajo hace mucho y les tengo absoluta confianza, tienen total libertad de acción. Tenemos una reunión en la que nos ponemos de acuerdo en las cosas generales de la película, y casi que después veo todo hecho. Yo no voy a ver el momento en que se edita la película, por ejemplo. No trabajo como la mayoría de los directores, que se sientan al lado del editor y le respiran en la nuca. Todo lo que puedo delegar lo delego.

 

En Medianeras, los espacios donde vivían los protagonistas eran decorados. ¿El espacio de Las insoladas es real o artificial?

Mitad y mitad: la terraza y el suelo es real, pero es una terraza que encontramos en una fábrica abandonada y la transformamos en la terraza de un edificio. El equipo de arte hizo un trabajo increíble: han construido barandas donde no las había, han inventado paredes, escaleras, volúmenes, caños; casi todo lo que está puesto en la película no existía en la terraza real. Básicamente, construimos una terraza sobre un piso. Eso fue parte del desafío, porque sabíamos que teníamos una película de 90 minutos en una única locación. Entonces había que tener muchos rincones, muchos volúmenes para poder desacostumbrar al público todo el tiempo.

 

La película está anclada en los años 90. ¿Por qué elegiste contar la historia en ese momento y no en otro?

Porque, para mí, fue una década determinante en la historia económica, cultural y social del país. También fue una década importante para el mundo, sucedieron muchas cosas. Creo que el principio del avance tecnológico fue en ese momento: el teléfono celular, las primeras computadoras. Argentina dio un vuelco brutal desde el Estado a lo privado. Esa época es un gran recuerdo para mucha gente y una pesadilla para otros. Yo tengo el recuerdo de Argentina saliendo al mundo, tomándose aviones, visitando el Caribe. A mí el menemismo no me gustó para nada, lo viví sabiendo que era una fiesta que en algún momento había que pagar, y siempre me llamó mucho la atención los que quedaban al margen de ese sistema en el que nos convertimos como en un país de servicios. Elegí que Las insoladas fuera en esa época porque quería mostrar qué pasaba con seis chicas que no pueden ir a veranear a otro lugar que no sea la terraza, como esas personas que se quedaban al margen. Es como una fiesta que se ve desde afuera.

 

Las insoladasretrata un universo femenino en el que no hay hombres a la vista. ¿Cómo te nutriste de ese mundo para construir esas charlas en las que no hay un final sino puras interrupciones?

Bueno, la explicación que encuentro es que siempre he estado muy a merced de las mujeres. La mujer con la que estuve casado 18 años tiene una madre viuda, dos hermanas (separadas), las hermanas tienen todas hijas, yo tengo una hija… Entonces las reuniones familiares eran como quince mujeres y yo. Pero eso me pasó siempre, tengo el recuerdo de estar rodeado por muchas primas cuando era chica. Y, en general, cuando estás rodeado de mujeres no podés meter ni un bocadillo, casi siempre tenés que escuchar. Por otro lado, el guion está coescrito con una mujer: Gabriela García. Además de que se le ocurrieron un montón de cosas para la película, ese punto de vista balanceó que la escritura no recayera solo en un varón. Y después hay cosas de observación y otras de imaginación. Yo siempre saqué muchas fotos de gente tomando sol; me he ido a Mar del Plata a fotografiar gente, ese tipo de gente: clase media que se rompe el culo todo el año para estar veinte días bajo el sol en la playa de Mar del Plata, como que su felicidad es eso. También hacía excursiones en la Costanera Sur. A mí me gusta mucho la fotografía de Martin Parr: siempre me llamó la atención esa adoración hacia el sol. Podría haber hecho una película mixta en una pileta con hombres y mujeres que pasan un día tomando sol, pero me parecía más fuerte ir al extremo. Además, me daba curiosidad meterme en una ceremonia que es exclusiva de las mujeres y a la que el hombre no tiene acceso; saber qué pasa cuando se preparan para un sábado a la noche y le dedican todo un día a tomar sol para estar hermosas.

 

Medianerasexponía la fealdad arquitectónica de Buenos Aires, más que nada en las contradicciones estéticas. Las insoladas retoma esa preocupación al exhibir una de las grandes identidades arquitectónicas de Buenos Aires: la membrana que cubre las terrazas. ¿Pensás que esa obsesión se está transformando en una mirada autoral?

Sí, incluso antes de que yo me diera cuenta. En general, alguien me lo marca y lo reconozco, no es una decisión. Quizás el primer dato que tuve fue cuando en San Pablo hicieron una retrospectiva de mis cortos que llamaron “Cine y ciudad”. Mis cortos tienen mucho peso en el escenario, en el lugar donde suceden. Yo empecé haciendo fotos de arquitectura; desde que tengo catorce años que saco fotos de ciudades, de las relaciones entre los volúmenes de los edificios con las personas. Me cuesta mucho pensar cómo filmar algo si no sé dónde lo voy a filmar. Si no visualizo el lugar donde están los personajes, no puedo hacer un cuadro de story. Además, tengo una fascinación por descubrir los lugares y después montar las cosas en esos lugares.

 

Hace unos años contaste en una entrevista que en China y Estados Unidos estaban tramitando los derechos para hacer la remake de Medianeras. ¿Ya se filmaron? ¿Pudiste verlas?

No. Con Estados Unidos, finalmente, decidimos no firmar. Fue una negociación larguísima y, como siempre, las cosas se van modificando con el correr de las reuniones. El problema era que, si firmaba, no podía filmar Medianeras nunca más. Si nosotros dábamos los derechos, ellos podían hacer precuelas, secuelas, programas de televisión, lo que sea; se quedaban con la “marca”. Y yo tengo la intuición de que voy a volver a filmar Medianeras, entonces me torturaba un poco la idea de no poder hacerlo.

 

Medianerascaptó un grupo importante de fanáticos, tanto en Argentina como en otros países. Las insoladas es una película muy distinta. ¿Sentís que ese público se va a sentir defraudado o enojado? ¿Cómo vivís la presión de las expectativas ajenas?

No, no me presiona. Cuando hice el largometraje de Medianeras sabía que a los fanáticos del corto, que eran muchísimos, no les iba a gustar, y finalmente comprobé esa teoría, pero es un problema de ellos y no mío. Por otro lado, a aquellos que vieron el largo primero y después vieron el corto por curiosidad les sucede al revés. Trabajo con mucha libertad en ese sentido, no hago ninguna clase de especulación. Lo que sí me parece increíble de Medianeras, a tres años de haberla estrenado, es que todavía sigo recibiendo mails diarios sobre la película. Y recibo mails muy sorpresivos, escritos a las tres de la mañana, en otros países. Es una película que ha tocado a un montón de gente, y de lugares muy distintos. Lo que me gusta es que los fanáticos de Medianeras son fanáticos de la película, no son fanáticos míos. La película está por delante de mí. Por ejemplo, yo decidí que mi nombre no apareciera en los carteles de Las insoladas porque a mí me gusta que la película esté por delante de todo. Yo estoy embobado con las dos películas, las tengo en la piel y no hago diferencias. Son muy distintas, y seguramente la próxima película que haga será muy diferente de estas dos.

 

Dirigiste cuatro cortos, de los cuales dos ya se han reversionado en largometrajes. ¿Tenés pensado reversionar alguno de los cortos restantes? ¿Qué proyectos tenés para el futuro?

El próximo proyecto va a ser un guion original que no fue corto. Lo que sí quiero hacer es un largo y un corto, un largo y un corto. Después de Medianeras, el largometraje, he hecho un corto que se llama Una vez más, dentro del proyecto del Bicentenario. Ahora viene Las insoladas, y después ya viene un corto hasta que termine de escribir el largo el próximo año. Yo trabajo en varios proyectos a la vez, soy disperso pero muy paciente. Filmo lo que sobrevive al paso del tiempo.