Otro oficio del siglo XX

Si hay una tarea fundamental, que da identidad y perdurabilidad a un festival de cine, esa es la de la programación. En esta nota, nuestro programador estrella, Marcelo Alderete, cuenta cómo fue su experiencia personal desde sus inicios en el oficio, y le da forma a esa figura tan indispensable y tan poco clasificable que es el programador de festivales.

“Antes los críticos querían ser cineastas; ahora, directores de festivales”. Pierre Léon

 

1. Un poco de historia (personal)

El crítico de cine Guillermo Caín (gran seudónimo tras el cual se encontraba el escritor Guillermo Cabrera Infante) supo definir su tarea como “un trabajo del siglo XX”. Lo mismo podríamos decir de los programadores de festivales de cine. Y también: “Un oficio sin nombre”, como escribió el crítico y programador Roger Koza en una muy recomendable nota con ese título, que puede leerse en su página Con los ojos abiertos. Decir que uno trabaja de programador, al menos fuera de los circuitos de gente dedicada al cine, puede llevar a pensar en algo relacionado con las computadoras y el software, pero difícilmente a creer que uno trabaja eligiendo películas. Que sería la descripción mínima y básica del trabajo del programador. Sí, hay gente que vive de esto. Existen otros términos para definir este oficio:uno de ellos es curador, más utilizado en el mundo de los museos y el arte contemporáneo; y otro,el más extraño y muy usado en España, es el de “comisario”. Por un lado, un término que implica sanar y, por el otro, uno que implica impartir la ley. Quehaceres bastante alejados, en ambos casos, de este trabajo que la mayoría de las veces permanece invisible para el público. Y, en la mayoría de los casos, es mejor que así sea.

Los festivales de cine en nuestro país comenzaron –como no podía ser de otra manera– con una historia llena de sobresaltos. El Festival de Mar del Plata fue inaugurado por Perón en 1954, y entre sus idas y vueltas duró hasta 1970. Para los interesados, su historia se puede leer en el libro Historia del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Primera época: 1954-1970. De la epopeya a la resignación, escrito por Alejandra Ponce de León, Julio Mauricio Neveleff y Miguel Monforte.

Pero para mi generación (los nacidos a mediados de los años 70) los festivales comenzaron con la vuelta de Mar del Plata, en 1996. En ese momento, y como espectador, comenzó mi relación con los festivales. Aquel fue un evento excitante para cualquier cinéfilo. Más allá de los terribles problemas organizativos, uno tenía que revisar y enterarse de la programación diariamente a través de fotocopias que entregaba la gente de producción, puesto que los catálogos llegaban con suerte sobre el final del festival; esto entre otras cosas que hoy provocarían escándalos entre los ya acostumbrados espectadores. Entonces todo era nuevo y excitante. Dejando de lado esos problemas (hoy en día, recuerdos de charlas trasnochadas), fue el primer momento en el cual los espectadores tuvimos la posibilidad de acceder a una cantidad y variedad insólita de películas de todo el mundo. A partir de entonces, algo cambió para siempre en el cine argentino. Y ese cambio continuó y se afianzó con la primera edición del Bafici en el ya lejano año 1999, cuando, por esas vueltas de la vida, tuve la suerte de trabajar cumpliendo una tarea que, creo, en el catálogo figura como asistente de alguna clase. Fueron grandes épocas para el cine argentino, y aún quedaba mucho por descubrirse del cine mundial. En aquellos días todavía existían los casetes VHS (recuerdo haber visto Mundo grúa en ese formato, en una copia con carteles con letras blancas sobre fondo negro, en la que se explicaban las escenas que faltaban), y no había que olvidarse de cargar las máquinas de fax con papel y dejarlas encendidas por la noche antes de irse de la oficina, por si algún director enviaba sus listas de diálogos desde algún lugar del mundo.

En esos años descubrí que ser programador ofrecía la posibilidad de elegir películas, pero no solo para verlas uno o recomendárselas a sus amigos, tarea de cualquier cinéfilo, sino para que las vean los otros, mostrarles a los demás, al público, las películas que a nosotros nos gustaban. En ese entonces, no pasaba por mi cabeza ser programador. Mi trabajo en el Bafici continuó, y ahí ejercí diferentes (a veces ingratas) tareas, hasta el año 2009. Me despedí del festival cuando, disculpen la comparación futbolera, veía a jugadores peores que yo entrar a la cancha, mientras yo continuaba sentado en el banco. La convocatoria del Festival de Mar del Plata para transformarme en programador fue una oferta que, obviamente, no pude rechazar.

Aquellos habían sido años de mucha felicidad, aprendizaje y grandes amistades. Como suele suceder, ese aprendizaje también incluyó las cosas que no hay que hacer. Y hasta aquí llega la parte personal del asunto, sepan disculpar la extensión.

 

2. La mecánica del trabajo

Para responder a la pregunta de cuál es el trabajo del programador, reducida a su mínima descripción, hay que decir que es ver películas, para más tarde agruparlas con un montón de otras películas y tratar de que todo ese grupo de películas, de alguna manera, dialoguen entre ellas. Todo esto realizado en colaboración con el resto de sus colegas (los festivales suelen tener varios programadores) y, además, con la previa autorización del director de dicho festival, quien en muchos casos suele ser un programador más, aunque, como corresponde a su figura, con mucho más poder a la hora de definir sobre títulos en particular o miradas sobre el cine en general. Ahora, esta descripción es en teoría y pensando en un mundo ideal. En la realidad, el programador deberá enfrentarse a varios problemas: a veces sus colegas del mismo festival (egos, diferentes visiones del cine), otra veces la producción (por decisiones que exceden a las películas y que los programadores no terminan de entender), los festivales de su mismo país o ciudad (competencias por premieres y exclusividades varias) y los distribuidores locales y extranjeros. Un festival de cine grande (Bafici y Mar del Plata lo son) implica el trabajo de cientos de personas, intereses políticos y mucha inversión de dinero. Todo eso crea una burocracia que a veces puede atentar contra la calidad de cualquier festival. En el mejor de los casos, en esa lucha entre lo que quiere, lo que lo dejan y lo que finalmente puede, el programador, recién luego de todo eso, aportará su parte a lo que será el festival.

 

3. Lo que hay que tener

Hoy en día, definirse (o ser definido) cinéfilo no está tan bien visto como antes. Supongo que ciertas formas cerradas y a veces elitistas de pensar llevaron a los cinéfilos a ser mirados con cierta desconfianza. En mi caso, esa obsesión por mirar películas no fue exclusivamente lo que me llevó a ser programador, pero estoy seguro de que me ayudó mucho. No sabría decir exactamente qué conocimientos o atributos debería tener alguien para ejercer esta profesión. En una época en la que la historia del cine está al alcance de todos y la información circula por todos lados, creo que ese conocimiento es una herramienta fundamental, y no solamente para el armado de retrospectivas. Más allá de que la tarea principal de los programadores es la de estar atentos a las novedades (recuerdo la charla con un programador de uno de los festivales más importantes del momento, en la que me confesaba que su gran dolor era no tener tiempo para ver o revisar películas antiguas), el conocimiento de la historia permite establecer una idea del cine o la pertenencia a cierta tradición. Algo que más tarde, y en el mejor de los casos, se verá reflejado en las películas que programe y, por lo tanto, defienda.

 

4. La hoguera de las vanidades

Existe un lado glamoroso en la vida del programador. No hay que negarlo, pero sí tratar de minimizarlo por el bien de su salud mental. La posibilidad de viajar a otros festivales, a veces en lugares exóticos y en otras circunstancias inaccesibles, suele ser algo maravilloso (aunque a veces uno se encuentre contando las monedas). También ser invitado como jurado, participar de charlas, presentar películas, recibir el agradecimiento de los espectadores. Todas estas actividades forman la parte más gratificante de este trabajo.

El lado oscuro, la parte complicada del asunto, es el trato con los cada vez más poderosos e ineludibles world sales. Este término define a las distribuidoras que manejan a las películas para su venta al extranjero y a quienes hay que contactar para poder proyectarlas. Este contacto se realiza vía mail o personalmente durante los mercados que se realizan en festivales como Cannes o Berlín, en los que a los programadores se les ofrece, en el lapso de 15 minutos por reloj, la última película de Godard de la misma forma que alguna comedia con estrellas televisivas, seguramente exitosa en su país de origen. La figura del world sales cobró una importancia absurda en los últimos años. Hoy en día, incluso las películas más ignotas de cualquier director debutante ya cuenta con un world sales que las represente y que será el encargado de pedir el correspondiente screening fee (el alquiler o costo de proyectar la película) a los festivales. Los world sales se mueven con la lógica del mercado. Para ellos es importante vender, y en general da lo mismo el valor artístico del producto que ofrecen. Como en todos lados, existen las excepciones. Aunque cada vez son más difíciles de encontrar. La inocencia, en esta parte del mundo del cine, parece haber desaparecido para no volver.

 

5. 99 problemas

En la pasada edición del Festival de Mar del Plata, participó como jurado la programadora Andrea Picard. Andrea es la responsable de la sección Wavelengths, dedicada a los autores y las obras más radicales del cine actual, en el Festival de Toronto. Charlando con ella en la tradicional confitería marplatense Boston sobre nuestro trabajo, descubro que, a pesar de que el Festival de Toronto es uno de los cinco más importantes del mundo, compartimos muchos de los problemas y dificultades que afrontamos a la hora de seleccionar películas. Al enterarme de esto sentí cierto alivio, y no por el famoso consuelo de los tontos, sino porque noté una especie de unión secreta (en las malas) con una colega a quien admiro y respeto.

Algunos días atrás, Andrea envió un mail general invitando a los directores a que presenten sus películas para la selección de la próxima edición del festival. La carta es simple y explica un poco su sección y los requerimientos técnicos, pero al despedirse, en el pie de la carta, aparece un cartel con una frase que funciona como una declaración de principios y gesto de esperanza hacia el futuro. La frase pertenece al crítico Serge Daney y dice lo siguiente: “La pregunta que surge en estos tiempos temerosos es: ¿qué resiste? ¿Qué resiste al mercado, a los medios, al miedo, a la estupidez y la indignidad? La respuesta sigue siendo la misma: el arte”.

Mi anhelo como programador es que, una vez que hayan pasado el tiempo y todas esas cosas malas que nombra el bueno de Daney, esas películas que yo elegí defender sean las que han resistido. O, al menos, algunas de ellas.