Nuestro verano

La nueva película de Federico Godfrid reúne momentos de inusual belleza, de esas pequeñas epifanías de las que hablaba Rohmer. Reunidos en la redacción de Haciendo Cine, entrevistamos al director y los actores, y descubrimos cómo eso se relaciona más con el trabajo a conciencia y con la construcción de un vínculo sólido que con el azar.

Federico, vas a tener que responder la pregunta que ya respondiste mil veces: ¿cómo nació la idea de Pinamar?

Federico Godfrid: No sé cómo decirlo distinto.

Violeta Palukas: Inventá otra cosa.

Agustín Pardella: “Bueno, Miramar…” (risas).

FG: Pinamar surgió de un departamento que existe en Pinamar; un departamento ligado a la familia desde siempre, desde antes de que yo naciera, comprado por mis abuelos cuando recién se estaba armando el centro del lugar. Recién estaba naciendo Pinamar como polo turístico. Y los veranos de mi infancia los pasé junto con mis abuelos, mis padres y mi hermano en esas playas. Eso fue hasta los doce años, más o menos. Después volví a ir más de adolescente, entre los 15 y los 17 años, con amigos; los típicos veraneos entre amigos. Era mirar un poco a las chicas lindas que pasaban y no animarse a acercarse a ellas en toda la temporada.

AP: ¡Pero…!

FG: Qué le vas a hacer.

AP: (Le apoya la mano en la espalda)Tranquilo.

FG: Y después ese espacio dejó de ser un espacio de veraneo para mí y empecé a ir a la facultad. Cuando tenía que estudiar para exámenes o había un fin de semana largo, dos veces por año si podía me iba solo a estudiar. No sé por qué me gustaba armar rompecabezas y recorrer un poco ese circuito de verano vuelto invierno, de persianas bajas; todo esa zona del centro se convierte en un gran desierto. Pasaron los años, vino La Tigra, Chaco, que nació de un espacio. Cuando estuvimos en La Tigra, desde ahí decidimos escribir. Y eso fue muy inspirador, porque ya en ese momento yo ya venía como con cinco años de tener versiones de dos guiones, de empezar a escribir, de decir “algún día vamos a hacer una película”. Tenía guiones de 60 páginas, malísimos todos. Creo yo, no los he vuelto a leer, y algunos los he perdido en discos rígidos olvidados. Y fue después de la experiencia de La Tigra, Chaco, ya conociendo ciertos personajes, cuando empecé a pensar en la segunda película. La idea fue partir del mismo lugar. Quería partir de un lugar que conociera, y desde ahí empezar a desarrollar el guion. Y el que picó en punta, del que me agarré fuerte, fue ese Pinamar de desierto, y empecé a ir a ese espacio a desarrollar distintas historias que podían suceder. Se sumó Lucía Moller, que es la guionista, la que finalmente terminó escribiendo la película, y a partir de ahí aparecieron charlas y cosas personales que ella también fue compartiendo, que tienen que ver con la despedida que ella y su hermana le hicieron a su mamá cuando falleció. Surgió esta idea de trabajar dentro de este espacio una situación de un duelo que no fuera una tragedia sino lo opuesto, como la exaltación de la vida en los momentos en que menos se los espera. De hecho una de las premisas, esto me lo estoy acordando ahora, era cómo uno puede llegar a enamorarse en el momento en que no está para enamorarse .Y esos eran algunos de los disparadores, esas ideas de Lucía, el espacio Pinamar y toda esa ensalada de frutas. Fuimos mezclando, revolviendo, y así nació el guion de Pinamar; al igual que con La Tigra, Chaco, muchos de esos espacios ya estaban definidos antes de ser escena y antes de ser guion. El departamento, el lugar de los bolos, ciertos lugares de la playa ya eran espacios antes de que escribiéramos la película.

 

¿Cómo fue para cada uno el proceso de casting?

AP: Fueron algo así como 150 mil actores los que pasaron (risas). Estuvo buenísimo, fue un casting largo, lo que no suele suceder; estuvimos mucho tiempo metiéndonos en personaje, mirándonos a los ojos entre los tres y abrazándonos y contándonos cosas bastante íntimas. Eso llevó a que después las escenas transcurrieran con otra energía; con una mucho más honesta, creo yo.

Juan Grandinetti: Sí, el laburo de la película empezó ya desde el casting. Los castings siempre son muy incómodos o difíciles, y dentro de todo es raro encontrarte con lugares en los que los tomen de una manera tan particular, en la que realmente hay tiempo para que uno se vincule con el otro actor. La verdad es que estuvo muy bueno por la base que pudimos lograr ya en el casting. Al menos yo, cuando me fui del call back, que fue la primera vez que estuvimos los tres juntos, sentí que ya había algo. Por lo general en el casting decís chau hasta el rodaje.

VP: Yo la paso muy mal en los castings, me pongo muy nerviosa, y me acuerdo de que en el de Pinamar llegué muy predispuesta a pasarla mal y me fui re contenta, con ganas.

 

¿Y desde la dirección? ¿Fue difícil encontrarlos a ellos tres?

FG: Sí, muy difícil. Primero porque, como gran romántico de la dirección de actores y apasionado en el tema, dije: “No le voy a entregar a nadie el terreno del casting, lo voy a hacer yo”. Hubo dos grandes etapas de casting. Una fue en busca de los personajes de Pinamar, la ciudad. Eso fue rarísimo, porque utilizamos las mismas escenas de los protagonistas para buscar otros personajes, y venía gente que no eran actores o actrices y se producían cosas muy copadas. Y la otra etapa, la de los tres protagonistas, fue acá en Buenos Aires. Ese casting lo hicimos con Ezequiel Tronconi, que fue el actor de mi película anterior. Me acuerdo de que con Eze dijimos: “Vamos a ir implementado de entrada, desde el casting, el estilo de la película que vamos a hacer”. Los primeros tres llamados de casting estuvieron buenísimos pero vimos como 300 pibes. Y con cada uno eran 20 minutos, con cada pareja media hora. Hacíamos los castings en pareja, porque también me servía para ir redimensionando a los personajes a medida que conocía los posibles Pablos, los posibles Migueles y las posibles Lauras. Fue un trabajo muy complejo, muy agotador; en un momento llegó a ser muy estresante porque eran jornadas de siete horas, y sabíamos que no podíamos permitirnos estar cansados en la hora cinco. Lo que fue muy difícil fue encontrar a Pablo, porque sabíamos que a partir de él se armaba un poco el resto del dominó. Había muy buenos Migueles, muy buenas Lauras, pero no había un Pablo. Y, de hecho, a Agustín Pardella lo casteamos de los primeros, en la segunda o tercera vuelta, porque ya lo teníamos relojeado. Ya nos había gustado mucho lo que había hecho. Y decíamos: “Bueno, él es Miguel, ¿y Pablo quién es?”. Hasta que hicimos el casting con Juan, y (lo mira a Juan) ya tu primer casting fue con Agustín.

JG: No, fue con Eze.

FG: Con Eze Tronconi, y después te hicimos volver a venir con Agustín. Cuando lo elegimos a Juan empezamos a armar el dominó para atrás. Y Agustín era el que picaba en punta, pero, si los ves, salvo por los ojos que te pueden dar hermanos, era una decisión jugada. ¿Cómo es que nacen del mismo padre y la misma madre? Y bueno, hicimos fuerza con esto de que el physique du rol pasa a segundo plano cuando los vínculos son fuertes. Y los casteamos juntos e hicimos un ejercicio en el que cada uno tenía que definir por qué el otro era su hermano; ahí apareció el vínculo y los definimos. Ahí entramos a definir a las posibles Lauras. Y llegó Violeta y, por lo que dice ella, fue la gran ganadora. Porque llegó como si no le importara nada. Ni se maquilló, fue con una campera como para ir a Bariloche, un jogging azul para ir a hacer gimnasia.

AP: Los anteojos esos…

VP: Mentira. ¡Lo del jogging es mentira!

JG: Dos lentes así, eran dos rectángulos eternos que los usa tu tía, tu abuela.

FG: Y yo la veo llegar, y digo “no, nos re equivocamos, no hay chance”. ¿Dónde está Laura? Estaba toda escondida. Ese casting está, es buenísimo. Estamos esperando ahora que Violeta los edite, porque va a editar parte de los backstages. Y bueno, se miraban, y pasó algo muy interesante, incluso para redefinir el personaje de Laura. Violeta se aprende el texto y lo dice, pero ni le pone la intención, ni quiere hacerlo bien, solo lo dice. Y esa naturalidad de no querer demostrar nada, de no querer ser la Gran Actriz, es lo que la convierte, para mí, en una gran actriz. Y eso ya aparecía en el casting. No había una búsqueda de seducir a Juan, todas buscaban seducirlo porque era el protagonista, pero ella estaba tranquila. Ahí se armó el trío protagonista y empezamos los ensayos.

 

Antes de filmar estuvieron conviviendo todos en Pinamar, ¿qué creen que agregó eso?

AP: Para mí fue todo. Eso fue lo mejor, estar conviviendo en el departamento donde íbamos a grabar. Estar cocinando ahí, bañándonos ahí, tirándonos pedos ahí. Y el hecho de laburar las escenas allá, por lo menos las más trascendentales, en los escenarios donde íbamos a grabarlas hizo que al momento de ir al set fuera otra cosa; la energía ya la habías puesto en ese lugar, entonces llegabas y te encontrabas con todas las acciones que ya sabías que funcionaban y las que no iban a funcionar para llegar a conectar con los personajes.

JG: Más allá del vínculo entre nosotros, creo que estuvo bueno apropiarnos del lugar; ya sentíamos que estábamos en nuestro hogar, entonces ir a la casa era realmente ir a la casa. Era inevitable apropiarse un poco del lugar, y eso me parece que está muy bueno porque, si bien los vínculos estaban, no por nada la película se llama Pinamar y cuenta mucho del lugar. Nosotros nos sentíamos también parte de ese balneario.

FG: Hay una cosa que yo noté en ciertas escenas como la del bosque. Nosotros habíamos ido al bosque con ellos dos (Juan y Agustín) y el Colo. Nos morimos de frío buscando lugares, caminando. Después volvimos a ir con el Colo y con Violeta, incluso ensayamos la escena y la filmamos. Y una cosa que hicimos que, para mí, fue de una dirección espectacular es que yo iba con mi cámara Canon y –sin luces, sin sonido, sin nada– armaba la puesta, con el sonido ambiente grababa una posible escena y después la montábamos. Entonces ya teníamos alguna idea de qué podía funcionar o por dónde había que potenciar o no. Esa escena la armamos toda y después volvimos a filmarla como tres semanas después, y la sensación que yo tenía era que estaban todos descubriendo un lugar pero nosotros ya estábamos en otro nivel, conocíamos algo que los demás estaban descubriendo.

VP: Al haber ido la primera semana a ensayar, al haber ensayado tanto cada escena, después cuando ibas a filmar sentías que ya la tenías muy clara.

 

Hay escenas de mucha libertad, como la del rap o la del auto, ¿qué tanto se permitieron improvisar con el guion?

AP: Estábamos laburando con los chicos de Pinamar; ninguno era actor o actriz pero todos tenían mucha personalidad, y lo que estaba bueno mostrar era esa esencia costera que transpiran ellos. Y en cuanto se daban direcciones, como que se perdía esa energía y se aplacaba. Encontramos la solución en la improvisación; fuimos las semanas anteriores, nos juntamos con ellos y encontramos la forma improvisando y jugando a que nos metíamos en una casa abandonada y de repente nos poníamos a rapear, porque cuando hacíamos un asado también nos poníamos a rapear. Y, en el medio de la improvisación, metíamos los textos.

FG: De hecho, de esa escena del rap está esa toma y listo. Fue compleja porque eran ocho chicos moviéndose a la vez en un plano secuencia que tenía que tener su ritmo interno. Había muchas variables que podían hacer que esa escena no funcionara para nada, porque todavía uno no conoce el tiempo de la película en su totalidad. No sabés si cuando llegue la escena el rap va a funcionar como un momento “jaja, nos reímos” o si va a ser algo chicloso y aburrido.

 

La película se llama Pinamar, y la ciudad está muy presente, pero a la vez los planos suelen ser muy cerrados, siempre sobre las caras. ¿Cómo fue planeado eso?

FG: Mirá, hoy, con el diario del lunes, te diría que siempre me gustaron mucho los primeros planos y los planos generales. Si puedo, trato de evitar los planos medios. Los planos generales cuentan mucho del espacio por sobre los personajes, entonces puedo filmar a ellos dos caminando por Pinamar de noche, entrando al bosque con el mar de fondo. Y, por otro lado, están las caras de los personajes y todo lo que rebota desde sus caras. Sabía que la película estaba ahí en ellos, porque no tiene una trama fuerte; no es una película de una trama que genere una acción y una reacción, y no cuenta con un conflicto con el que la propia acción dramática te lleve hacia adelante. Eso no pasa, porque no es ese estilo de película. Todo lo que pasa se desnuda en cada uno de ellos, hasta una pavada como podría ser si el agua del mate está fría o no. Eso podría desencadenar toda una cuestión entre los hermanos, y para eso necesitamos estar sobre los ojos de los personajes. Esto está diseñado desde el inicio; si vos ves el casting, casi no les conocés los cuerpos a los actores. Horas de primerísimos primeros planos, cómo se miran, todo un rato estacionado en uno y después en el otro; jamás un plano entero de ellos moviéndose en el espacio.

 

Junto con ustedes, el cuarto personaje es un niño, el hermano de Laura. ¿Cómo fue el trabajo con él?

AP: Me parece que laburar con un nene es dejarlo jugar y meterse en su juego. Cuando te metés en su juego y en su forma de adquirir los objetos que lo están rodeando es cuando empieza a funcionar esa magia.

VP: Tuvo un montón que ver también el tiempo que estuvimos antes ahí, porque nos juntábamos a merendar en la plaza y a pasar el rato, y eso generó un montón de confianza para hacer de hermanos.

JG: Sí, para que él entrara en nuestro juego. Obviamente el nene iba ganando confianza con nosotros, entonces prestándonos a su juego tratábamos de llevarlo a lo que tenía que ser la escena. Yo nunca había laburado con un chico, y sí, es una concentración extra y una predisposición extra a estar más maleable ante cualquier situación.

FG: Y parte de la tarea de ellos era que cuando no filmaban tenían que ir a tomar helados con el nene, a hablar de cualquier cosa, pero debían construir ese vínculo, sobre todo entre Violeta y él para que sean hermanos. O Juan, que se juntó con la pescadora y un día fueron ellos dos solos a pescar, y eso tenía que ver con algo que después en la película tenía que aparecer 30 segundos, que era una mirada que, aunque no se conocieran, transmitiera un montón de cosas.

 

¿En qué están trabajando ahora?

AP: Yo estoy ensayando una obra de teatro. Todavía no tenemos teatro, nada, pero estamos ahí arrancando a ensayar.

JG: Yo estoy haciendo dos obras, una los viernes y los sábados que se llama La Pilarcita,de María Marull. Y los miércoles Yo no duermo la siesta, de Paula Marull.

VP: Estudiando, estudiando, estudiando.

FG: Recién empezando el boceto de una posible idea para tratar de que no pasen ocho años entre la película anterior y la que sigue. Pero también disfrutando de Pinamar y del trabajo que implica.

 

En busca del tiempo perdido

Las calles vacías de una ciudad balneario en invierno con todas las persianas bajas. La sensación de una ausencia enorme recorre Pinamar, la película. Como Pinamar, la ciudad, sin sus turistas ni negocios, algo les falta a Pablo (Juan Grandinetti) y Miguel (Agustín Pardella). Desde el plano inicial en el auto, con la urna de fondo, bien en el medio de ambos, sus diferencias son claras. “¿Y está bien?”, pregunta luego Laura (Violeta Palukas) cuando se entera del accidente de la madre de los hermanos. “No, pero ya pasó”. Y listo.

La segunda película de Federico Godfrid trabaja todos sus temas con sutileza, desde los más pequeños detalles. Sabemos que la madre murió, y que no le gustaba mucho el mar. Casi nada más: no se habla mucho al respecto. Pero su ausencia es un peso constante, ineludible. El rasqueteo del mueble, las fotos, la campera naranja son todos recordatorios de aquello que ya no está y que enfatiza ese quiebre entre Miguel y Pablo. Sin embargo, Pinamar no es tanto una película sobre la muerte como lo es sobre la vida y las formas de llenar los espacios vacíos que van quedando. Por eso en el centro está esa presencia, LA presencia. La vecina, la chica de los veranos de la adolescencia, Laura, esa figura enigmática en partes iguales de promesa y misterio.

Godfrid sigue a sus personajes de cerca, sus rostros y gestos llenan la pantalla como si fueran lo único que importa en el mundo. Y en ese preciso instante lo son. La elección de los actores es clave siempre, pero más aún en una película que se derribaría ante la tendencia, tan común en estas tierras, al exceso gestual. Juan Grandinetti (hijo de Darío) compone el viaje de Pablo desde la apatía al amor, el eje mismo del film, como una progresión natural trabajada con cuidado, escena a escena. Las diferencias entre el personaje al comienzo y al final son notorias, pero el momento del cambio jamás resalta. Agustín Pardella, mientras tanto, logra que Miguel, el más extrovertido y ruidoso del trío, sea un personaje querible y jamás molesto, una tarea siempre difícil de la que sale airoso. Y Palukas, el alma de Pinamar, la pieza clave del juego, enamora (a Juan y a todos) con una mirada que es puro desafío y la risa más honesta del mundo, maravillosamente enorme y jovial. El resto del elenco está conformado por actores no profesionales nativos de la ciudad, lo que hace de la mayoría (desde los raperos hasta el hermano de Laura, pero principalmente la mujer de la inmobiliaria) gigantescos descubrimientos.

Gran parte de la sabiduría de la película consiste en evitar el triángulo romántico. No porque el triángulo romántico esté mal per se, sino porque sería un mecanismo forzado en una película tan ajena a los esquemas y respetuosa de sus personajes. Miguel le tiene ganas a Laura al principio, pero es claro que no es relevante; su búsqueda es otra, busca a su hermano, una conexión perdida que necesita recobrar. Por eso comprende lo que sucede entre Pablo y Laura apenas lo nota. Pablo no sabe lo que busca, pero lo encuentra en Laura. El desarrollo de estas búsquedas inconscientes entre paseos y canciones es el gran encanto de Pinamar: el privilegio de atestiguar el surgimiento y la recuperación de sentimientos bellos y nobles. Lo que Godfrid encuentra en la historia de sus personajes es, finalmente, la fuerza de estos sentimientos cuando son respetados y comprendidos sin necesidad de explicarlos. Eso es lo que hace de Pinamar uno de los mejores estrenos, no solo nacionales, del año.

 

Pinamar

De Federico Godfrid

2016 / Argentina / 83’

Estreno: 4 de mayo