Muertos, vivos, pensantes

Manual filosófico para salvarse de la zombificación posmoderna. El libro Filosofía zombi es un llamado a la emancipación sustentada en la imaginería pop de los muertos vivientes.

Reseña publicada en la edición impresa del número de septiembre de 2011.

 

Pasaron más de cuarenta años –es decir, después de La noche de los muertos vivientes (1968)- y desde entonces sabemos que los zombis son nuestro espejo; ese en el cual no queremos vernos reflejados. Pedagógico y político hasta el empacho, el subgénero de los muertos que caminan funcionó históricamente para activar los mecanismos de un imaginario que percibe la otredad como amenaza latente. Muchas de estas enseñanzas las conocemos por medio de George Romero, quien cambió la ecuación (la del retrato del zombi tomado de los trances vudú) usando a los muertos vivos como telón de fondo para mostrar que el peligro es la alteridad más cercana, el ser humano en su más pura cotidianeidad. Y no es casualidad que ese mismo director sea la figura medular que atraviesa el libro Filosofía zombi de Jorge Fernández Gonzalo de principio a fin. En este compendio de ensayos sesudos -que fue finalista del Premio Anagrama de Ensayos- Lipovetsky, Foucault, Debord y Deleuze son convocados para elaborar un mapa crítico de las sociedades contemporáneas a través de la filmografía de Romero y de series televisivas como The Walking Dead. Cada film del realizador de La Nochede los muertos vivos se asume como el eje organizador de cada capítulo y sirve como punta de lanza desde el cual avanzar sobre diversos temas: el consumo y el flujo financiero como organizador de las lógicas del deseo articulada con El amanecer de los muertos (1978), la dimensión animal y la deshumanización explotada en El día de los muertos (1985), la experiencia de las realidades virtuales y el avance de los mass-media que se desprende del visionado de El diario de los muertos (2007).

Se trata aquí de acuñar un concepto-zombi para rastrear las resonancias políticas y sociales propagadas por la máquina cinematográfica. Estamos, entonces, ante un trabajo exhaustivo que se propone develar las perversiones del mundo en el que estamos insertos, pero que corre el riesgo de reducir al género mismo a la potencialidad de una simple metáfora, al análisis de lo que estos films tienen sólo en su densidad alegórica. Lo aclara honestamente el propio autor en la introducción: “las páginas que leerán a continuación no pretenden abordar de manera sistemática el fenómeno histórico-cultural del zombi en su implicación con el cine y otras artes”, porque se trata en cambio de vehiculizar concretamente un corpus teórico y fílmico hacia “los desequilibrios financieros, modelos de pensamiento afianzados por el poder y consolidados en la puesta en práctica de la maquinaria capitalista“ a la que estas filmografías hacen alusión. Más que en su ensayística cinematográfica, valga al lector considerar al ensayo de Fernández Gonzalo en su gesto político manifiesto. Después de todo -muy distinto a las mordidas seductoras y los regodeos histéricos de los vampiros- el zombi va directo hacia lo concreto: las vísceras y el tan mentado “cerebro”. Y si esto es así, en su poder de significación política también se encabalga hacia la explicitación, hacia lo evidente.